Para 2050, una gran parte de la población laboral del planeta se ocupará en trabajos que ahora se desconocen. Esto puede dar una idea de mutación máxima en la base productiva de la economía contemporánea. Es un fenómeno que tiene que ver, por un lado, con la sustitución de la mano de obra tradicional, no ya por máquinas, sino por las inteligencias artificiales y robóticas, que imprimen una velocidad vertiginosa a la producción de objetos. Por otro, los productos de la ingeniería financiera, que mantienen una aceleración sin precedentes en los flujos y reflujos de capitales como inversión sobre el trabajo. Un trabajo cuyo rendimiento necesita ansiosamente crecer para compensar las deudas contraídas. Se ha perdido la medida humana del consumo, y no son precisamente los humanos quienes controlan ya lo necesario para vivir digna y humanamente, sino toda una selva de algoritmos cada vez más incompresibles para la razón de la vida. La panacea del consumo, en tierra, tiene como correlato el desastre de los basureros, de los desperdicios rodeando las grandes urbes, incluso ocupando ya parte de ellas. Mientras que en el mar y los ríos, el ansia del consumismo se traduce en mareas y ríos de desechos tan nocivos, que ni siquiera la magia purificadora de la naturaleza puede absorberla sin una intoxicación permanente.

La exposición Willy Castellanos: Return to Koyaanisqatsi, en el Kendall Art Center (Miami), curada por Isabel Pérez, lanza una reflexión sobre este hecho incontrastable que, poco a poco, está erosionando de manera irreversible los equilibrios entre la cultura y la naturaleza. Es una muestra formada por fotografías y esculturas instalativas, a partir de las cuales, el autor fue articulando toda una geografía de los desechos. Un perfil cartográfico donde Castellanos refiere: “He documentado, en visitas espaciadas a lo largo de un año, el testimonio de la cultura de lo obsoleto y la velocidad con la que usamos, acumulamos y desechamos objetos, en una dirección diametralmente opuesta a la preservación del ambiente, en una península como la Florida, severamente amenazada por el cambio climático y el calentamiento de los océanos”. En esta reflexión crítica que propone Castellanos en Return to Koyaanisqatsi destacan dos grandes series de fotografía, Cumulus y Pac-Man Sushi’s, producidas ambas entre 2018 y 2019. Aquí, el espectador se enfrenta a imágenes sobrecogedoras de esos “estuarios”, de esas montañas cada vez más presentes en el paisaje de la Florida. En Cumulus, la obra de Castellanos explota precisamente una mirada más paisajística sobre el objeto fotografiado. Son fotografías donde, además de la chatarra desparramada, se puede ver cierto ambiente, cierta espacialidad que lo contiene. En ellas, estos objetos fotografiados encarnados en acumulaciones de chatarra y desperdicios metálicos de todo tipo, siempre llevan de fondo el cielo, acentuando con ello elementos del paisaje. Estableciendo un contraste simbólico entre el desperdicio, representado en las moles de chatarras, y los cielos como espacio de la naturaleza cada vez más engullida por la presencia de una cultura material urbana de consumo desenfrenado. Hay en estas obras la intuición de una violencia terrible y demoledora hacia el ecosistema de la vida. Es una violencia que flota en todas esas imágenes del basurero de hierro, es una dureza de los metales oxidados donde se deja entrever el cielo, solo para anularlo como espacio natural.
Si en la serie Cumulus, Castellanos abre la mirada y deja ver los basureros de material ferroso como figura poética alusiva a un estado caótico, incluso esquizoide, en la serie Pac-Man Sushi’s, en cambio, el obturador se cierra, la mirada hace un zoom quedando frente al espectador un primer plano rotundo y descarnando de los diferentes objetos de consumo convertidos en chatarras. Se pueden ver y –más que ver– se pueden imaginar los distintos procesos industriales en la producción de dichos objetos. Se ven las costuras, los detalles de la chatarra, las marcas, los colores y las formas que en ellas dejan las máquinas cuando los prensan. Por tanto, es una especie de inmersión en las cualidades de estos objetos, donde el registro fotográfico de Castellanos revela a su vez ciertas cualidades estéticas que adquieren dichos objetos, enfocados en sus detalles. Es una idea que el artista complementa con otras series de esculturas objetuales, fabricadas a base de piezas de maquinarias y chapas desechadas, como sucede, por ejemplo, en Disposable Object (2019). De ahí que las fotografías de Pac-Man Sushi’s (y también las esculturas objetuales referidas), respecto a Cumulus, son menos documentales y narrativas, y sí más expresivas, con toque de abstracción en su discurso visual. Entre ambas miradas modulan un discurso donde la razón (post)moderna queda al descubierto, sobre todo, en su manera irracional de relacionar la producción cultural de la vida y el mundo natural que a fin de cuenta la sustenta.
DENNYS MATOS
