Con el aumento de la sensibilidad y las preocupaciones ecológicas, desde hace algunos meses vemos una inflación de señales concretas en torno al tema del árbol, con el éxito planetario del libro del alemán Peter Wohlleben, publicado en 2017, La vida secreta de los árboles, y el desarrollo de la silvoterapia (o tree hugging), práctica new age inspirada en las antiguas religiones de la India, que hace del árbol, sobre todo en Estados Unidos y en Japón, una nueva forma de recargar energías, junto con la meditación y la relajación. Para el público francés, cada vez más receptivo a los temas ecológicos1, la desastrosa polémica generada por el presidente brasileño Bolsonaro con el presidente francés sobre los incendios de la Amazonía hizo que la ecología cobrara un nuevo impulso. Con su hermoso título, Nous les arbres (Nosotros los árboles), la exposición de la Fondation Cartier invita al visitante a conocer un poco mejor a estos árboles que nos rodean, a identificarse con ellos dejando de lado su alteridad, a preguntarse qué tienen para decirnos y a comprender que necesitamos protegerlos, puesto que ellos también son seres vivos, a fin de evitar un desastre anunciado. Así pues, una exposición que, además de su objeto estético evidente, no solo tiene que ver con una intención de tipo naturalista y/o científico, sino que inscribe en su proyecto curatorial una dimensión política indispensable e inevitable y convierte al árbol en un ícono de culto2.

Los bosques y sus árboles han suscitado el interés de muchos representantes del arte moderno, entre ellos, Zadkine, quien, en 1944, bautizó a una de sus esculturas Le rêveur de la forêt (El soñador del bosque)3; así como Brancusi, Jean Arp y, más tarde, A. R. Penck y Penone, para no citar más que algunos de ellos. La exposición de la Fondation Cartier nos confirma hasta qué punto los artistas de hoy en día son sensibles a la degradación de la naturaleza por el hombre y a los efectos nefastos de su incontrolable deseo de “progreso”. Entre ellos, los más implicados son los latinoamericanos, que ocupan aquí un mayor espacio, pues quince de los veintisiete artistas expuestos son originarios de este continente y vienen principalmente de Brasil, Paraguay, Colombia y Perú. Podemos agradecer a los curadores el no haber ignorado a los primeros habitantes de los bosques primarios, estos últimos pueblos indígenas que siguen preservando su hábitat natural, aunque con inmensa dificultad, ante los violentos ataques de las grandes multinacionales mineras o forestales, y por haber integrado artistas yanomami (Brasil), niclavé y guaraníes del Gran Chaco (Paraguay). Ese testimonio sobre la selva, sus árboles y su fauna debe ser también presentado por quienes viven en ella, por quienes se encuentran amenazados de un modo directo, permitiéndoles participar plenamente para alimentar la reflexión del visitante, esta vez desde dentro.

Desde el ingreso a la exposición, a la izquierda, en la jaula de vidrio que es el primer piso de la Fondation Cartier, expone sobre todo Brasil, pero también Paraguay, que son los países homenajeados. En el centro de la sala, como eje de un conjunto museográfico convincente, se yergue la espectacular mesa-herbario de Luiz Zerbini (São Paulo, 1959), que reúne diferentes especímenes vegetales, conchas, plantas, recogidos durante sus paseos y dispuestos sobre arena o agua en recipientes, algunos de los cuales están vacíos (para advertirnos más claramente sobre las futuras destrucciones y la desaparición/extinción de algunas especies). La mesa está rodeada de seis grandes cuadros del mismo artista, caos pictóricos organizados que entremezclan la frondosidad de la selva y la fauna amazónicas con un urbanismo casi en ruinas, donde yacen los cadáveres de objetos abandonados por efecto del desenfrenado consumo (Coisas do Mundo, 2018). Vemos veintidós monotipos de Zerbini (2018, sobre papel de algodón), fragmentos de naturaleza tropical suspendidos contra las paredes de vidrio de la sala. El conjunto posee una fuerte presencia, no solo en el plano estético, sino también en cuanto al sentido y al cuestionamiento que plantean y soportan las obras: modernidad y/o muerte.

En el mismo espacio, vemos el documento fílmico realizado para la exposición por el fotógrafo-editor paraguayo Fernando Allen y Fredi Casco (Asunción, 1967) Como un pez en el monte (35’, 2019), que reúne las entrevistas a cinco dibujantes guaraníes, cuyos dibujos (tintas sobre papel, blanco y negro), en los que predominan la geometría y una mentalidad sintética, están igualmente expuestos. Ellos hablan en su idioma4 de su medio vegetal y animal, de sus creencias y temores dentro de esta selva de la que son actualmente los últimos testigos, y, para algunos, del lugar que ocupa el chamanismo. Los dibujos en color (lápices y marcadores sobre papel, 2002-2010) del artista Joseca, yanomami del Brasil, abordan al árbol como objeto lúdico, como soporte para juegos con los animales de la selva, inseparables de esos árboles. En medio de tal conjunto, el delicado óleo sobre lienzo de Adriana Varejão (Río de Janeiro, 1964), que representa una planta tropical (Cadernos de viagem: Yakoana, de 2003, blanco y negro, colección de la Fondation Cartier), se ve algo perdido.

La sala que se encuentra a la derecha del ingreso a Fundación, igualmente vidriada, está dedicada especialmente a la película de Raymond Depardon y Claudine Nougaret Mon arbre, Mi árbol (video, 24’, 2019, hecho sobre pedido para la exposición), donde una decena de testigos expresan su relación íntima con “su” árbol. A ambos lados de la pantalla, dos instalaciones de objetos colgados en las paredes nos hablan de la selva y la mano del hombre. Una muestra las herramientas de Afonso Tostes (Belo Horizonte, 1965), cuyos mangos esculpidos evocan, a la vez, los huesos del cuerpo humano y las ramas del árbol (Trabalho, madera esculpida y metal, 2019). La otra está constituida por los exvotos en madera de artistas desconocidos (1960-1980) de la Colección Galeria Estação (São Paulo), que representan cabezas y partes del cuerpo –sobre todo, manos, piernas y brazos– como agradecimiento por la cura inesperada o por el “milagro realizado”. Estos dos paneles nos llevan a la dimensión más humana de la relación con el árbol, la que lo convierte en el amigo más cercano del hombre e indispensable para su supervivencia. No encontramos en las pinturas y los dibujos de Fabrice Hybert –y tal vez tampoco en las obras de otros artistas europeos presentes–, esa sensibilidad dramática que poseen los artistas latinoamericanos en su relación física y material con la naturaleza, pues, a diferencia de los europeos, viven los peligros más directamente y los sienten en carne propia.

En la gran sala de abajo, nos reciben los tres grandes árboles de Johanna Calle (Bogotá, 1965) realizados a partir de registros catastrales que tienen que ver con la propiedad de la tierra, de la Serie Perímetros (2012-2014, texto mecanografiado sobre viejo papel de notaría), completados con su serie Herbario5. Esta obra, frágil y fuerte al mismo tiempo, y tan política en su esencia, cohabita con cuatro óleos sobre lienzo de Alex Cerveny (São Paulo, 1963), cuya figuración entremezcla referencias tanto autobiográficas como geográficas, históricas y literarias o filosóficas; textos o frases escritas que pululan y se pegan como sanguijuelas sobre el cuerpo del hombre-árbol frente a la naturaleza, revelando así que la problemática ecológica es el punto focal de todos los mundos.

Al lado de las pinturas de Cerveny, cinco magníficas máscaras guaraníes, estilizadas al máximo, especie de Brâncuși tropicales, revelan sus únicos ojos tallados en medio de un rostro sobriamente enigmático. En esta etapa del recorrido de una museografía, clara y muy bien lograda, nos damos cuenta hasta qué punto se impone la presencia latinoamericana, y, sobre todo, la brasileña. Una tela pequeña de Nilson Pimenta (Caravelas, 1956), Derrubada femenina, de 2010, evoca metafóricamente la destrucción brutal y sanguinaria de los árboles-mujeres de la selva, con imágenes de troncos cortados cuya hendidura evoca al sexo femenino.

En otro registro, el de la información científica, el video Exit (2008-2015) hace un trágico informe de la situación, mostrando cómo la deforestación, especialmente en Brasil, va acompañada de la desaparición de las poblaciones autóctonas y de sus lenguajes; la entrevista del italiano Stefano Mancuso, fundador del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal en Florencia, aporta explicaciones sobre las investigaciones efectuadas. Del mismo modo, el espacio reservado para los trabajos del botanista francés Francis Hallé (1938), que reúne tanto dibujos como cuadernos-herbarios, etc., aporta a la dimensión informativa de la realidad, según el deseo de la Fondation Cartier.

Dos artistas italianos son igualmente faros que iluminan esta exposición. Se trata del arquitecto y diseñador Cesare Leonardi (Módena, 1935), y de su colega y socia Franca Stagi (Módena, 1937-2008), cuyos dibujos en tinta china sobre papel de calco (1963-1982), fotografías de 1963 (el mismo árbol, en el mismo sitio, en diferentes épocas del año), objetos en madera, planos, etc., y, sobre todo, libros como el que trata sobre la arquitectura de los árboles, verdadera biblia6 a la que dedicaron veinte años de investigaciones y 550 dibujos en blanco y negro, nos hacen comprender que el árbol, entidad viviente, bella y vulnerable, indispensable y cambiante, es también el compañero fiel del hombre a través de los tiempos. Con rigor y pasión, los dos arquitectos lograron dar sentido y belleza a esos árboles que ya no vemos, que ya no conocemos.

Aparte de los dos grandes grabados sobre madera a color del brasileño Santidio Pereira (Curral Comprido, 1996), la exposición continúa con la fotografía. La serie de diez fotografías en blanco y negro (2012-2013) de Sebastián Mejía (Cali, 1980), nos invita a tomar consciencia de otra realidad: de cómo la vegetación tropical se ha ido “urbanizando”, debido al crecimiento de las ciudades modernas, que no solo “domestican” al árbol, sino que lo aprisionan. Estas elocuentes fotografías nos hablan de un universo tropical y arbolado, el de las palmeras, que ya solo existen prisioneras del concreto y esclavizadas por la devoradora7 ciudad. La frondosidad de la selva tropical, la opresión y la transparencia del dosel forestal son magistralmente capturadas por Cássio Vasconcellos (São Paulo, 1965) con sus cuatro hermosos positivados en blanco y negro de 2015, bajo el título Viaje pintoresco a través del Brasil, inspirados en los grabados de un artista-viajero del siglo XIX, el conde de Clarac.

Miguel Rio Branco (Las Palmas, 1946), muy conocido en Francia tras su gran exposición en la Maison européenne de la Photographie, en 2005, se centra en el nudoso y fuerte tronco de un gran árbol del Japón, mientras que Claudia Andujar8 (1931, Neuchâtel), un poco relegada en la parte de atrás, rinde un discreto homenaje a la selva amazónica. Proyectado en tres pantallas dentro de una inmensa sala, el video de Paz Encina (Asunción, 1971) Aromas que trae el viento (21’) –realizado para la exposición– es un monólogo (con la voz de la artista) acompañado de sonidos naturales, los de la selva y de la furia de los elementos, o bien de cantos de pájaros, etc., que sumerge al visitante, a través de sensaciones, evocaciones y sentimientos, en el corazón de las selvas del Gran Chaco paraguayo.

En esta importante exposición, la primera en su género en el mundo que reúne un tal número de artistas sobre este mismo tema, podemos, sin embargo, lamentar la ausencia de un artista: el brasileño Krajcberg (1921-2017), pionero en la toma de consciencia respecto a la destrucción de la Amazonía con fuego, contra la que luchó hasta el fin de sus días, a través de su obra, realizada con troncos quemados, y como militante ecologista. El dedicar un espacio, por pequeño que fuera, para rendirle homenaje habría contribuido aún más a hacer de esta exposición un acto estético y museográfico de gran fuerza –que ya lo es, sin duda alguna– logrando reunir artistas, científicos y ciudadanos comprometidos con un mismo objetivo: la preservación de las selvas y sus árboles.
NOTAS
1. Cuarto país de Europa en km2 de bosques después de Suecia, Finlandia y España.
2. El éxito de la exposición es tal (de 2.500 a 3.000 visitantes por día), que la Fondation Cartier decidió prolongar la exposición hasta el 05 de enero de 2020.
3. Título de una exposición del Museo Zadkine de París (del 27 de septiembre de 2019 al 23 de enero de 2020).
4. En Paraguay existen dos idiomas oficiales, el español y el guaraní.
5. Fueron mostrados por primera vez en Francia en la Maison de l’Amérique latine, en París, en octubre-diciembre de 2017. Exposición individual que fue objeto de un artículo de Christine Frérot en ArtNexus N° 107, diciembre de 2017.
6. Editado en 1982, agotado hace mucho tiempo. Reeditado el invierno pasado en Italia, fue publicado en francés este año.
7. Recordamos las palmeras de plástico de las villes nouvelles [ciudades artificiales; nota del traductor], como las de Greater Noida, ciudad artificial construida en la India, en 1989, para descongestionar Nueva Delhi, con 17 millones de habitantes.
8. Próxima exposición individual en la Fondation Cartier, el 15 de enero de 2020.
*Cortesía: Fondation Cartier pour l’art contemporain, París, 2019. ©.
CHRISTINE FRÉROT

