Con una sólida trayectoria individual y algunos momentos de conjugación de propuestas en su recorrido expositivo, Ramsés Larzábal y Doménica Aglialoro unieron discursos en una experiencia poética y estética dirigida a profundizar el tema de la Memoria y la Ausencia. Ambos llegaron de otras tierras a desarrollar su trabajo artístico en Venezuela, con aportes que se han desplazado siempre por entre los márgenes y los despojos. En este caso, el enlace se produce a través de la palabra de Aglialoro que acompaña los ensamblajes de Larzábal. Cada uno sostiene su independencia discursiva bajo una relación vinculante, que en una primera instancia se produce a través del título. Los términos del yo se definen en juegos de lecturas contrastadas: el yo que soy y me define filosófica y existencialmente como persona, el yo del espectador que recorre puertos de identificación con los objetos y los textos, y el yo deconstruido que puede ser Ramsés Larzábal y/o Doménica Aglialoro, indistintamente, en el espacio expositivo.

La obra de Larzábal se ha caracterizado por la inserción de una estrategia de oposiciones entre la fragilidad del material encontrado y la firmeza en la construcción de la composición en sus ensamblajes: con delicadas pajillas de plástico transparente, por ejemplo, asombraba al elaborar reticuláreas muy firmes que, a la vez, parecían moverse como especies de medusas en el espacio, así como reinterpretaban el legado de la modernidad. En este caso, se detiene en la cuadrícula y reporta una conversación interesante con uno de los elementos clásicos de la tradición artística. En cuanto instrumento para generar orientación y crear orden, este sistema de filas horizontales y verticales que generan ángulos rectos ha sido un eficiente patrón de organización utilizado desde los egipcios, Durero, Da Vinci o Alberti, hasta Mondrian, Malevich o los minimalistas, que fortalecieron su presencia en el siglo XX. El hecho de retomar la cuadrícula hace que las obras de Larzábal en la exposición penetren una paradoja: por una parte, articulan el espacio, son potentes, rigurosas; pero al analizar los materiales y objetos de los cuales están hechas, entramos en la perplejidad de los abismos y vacíos que de ellos se desprende. En este sentido, funcionan como metáfora del abandono, de lo que se ha dejado, de los residuos. Utilizó marcos de diapositivas, bastidores, cañuelas gastadas, fotografías de registro de obras, documentos, carpetas, pasaportes, cartones y otros elementos que subrayan la ausencia y el vacío, en oposición a la estructura sistematizada de la cuadrícula, ante lo que ese campo cuadricular pierde su transparencia y regularidad para convertirse en opacos recuerdos, ausencias y memorias deslastradas. Por ejemplo, en Sin título (Ektachrome), Sin título (Memoria, Centro de Artes Visuales) y Sin título (Contactos Kodak), de 2019, utilizó contactos fotográficos y marcos vacíos de diapositivas unidos a través de grapas que fragilizan la condición estructural. Sin título (Michelena por delante), de 2019, consiste en marcos desvencijados y vacíos que construyen la cuadrícula; mientras que en Sin título (Michelena por detrás), los marcos muestran los bastidores en el reverso y se genera un choque de texturas que desestabiliza la composición cuadricular. Lo mismo sucede en Sin título (Fórmulas ópticas), de 2019, donde utiliza pegatinas como elementos de unión, lo que hace aún más endeble la posibilidad de mantener ordenada la cuadrícula.
Mientras que Larzábal se apropia de los objetos para trazar la narrativa visual de la ausencia y el vacío –lo que se acaba–, Aglialoro desarrolla una especie de autobiografía o una crónica de las experiencias íntimas. Sus textos se van entretejiendo como especies de incisiones que subrayan la ausencia y el vacío. Son revelaciones del exilio de esta singular artista que utiliza la palabra para remarcar la distancia entre dos amigos, sus sentimientos y recuerdos: “Nuestro diálogo se ha convertido en un diario de abordo/de 8498 kilómetros con la misma ruta de pensamiento masticado/hasta que la palabra perdió el almidón, tanta salmuera/seca cualquier pudor”. A pesar de la distancia, ambos han creado proyectos para entender y romper la desolación que los acosa. En este sentido, el yo de cada uno se desliza hacia un yo colectivo unido en la palabra y la memoria. Ambos testifican su vida, sus miedos, sus nostalgias y vacíos; pero recuperan la unidad en ese tejido museográfico de textos y objetos: “Esto que llaman pasión/ me adorna/ arruga/ agita/ ciega/ esto que llaman temperamento/ me enfrenta/ endurece/ amarga/ esto que llaman carácter/ me esclaviza/ templa/ esto que llaman intensidad/ me asola”. Y yo es también nosotros, los que vivimos entre las rendijas de un mundo que parece estructurado, pero se va desencajando poco a poco. Como espectadores, asociamos nuestras memorias y huellas a los procesos narrados por la palabra de Aglialoro. La museografía fue resuelta como una enorme instalación de un total de veinte ensamblajes individuales, que funcionan cada uno en relación con el tono central de la muestra, que es la individualidad en medio del desasosiego. Nos reflejamos como espectadores en una sociedad de despojos, pero también, frágilmente, unimos esa quebradiza estructura que nos sostiene a través de la palabra y los afectos.
MARÍA LUZ CÁRDENAS

