Exposición Individualdic 2019 - mar 2020· Por Christine Frèrot

Patricia Belli

Villa Vassilieff

Antes de abordar la exposición de la artista nicaragüense, me parece interesante brindar algunas informaciones sobre la excepcionalidad del lugar. En efecto, la Villa Vassilieff, situada en el “impasse” Fleurie, un callejón lleno de encanto, hacía parte de este importante centro artístico, efervescente y cosmopolita, que era Montparnasse a principios del siglo XX. Numerosos pintores, tanto Picasso como Modigliani, al igual que Zadkine y Diego Rivera, venían a visitar a su amiga, la artista rusa Marie Vassilieff, que tenía allí un atelier. Hoy en día, dicho callejón (administrado por la Ville de París) perpetúa este legado y lo enriquece. En efecto, además de los ateliers ocupados de forma permanente, el lugar ha incorporado una residencia de artistas, patrocinada por Pernod Ricard Fellowship, un sitio de exposiciones temporales y un museo que cobija la obra de Frans Krajcberg, artista multifacético que trabajó allí en los años 60.

Exposición Individual: Patricia Belli — imagen 1
Patricia Belli. Muda 2, 2019. Cerámica, MDF, algodón, cuerda, tela. Foto: ©Aurélien Mole. Cortesía de la artista.

Patricia Belli (nacida en 1964) efectuó allí una residencia de tres meses, en 2019, y su exposición intitulada Ser, sin serlo es, en gran parte, el resultado de esa estadía en París, aunque también incorpora trabajos anteriores. Para explicar las motivaciones profundas de su obra, la artista evoca a menudo el peso de un contexto social y político difícil, el de su país, víctima por cerca de cuarenta años de una dictadura feroz y absoluta, seguida de enfrentamientos mortales, represión y exilios. Pero ella quiere también resaltar la parte que los sueños y el inconsciente ocupan en su proceso de creación, esta doble reivindicación, que se hace evidente a través de las fotografías trabajadas, los videos y las instalaciones presentados, y que se completa por la referencia a una situación que incide personalmente sobre ella: su nacimiento con una enfermedad genética, la atriquia o alopecia total congénita, que se manifiesta por la ausencia total de pelo y cabello, condición difícil que tuvo que afrontar desde la infancia.

Cuando sentimientos tan diversos como la angustia, la ansiedad ante el destino ineluctable, el miedo, la dificultad del afecto, los horrores de la maternidad y del exilio afloran en su discurso estético; cuando la relación con el cuerpo parece dominar su historia personal y artística, nos percatamos de a qué punto la evocación de lo íntimo es el centro de todo. La oposición que atraviesa las obras y da forma tanto a su materialidad como a su inmaterialidad expresa igualmente hasta qué punto la reflexión en torno a las ideas de equilibrio/desequilibrio, movimiento/estasis, obscuridad/luz, fragilidad/resistencia o violencia/ternura subyace a una obra contradictoria, la cual, cuando nos tomamos el tiempo de observarla, nos lleva a sumergirnos en el laberinto de metáforas existenciales, fruto de una simbiosis en tensión permanente entre vida y creación.

El primer video, Sísifa (2’, 2002-2015), en el que los dos dedos de una mano avanzan en la oscuridad sobre una cuerda floja, nos habla de fragilidad, de inestabilidad y desequilibrio. Primera metáfora que será completada por el video siguiente, Equilibrista (loop video, 2005), en el que vemos hombres tomados en diversas posturas caer o ser detenidos en su caída, mientras que las nubes corren en el cielo detrás de ellos. Frente a este video, en una esquina de la sala, una instalación intitulada Fosa (gravilla y vidrio, 2019) presenta un contraste visual violento, puesto que el montículo de arena está dividido por una placa de vidrio que permite entrever fragmentos de vidrios rotos. Esto nos recuerda las placas de vidrio tan apreciadas por Roberto Matta, y el sentido que tenían para él, pues las veía como una “pantalla” que pudiera hacer imposible el diálogo entre los seres.

Más allá de la violencia y la muerte evocadas por esos pedazos de vidrio y por la grava, Patricia Belli sabe también llevarnos a un terreno más orgánico –e incluso sexual– por medio de Exilio (arena, cerámica, cemento, raíces, sistema sonoro, 2019). La especie de arenera que la artista construyó contiene tres objetos, los cuales pueden ser tomados y manipulados por el visitante: una raíz seca, un objeto cortante en cerámica y una pieza oloide que evoca la forma del sexo femenino. La masa de arena está conectada a un micrófono que reproduce el chirrido de cada desplazamiento de un objeto. En efecto, los pasos del exilio no son en lo absoluto silenciosos, y el azar y la incertidumbre de los gestos operados por los visitantes, no son tan anodinos y lúdicos como podría parecer. La artista nos dice que el exilio es doloroso, que puede hacernos daño, y ella nos muestra en dónde. Una pieza suspendida, Muda 2 (cerámica, MDF, textil, cuerda de algodón, 2019), es como una piel arrancada, vacía de su substancia, abandonada. Dos conjuntos compuestos de impresiones de dibujos realizados con trompos (Cielos, 2019), o de pinturas que ella nombra Tormentas (2019), evocan a un tiempo constelaciones (el cielo, la noche) y ondulaciones (aguas turbulentas de las profundidades). El agua y el cielo son elementos fundadores, contextos siempre presentes en las valijas de nuestras desplazadas vidas.

En la última sala, cuatro instalaciones, unas más “figurativas” que otras, pretenden mostrar la incomunicabilidad o la dificultad del diálogo entre los seres (Raíces, cerámica, sistema sonoro [canción de cuna y sonidos de tormenta)], 2019), en donde dos cabezas se desvían una de otra, aunque se mantengan soldadas, o Diálogo (cerámica, metal, cuerda de nailon, madera flotante, 2019), en la que la dualidad de las relaciones es representada por la presencia del rostro “desollado” del dios azteca Xipe Tótec, frente a su doble, intacto.

Conceptual y carnal a la vez, la obra de Patricia Belli tiene una dimensión catártica y, a primera vista, puede parecer hermética. La percepción conjunta y sucesiva de sus obras abre, sin embargo, vías de comprensión, nos interroga y nos llega, puesto que revela el deseo incesante de la artista de encontrar una o más verdades, individuales o universales, en el corazón mismo de la actividad creadora.

CHRISTINE FRÉROT