La Maison de l’Amérique latine de París presenta desde el 15 de octubre de 2019 hasta el 10 de enero de 2020, una exposición compuesta de instalaciones, esculturas y fotografías de Miguel Rothschild (Buenos Aires, 1963). A partir de una escenografía pensada eficazmente, el artista, radicado en Berlín desde 1990, utiliza distintos tipos de soportes.
En la muestra, intitulada Le spectre (El espectro), destaca a la entrada de uno de los espacios la estructura Geist (Espíritu), de 2019, realizada en vidrio con máquina de humo; esta obra, por su dinámica, intercepta al espectador produciendo una percepción inestable. El observador debe abordar las obras adyacentes enmarcadas en distintos formatos, como en el caso del díptico Groß und Kleingeist (Grande y pequeño espíritu), de 2019, que presenta una intervención constituida por dos tirajes enmarcados en ángulo que rompen la perspectiva espacial del cubo o sala expositiva. Y esto no es más que la introducción.

El recorrido aleatorio dentro del espacio arquitectónico lleva al descubrimiento de una docena de obras ejecutadas entre 2013 y 2019. Las obras completadas por la acción del artista son todas piezas únicas, y la fotografía, su técnica principal. Dos imponentes imágenes fotográficas contiguas se centran en un bosque encendido del que se desprende una nube. The Spectre (El espectro), de 2019, es una impresión de inyección en tinta sobre papel Hahnemühle, cuya superficie se encuentra quemada en partes, deliberadamente. El espectro solar se confunde con una vasta paleta sombría en The Aura (El aura), de 2019 también, una impresión de inyección en tinta sobre papel Hahnemühle. El reflejo de la luz crea un ambiente apocalíptico, una cortina de humo fantasmagórica insertada en una historia trágica.
No se trata de los últimos incendios devastadores del calentamiento global en el Amazonas, Grecia o California, sino de tomas de Granada. Pero como si esto no escapara al detalle, la superficie de las piezas se halla alterada y quemada en progresión con la vegetación que desaparece.
Juego entre percepción y realidad distópica que abstrae –al mismo tiempo que condena– la actividad humana. Y si en un primer momento pareciera que el sujeto es el fuego, no es así, es el fantasma que se esconde o el ánima que aparece en cada una de las obras. Como en Noche de Ronda, de 2018, con los denominados confites o restos de la fiesta, pero que provienen de la misma imagen horadada, y cuyos elementos son conservados en el borde interior del cuadro. Esta vez, son el color y el sabor del realismo mágico latinoamericano los que se insertan. El tema alude a la carne, apenas una sombra, un mundo de apariencia o destino trágico.
Innumerables son las formas en que Miguel Rothschild trata la imagen. Su práctica es compleja y abarca disciplinas y temas diversos. Un aspecto performativo se resume allí donde la acción socava, perfora, agrega elementos o pliega la superficie, en una elección sutil. En El mar de las sombras, de 2017, interviene la perforación manual. En Insomnia, de 2018, los alfileres y clavos completan la suerte de destellos que las estrellas lejanas transmiten en el tiempo.
El artista estudió todos los detalles a sabiendas. Tanto en la distribución de las obras como en la ejecución y las imágenes. Resulta asombroso, pero se inscribe en el Zeitgeist, o sea, el “espíritu del tiempo”, concepto de Hegel. Este término alude al ambiente intelectual de una época romántica, pero que participa de la actualidad. Sobre todo, cuando la relación se basa en temas del medioambiente.
Un aspecto humorístico se esconde en los títulos relacionados con temas místicos. Redescubre las batallas míticas entre los dioses y reinventa personajes wagnerianos o textos poéticos. En todos los casos, esta atmósfera misteriosa va a buscar su origen estético en un universo fantástico de ánimas y espíritus. Y, a partir del tamiz crítico, el trabajo de Miguel Rothschild es original, audaz y rico en esencia.
En otras oportunidades pudimos apreciar piezas de gran dimensión y fluidas, donde el pliegue reproduce el efecto de marea, como en Sin título, según William Turner, de 2016, impresión de una foto del mar plegada y suspendida en toda su superficie con hilos de nailón de diferente largo. Entre onda diseñada y ficción, una tenue superficie de mar impresa, sostenida por frágiles hilos, que fue el tema presentado durante la Bienal de la Imagen Tangible de París, en 2018.
SUSANA SULIC
