Exposición Individualdic 2019 - mar 2020· Por Sylvia Werneck

Mano Penalva

Portas Vilaseca Galeria

La organización de la vida humana se rige por las cosas y por el uso que de ellas hacemos. Aunque, pese a la base conceptual tras la organización de los grupos y papeles sociales, la aplicación de ellos, en la práctica, depende de los objetos, ya sea en escala macro o micro. A tales objetos les conferimos el estatus de símbolo, que representa para la colectividad el lugar, función o importancia ejercidos por una persona, un grupo, una institución determinados. La idea de rey, por ejemplo, se materializa en objetos como corona, cetro o trono, así como al imaginar un pescador pensamos en barco o pértiga, y un santo será probablemente visualizado con un halo en torno de la cabeza.

Exposición Individual: Mano Penalva — imagen 1
Mano Penalva. Bailarina, 2019. Forros de croché hechos para cubrir botellones de gas, galón de agua, batidora, licuadora, extractor de bolsas y soporte para papel higiénico. 183 x 38 cm (72 3⁄64 x 14 61⁄64 pulgadas).

En la vida cotidiana existen innúmeros utensilios que, prácticamente, están presentes en toda casa, desde los muebles hasta los adornos. Pueden variar los materiales y formas, pero las funciones que cumplen no cambian mucho. Es este el universo de cosas que hacemos (artesanal o industrialmente) lo que le interesa a Mano Penalva. El artista investiga los usos comunes de estas mercadurías y las coloca en composiciones inusuales, subvirtiendo los papeles que les fueron atribuidos y dotándolas de cierta libertad de interpretación. A veces hará, mediante estas operaciones, comentarios sobre las relaciones de las personas con sus casas, o planteará un cuestionamiento sobre la estructura de la sociedad. Puede, incluso, en algunos casos, concentrarse en la forma o los materiales en sí, usándolos para crear lecturas poéticas o lúdicas.

Con el título de la individual Casa de pisos, Mano Penalva hace alusión a la manera como se conocen las casas de varios pisos en su ciudad natal, Salvador de Bahía. En una casa así, en el barrio carioca de Botafogo, la exposición ocupa los tres pisos de la Galería Portas Vilaseca; puede ser vista como una gran instalación, ya que las obras tienen autonomía, pero establecen un diálogo no apenas entre sí, sino también con la arquitectura del inmueble y con el espacio de la calle. El artista propone una experiencia que reconecta lo de adentro y lo de afuera, la casa y la calle, y los tránsitos subjetivos que se forman en este recorrido. Para eso, desplaza los objetos de uso cotidiano de sus funciones primordiales, la mayoría de las veces sin alterar su estructura ni recubrir los materiales de que están hechos.

En la entrada, el visitante es recibido por Orquídea (2019), de la serie Jardín sintético. Se trata de un asta de hierro de la que cuelgan dos cornucopias de vidrio. Esta flor está etimológicamente relacionada con la abundancia y la fertilidad, y sugiere la acogida a quien entre en el ambiente de la casa, frecuentemente asociado con el dominio de la mujer. También dialoga con el imaginario sobre lo femenino la serie de composiciones formadas a partir de la unión de diferentes forros de croché hechos para cubrir botellones de gas, galones de agua, licuadoras, batidoras, como también bolsas para bolsas, y porta papel higiénico. Dispuestos a lo largo de una pared en composiciones que recuerdan siluetas femeninas, de textura aireada y leve, cada uno se llama Bailarina (2019). Aquí se da una subida de estatus hacia el centro de la escena a este tipo de producción artesanal, mayoritariamente hecha por mujeres para adornar elementos no siempre atractivos y siempre conexos con las tareas domésticas. La figura de la dueña de casa, cuyo trabajo es invisible y subvalorado, es a través de la resignificación de los forros, transformada poéticamente en el de la bailarina, digna de admiración y aplauso. Perturbando la aparente estabilidad del sistema, a ras del suelo, Colonia reúne mantequilleras y platicos cortados al medio y dispuestos horizontalmente a lo largo de las paredes, como si fueran una proliferación descontrolada de hongos “atómicos”.

La estratificación social histórica del país se comenta en algunas obras a través de la alusión a elementos arquitectónicos que evidencian el abismo que separa las clases privilegiadas de las de los trabajadores. Las casas ricas del periodo colonial tenían, en la parte de abajo del tejado, una extensión ondulada en tres niveles, llamados era, alero y “tribeira”. Los pobres solo podían pagar un nivel, la “tribeira”. La diferencia quedaba, así, visible desde el espacio público. La serie Ventana, de 2019, aborda esas diferenciaciones sutiles entre señores y servidores. Beiral (Alero) es una composición con rejillas, abalorios y chasis, que integra el conjunto de modo claro, sin ocultar su condición de soporte. Paradójicamente, apoyado en la pared, impide que se cumpla la función de una ventana, que es la de dar visibilidad. Análogamente, Tribeira explora el contraste entre el lujo del biombo de pajilla enmarcado en madera noble ricamente adornada y los pedazos de vidrio colocados al reverso de la estructura, que comunican el peligro de la aproximación, la delimitación del territorio privado.

La casa que Penalva exhibe se examina en diversas claves, desde el bienestar de la idea de hogar hasta las barreras sociales que separan a aquellos de pocos bienes de aquellos de muchos bienes. Los objetos adquieren múltiples voces que ponen de presente individualidades en sus diferentes maneras de estar en el mundo.

SYLVIA WERNECK

Mano Penalva, por Sylvia Werneck | artnexus