En Cámara traslúcida, Jorge Macchi (1963) intervino el espacio de la Galería Ruth Benzacar con una misteriosa pared de ladrillos que impedía el acceso directo del espectador a la sala principal de la galería. Pero la obstrucción no era total; el visitante, cual voyerista, podía descubrir entre los ladrillos del muro el espacio de la sala. Proponiendo un divorcio estructural o un desafío a la gravedad, en Cámara traslúcida Macchi desarticuló los elementos centrales que conforman el muro, colocando la trama de ladrillos por un lado y las uniones de cemento por otro, otorgando un protagonismo impensable al vacío. Sin embargo, la ausencia del cemento pareciera no perturbar la disposición de los ladrillos, que se mantienen en el mismo lugar, a pesar del vacío generado entre ellos. Así, estos inquietantes ladrillos flotantes permitían espiar, aunque sin poder acceder, lo que había más allá del muro: un espacio vacío delimitado por una segunda pared, que, para cerrar la paradoja, estaba conformada por la trama de cemento que debía unir los ladrillos.

Macchi se propuso romper el recorrido habitual de la galería, y, siendo inaccesible acceder a la sala, la muestra obligaba a avanzar por una escalera, ubicada al margen del muro y usualmente vedada al visitante. En el descanso de la escalera, una escultura mínima, pero con enorme potencia, proponía un surrealista ingreso a otra dimensión habilitando este nuevo recorrido. Portal es el título de esta escultura, conformada por un cierre erguido de casi dos metros de altura, que entre su materialidad y título propone un juego de clausura y apertura.
Continuando con este recorrido atípico y desafiando el cubo blanco, la muestra se ubicó en las oficinas de la galería. Entre los escritorios, los computadores, los archivos, libros y papeles de trabajo, las obras de Macchi se revelaban poco a poco. Este espacio de trabajo corresponde a un sector inaccesible para el visitante de la galería. El artista devela lo oculto al colocar allí sus videos, acuarelas y objetos; así, el espacio de funcionamiento interno, los pasillos laterales, la trastienda, el comedor, fueron expuestos a la mirada del visitante. De alguna manera, los integrantes de Ruth Benzacar se vieron obligados a mostrar más de los que acostumbran, a exhibir sus espacios reservados.
Ya casi perdidos en el laberinto de la galería, el recorrido signado por la aparición de obras vuelve a descender a la sala principal, pero esta vez del otro lado del muro. Oculta, en esta cámara traslúcida creada por Macchi, hallamos una pintura de gran tamaño. Sin embargo, esta se presenta como una imagen tamizada, donde una estampa erótica japonesa se ve censurada por una trama de ladrillos blancos vacíos que obstaculizan nuevamente nuestra visión. Una vez más, nuestra mirada aparece sesgada, velada por los intersticios. Macchi tiene una larga experiencia en crear paradojas que exploran el vacío, desde sus vulnerables mapas recortados hasta la serie de Monoblock, donde recortaba las palabras de los avisos fúnebres dejando el vacío en la estructura del diario impreso. Sin embargo, es sumamente interesante cómo ha llevado esta exploración hacia lo espacial y a otra escala.
Como hemos señalado, Cámara traslúcida es una instalación de un muro desarticulado que encierra otra Cámara traslúcida, dado que es el título de su pintura de la estampa japonesa. Macchi genera un juego de mamushka interminable, donde la aprehensión de los objetos nunca es total. Del mismo modo, un juego de apertura y clausura perpetua se da en su obra Mamushka, conformada por una sucesión de jaulas de acero blancas, cuyas rejas impiden ver la pequeña muñeca rusa en su interior. A partir de cierto extrañamiento de lo cotidiano, Macchi problematiza el acto de ver, generando paradojas visuales que se fundan en la diferencia entre lo que sabemos, lo que vemos y aquello que no llegamos a ver con nitidez.
AYELÉN VÁZQUEZ
