Exposición Individualdic 2019 - mar 2020· Por Ricardo Arcos Palma

Guillermo Londoño

Fundación Gilberto Alzate Avendaño - FUGA

La pintura sigue más que vigente. Eso es una premisa que hoy es incuestionable, más allá de la sentencia de finales del siglo pasado que insistía en afirmar que la pintura había muerto. Cuestiones de moda que hoy han sido revaluadas, incluso por aquellos que en su momento las habían lanzado al aire, como el mismo Saatchi. Y la pintura existe aún hoy porque simplemente existen los pintores como Guillermo Londoño, quien viene pintando desde décadas atrás, siempre de una manera inteligente. Pero qué quiere decir esto de pintar de una manera inteligente, se preguntará usted. La respuesta es sencilla: pintar de manera inteligente es desbordar el plano puramente técnico y problematizar la pintura, es decir, llenarla de contenido, no solamente de materia pictórica. El título de la muestra de Londoño era muy llamativo y despertó mi interés: Lo que el ojo no ve. ¿Qué es lo que el ojo no ve? Aquí inmediatamente conecté esta frase con una que me ha perseguido desde siempre, y me ha inspirado en mis investigaciones sobre la fotografía: “la fotografía nos muestra lo que nuestros ojos no ven”. Esta última frase es de Wim Wenders, y la enuncia él mismo cuando está conduciendo ese automóvil que atraviesa el desierto en Estados Unidos; al fondo se dejan ver unas montañas, que enmarcan el paisaje. Esta escena es de Alicia en las ciudades, y las fotos que salen de la Polaroid muestran ese paisaje.

Exposición Individual: Guillermo Londoño — imagen 1
Guillermo Londoño. Lo que el ojo no ve, 2019. Óleo sobre tablas. 2 x 10 mts (78 47⁄64 x 393 45⁄64 pulgadas).

No pude evitar relacionar estas dos frases, pues, más allá de hablar de la visibilidad y de la imposibilidad de ver lo que no vemos, lo que se evidencia aquí es el paisaje. Los cuadros de pequeño formato (más de 120) que componen ese gran mural generan un paisaje que nos recuerda esos paisajes que alguna vez plasmaron los de la expedición corográfica. Las montañas y los valles de los Andes, de nuestras montañas. Pero lo que nos sorprende aquí es que esos paisajes, por familiares que sean, son paisajes absolutamente imaginarios. Es decir, que el pintor los hizo como inspirado en la fotografía o en la realidad misma. Sin duda, son esos paisajes reales que le permitieron configurar esas imágenes. Veamos lo que nos dice Guillermo Londoño sobre el acto de pintar: “Una de las muchas maneras de realizar una pintura en su respectivo orden técnico es, a partir de la idea, el dibujo, y del dibujo el color de la forma. Mis pinturas parten inicialmente del color, que mezclo aleatoriamente y esparzo sobre la tela. Y así, como quien sale a cazar figuras buscando en las nubes formas, mis cuadros se van construyendo a partir de accidentes y manchas controladas que van creando aparentes lugares inventados o de una memoria lejana. Paisajes abstractos, entre neblinas y montañas, ausentes de figuras humanas, pero no de sus huellas y cicatrices, como carreteras, luces o siembras que los alteran y los transforman. Estos paisajes inventados pueden hacer referencia a momentos o lugares antes vistos, a fotos desenfocadas o a reflejos en un vidrio. Son paisajes que el observador cree o espera reconocer, lugares geográficos aparentemente comunes, pero absolutamente virtuales, que en una sensibilización individual toman sentido. Pequeños puntos brillantes, objetos voladores no identificados, nos recuerdan que todo es posible, que quizás no estamos solos en el universo y que la imaginación y la realidad están estrechamente relacionadas, que se encuentran y se funden en misterios”.

En efecto, ese vínculo entre la realidad y la imaginación llena ese vacío que ahora es paisaje. Lo que nuestros ojos no ven, sería entonces una exaltación a esas imágenes interiores que pueblan nuestro inconsciente. Para ver aquellas imágenes hay que mirar hacia adentro, es decir, mirar con los ojos bien cerrados. Solo así, diría Kubrick, aparecen esas imágenes que nunca hemos visto y se hacen visibles, y más aún cuando ya no vemos, por el simple hecho de estar inmersos en una especie de ceguera colectiva, donde el exceso de imágenes nos impide ver lo que hay que ver. Lo que el ojo no ve, lo hace visible el artista, el encargado de llenar ese desierto del sinsentido con imágenes, por inventadas o falsas que sean, pues no hay que olvidar que el arte es en sí ficción que termina generando verdades y realidades. Como cuando Guillermo Londoño descubrió que alguna vez el Nevado del Tolima perteneció a su familia. Sin duda, cuando vimos por primera vez esos cuadros de la exposición, pensamos, “qué maravilla de paisajes”, y ahora nos damos cuenta de que la maravilla, así exista en el mundo real, solo tiene esa capacidad de fascinación, porque el artista ha sido capaz de mostrarnos lo que nuestros ojos no ven. ¿Y acaso eso no es el arte?

RICARDO ARCOS-PALMA

Guillermo Londoño, por Ricardo Arcos Palma | artnexus