Al entrar por primera vez en la exposición La tercera expedición del artista Gabriel Silva (Bogotá, 1955), podríamos pensar que el artista está pasando por una nueva etapa en su pintura. Inevitablemente, en el medio artístico pensamos en términos de etapas, pero ¿y si cambiáramos a nacimientos? Un nuevo nacimiento, como el que debe afrontar un ser al encarar un mundo por descubrir, al tener que dejar a un lado las soluciones anteriores para encontrar otras diferentes. Al deambular por esta exposición, pareciera que entramos a un cosmos similar al conocido, pero aun así es muy distinto, tal como podría ser lo que encuentran los astronautas del cuento del cual parte el artista: hallar lo mismo en un sitio completamente distinto no es garantía de afinidad o compatibilidad, más bien sería un síntoma de extrañeza. Si es parecido, pero estoy en un sitio completamente diferente, ¿por qué tiene una apariencia similar a lo que conozco? ¿De dónde viene? Digamos que el origen es el mismo, la misma materia prima: el artista desea, por un lado, escapar a sus mañas, vicios y soluciones, ampliando el mundo de formas y colores, en últimas, soltando la mano y variando los personajes y los paisajes que estos recorren. Uno se familiariza con los imaginarios de ciertos artistas, y vez tras vez nos llena de satisfacción encontrarlos para confirmar que el mundo no ha cambiado, pero en el caso de la trayectoria de un artista, esto puede significar una esclerosis total en el pensamiento artístico. En este caso, al mirar de lleno la literatura de ciencia ficción –en este caso, un relato del escritor estadounidense Ray Bradbury que forma parte de las Crónicas marcianas, conjunto de relatos sobre viajes interestelares–, el artista se compromete de cierta forma con la capacidad de ampliar y dejar retar su forma de ver las realidades del mundo próximo que lo rodean.

En esta exposición hay protagonistas claros, como el color, que se ha vuelto expansivo en su abstracción, brillante, contrastado y contenedor de formas figurativas que intuimos por observación, y que el artista nos invita a encontrar en todas direcciones. Los lienzos —como ya viene siendo un recurso propio de Silva— se convierten en piezas que pueden girarse sobre sus cuatro lados sin que esto afecte al sentido “correcto” del cuadro. Comparado con otras series, en las que lo figurativo contenía lo abstracto, en la mayoría de estas piezas sucede lo contrario. Las formas se abren casi como si fueran manchas de Rorschach: como superficies de colores sospechosamente azarosas que nos sugieren algunas formas determinadas por nuestro inconsciente; por ejemplo, expansiones de color amarillo bordeadas de rojo que nos acercan al interior de una posible flor, o posibles flores que se transforman en un paisaje azul convertido en personaje al límite de un mundo desconocido. Estas nuevas imágenes no ofrecen la distancia y la visión compacta y literaria de los paisajes anteriores de Silva, sino que nos confrontan con un mundo menos contenido dentro de los cuatro bordes limítrofes del lienzo. Como pintor que genera su propio imaginario —lo cual, en general, no abunda—, Silva bebe de una multiplicidad de referentes que, sin poner nombres propios, irían desde el arte medieval, pasando por el surrealismo, hasta la ilustración contemporánea, a lo cual podemos añadir el riesgo automático de la literatura, que aquí está salpicado por la ciencia ficción. Con estos ingredientes, el artista genera su propio muestrario de personajes, su bestiario y herbario particulares, esta vez animado por la idea de escapar a sus obsesiones y neurosis acumuladas tras décadas de hacer, tras asentar contra viento y marea un mundo independiente y libre, casi como una escuela autónoma. Como elemento predominante, sería relevante señalar el protagonismo de la naturaleza en esta exposición, como algo que recibe una gran atención del artista, como formas que se abren, que crecen y respiran forma y color frente a nuestros ojos. También está la figura del explorador como alguien que se ve forzado a cambiar de escala y de pensamiento a lo largo del hallazgo para definir un mundo nuevo abierto en todas las direcciones.
La mano y la mente se liberan de los caminos recorridos hasta ahora para buscar otros que, sin perder de vista el horizonte general, puedan refrescar el universo visual que emana de la imaginación del artista. Y la palabra imaginación es empleada deliberadamente porque parece que el arte contemporáneo no debe invitar a imaginar, sino, a reinterpretar lo existente de forma comprensible, pero el artista justamente lanza la posibilidad de la libertad de generar mundos inexistentes para poner del revés el orden ya conocido y establecido por el canon existente. La tercera expedición supone un nuevo nacimiento en términos pictóricos que abre la pregunta del rumbo que tomará desde ahora este artista generador de mitos y personajes en el campo pictórico y tridimensional.
CARIDAD BOTELLA
