El arte de Dagoberto Rodríguez ha sido siempre muy frío. Ya lo era cuando formaba parte del colectivo Los Carpinteros, que se distinguió en la escena artística cubana de finales del siglo pasado por adoptar en sus obras una estética en la que se daban cita el constructivismo y el minimalismo bajo la tutela inconfesa de Étienne-Louis Boullée, el arquitecto de las utopías racionalistas. Y lo siguió siendo cuando decidió separarse de Los Carpinteros para labrarse su propio camino. Las acuarelas, las esculturas, los modelos a escala y las arquitecturas de los dos últimos años lo confirman. En ellos, él convierte “los sueños de la razón” denunciados por Goya en imágenes y artefactos, en los que no queda lugar para los afectos o la pasión; tal es el control, que esa misma razón y los impecables acabados de corte industrial ejercen sobre los despliegues de la imaginación que están en el origen de todos ellos.

Las obras que expone en la galería Ivory Press de Madrid, bajo el título Tus manos están bien, se distancian, sin embargo, de este legado y de estos antecedentes. De hecho, lo primero que el visitante encuentra a su paso es una plancha de cerámica de gran formato sobre la que se ha impreso un texto en árabe. Es la transcripción del diálogo extraído de Twitter mantenido por dos anónimos operadores de misiles durante la atroz guerra de Siria. La traducción es la siguiente: “Recuerda Alá, recuerda Alá./ ¿Se han ido mis manos?/ No, no, nada les pasa./ ¿Dime la verdad, chico, no les pasa nada?/ No, están bien./ No hay más Dios que Alá”. Las creencias extremas, el fanatismo, la negación cruda de las evidencias más sangrantes que caracterizan a los combatientes yihadistas, irrumpen brutalmente en el aséptico y ordenado mundo de Dagoberto Rodríguez y le propinan un apabullante golpe de realidad. La obra que las cita viene a decirnos que allí fuera hay un mundo despiadado en el que los hombres matan y se hacen matar por su fe en un Dios incomprensible al que, sin embargo, deben obediencia absoluta. La calidad de la factura de esta pieza no es, por lo demás, un dato superfluo.
Aunque inscrita en un cuadrado perfecto, está hecha de barro cocido, un material muy cálido que, al igual que el texto escrito en delicada caligrafía árabe, evoca los prodigios de los que son y todavía son capaces las manos humanas. Las manos que el terrorista ha perdido lanzando misiles, aunque nieguen sus creencias. Las manos de las que no quedaba el más mínimo vestigio en tantas obras de Rodríguez, que de perfectas parecen hechas por máquinas y robots, sin otra intervención distinta de la del cerebro humano.
El resto de la exposición se divide en dos partes. La primera es una apelación al monumento, en una línea que recuerda a las obras de Ian Hamilton Finlay, o incluso, ciertas piezas recientes de Carlos Garaicoa. La forman unas estelas de mármol, en las que Rodríguez ha grabado en letras de molde frases sueltas extraídas de las letras de canciones populares cubanas, como si quisiera elevarlas a la dignidad y la condición intemporal a la que aspiran todos los monumentos: recuerdos sobresalientes e imborrables.
La segunda parte la componen piezas irónicas que exploran algunas de las contradicciones que caracterizan en la actualidad la vida en Cuba. Especialmente en La Habana, donde se han emitido y se emiten las consignas propias de la Revolución Cubana. “Patria o muerte. Venceremos”, “El hombre nuevo”, “La amistad cubano soviética”, etcétera. Y donde todavía circulan esos carros de origen norteamericano que en 1959, aparte de nuevos y relucientes, eran un poderoso símbolo del American way of life. Y que hoy forman una especie de museo rodante a cargo de cada uno de sus propietarios, que los cuidan con extremado esmero y se las ingenian para conseguir las piezas de recambio estropeadas por el uso y los tantos años transcurridos desde aquel remoto año de 1961, cuando se inició el bloqueo que todavía padece la isla.
Dagoberto Rodríguez ha hecho versiones de los adornos niquelados de los Cadillac, los Oldsmobile y los Chevrolet que aún circulan por las calles habaneras y la ha ensamblado con consignas revolucionarias para sugerir que tanto los unos como las otras son piezas de museo. Del museo viviente en el que se habría convertido Cuba. El contrapunto de esta operación irónica son un par de esas estrellas que Rodríguez lleva años haciendo y que remiten evidentemente tanto a “a la sola estrella” de la bandera cubana como a la estrella roja del comunismo.
Diana Cuéllar curó esta muestra.
CARLOS JIMÉNEZ
