Érase una vez un pueblo, una isla; historias fragmentadas en el tiempo, un inicio, un proyecto. Érase una vez lo que fue y su sombra, lo que envejece, lo que muere. Cuba en su pretérito perfecto. El olvido.
Desde la pared de la galería pareciera como si las imágenes narraran a media voz. Como si cada una de ellas intentara seducir al interlocutor con relatos de lugares y referentes desdibujados, anclados a un pasado lejano. Y es el pasado asumido desde la omisión, desde lo relegado, lo que polariza las obras de Gruta/Pueblo modelo, la más reciente exposición de Alfredo Sarabia (hijo). Dos series fotográficas en diálogo, dos discursos que encuentran en el olvido una preocupación y una denuncia a la impavidez de nuestro tiempo harto regocijado en sí mismo. Pero no se trata aquí de una acusación impetuosa, ni tan siquiera evidente. Más bien es la mirada nostálgica hacia lo que fuimos, es esa evocación a lo perdido, a la desmemoria, lo que nos hace conscientes.

Embriagados en la nostalgia que va sutil y paulatinamente sobrecogiéndonos, recorremos las obras de Gruta, donde el mismo escenario nos traslada a instantes primigenios de formación, de vida, a los cimientos de Cuba y sus escondrijos más ocultos, más íntimos. La belleza subterránea de las cuevas, sus enigmas e inalterabilidad milenaria, se nos presentan como un mundo paralelo al nuestro. Una existencia que por su naturaleza confinamos en su propia soledad, en su mismo origen. De ahí el halo tremebundo que convencionalmente se les ha estigmatizado a estos lugares. Y de ello se aferra Sarabia para intensificar el dramatismo de las escenificaciones que preconcibe hacia el interior de las cavidades.
Pareja de novios extrañamente dispuestos en el espacio, en situaciones en las que a veces pareciera dominar una mujer fatal, esa novia que en otras escenas se nos presenta con el velo cubriendo su rostro, como un personaje de Stephen King, o como una Ofelia ahogada. Todo inmerso en atmósferas surrealistas, flemáticamente inquietantes, donde el color llega incluso en determinadas áreas a insólitos niveles fluorescentes.
Lo cierto es que, amén de la lobreguez que estas fotografías portan, se hace evidente en ellas una recopilación de referentes artísticos-religiosos que hoy llegan a nosotros obviados, vacíos de sentido. Y quizá, hasta sin ser la intención del artista, dicha imbricación de elementos —culturalmente distantes— aluda al sincronismo criollo, a la esencia simbiótica de Cuba, que es indisoluble de su identidad, que también ha ido des-articulándose en el devenir histórico, perdiendo batallas frente a la globalización, oscureciéndose.
Gruta se vuelve metáfora y escrudiña las oquedades de una nación sufrida, imantada en el tiempo, que, paradójicamente, se ha olvidado a sí misma. Y, así, resurge luego desde el interior de Pueblo modelo, pero esta vez en la tangibilidad de un solo referente, el pueblo de Hershey.
Del esplendor al abandono. Ese fue el trágico periplo por el que transitó el legendario pueblo de Hershey, en Matanzas (Cuba). Su historia se remonta al año 1918, cuando el magnate estadounidense Milton S. Hershey, para asegurar el abastecimiento de azúcar a su fábrica de chocolate en Pensilvania, decide poner en marcha un colosal central azucarero en la isla. Y, en consecuencia, creció a su alrededor un asentamiento próspero beneficiado por el creciente florecimiento de la economía cañera, donde los trabajadores vivían en una realidad modelo casi quimérica. Una realidad que fue trasluciéndose en el tiempo, tras la venta en 1946 de los cañaverales y la infraestructura productiva; luego, con la nacionalización que implementó la Revolución en el poder, y, finalmente, con el cierre de la central a principios del siglo XXI.
Solo quedaron la gente y el recuerdo, atrapados todos en una existencia bidimensional que alimenta la añoranza desde la solidez del presente; o quizá en una suerte de relación trigonométrica entre lo que fue, lo que pudo haber sido y lo que es. A miles de kilómetros de allí, su gemelo, el pueblo Hershey de Pensilvania, rebosa opulencia y progreso; lo llaman “El lugar más dulce sobre la Tierra”.
Fotografías que documentan sitios semiderruidos de la comunidad matancera, hoy llamada Camilo Cienfuegos, se disfrazan de ilusiones espectrales. Los espacios fragmentados, y en ellos, elementos inconexos, raros; las luces fluorescentes que regresan para perturbarnos, el silencio, la penumbra, vuelven a recrear instancias surrealistas, en clara sintonía con lo inestable, con lo trunco, y con ello, una vez más, la Cuba olvidada, nostálgica.
Sin dudas, existe un pensamiento visceral en el hacer de Alfredo Sarabia, una inquietud latente, sincera. Un resistirse al mal paso del tiempo, a las amnesias gratuitas. La singularidad fotográfica con la que materializa una visión tan personal, y al mismo tiempo tan madura y firme, transpola sin miramientos al espectador hacia donde ella misma desea. Hace arte.
MÓNICA LLORENTE
