“Que mi poema no sea ni tabú ni tótem”. La frase, en realidad un verso de Mi poema de Vicente do Rego Monteiro, recibe al visitante que entra en la galería, al tiempo que da nombre a la retrospectiva individual. Escrito originalmente en francés, es una buena pista de la personalidad inquieta del artista, frecuentemente descrito como difícil, arrogante, hasta intratable. Sea como fuera, él pintó prolíficamente, y la Almeida y Dale ofrece una selección de obras que cubre las diversas fases de su producción, además de complementarla con trabajos de sus hermanos Joaquim do Rego Monteiro y Fedora do Rego Monteiro, poco conocidos por el público. La mayoría de las telas pertenece a colecciones particulares.

Artista moderno de trayectoria bastante singular y, tal vez por eso mismo, menos celebrado que sus contemporáneos de la ruptura modernista, Rego Monteiro transitó por diversos estilos y experimentó con distintas técnicas a lo largo de su carrera de artista visual y poeta. Durante toda su vida alternó períodos de residencia entre la capital francesa y Recife, y, de manera análoga, se dividió entre la pintura, la escultura, la poesía y la edición de libros. Nacido en una familia comprometida con las artes (su hermana Fedora y su hermano Joaquim fueron pintores, y Débora, escritora), comenzó temprano el aprendizaje del arte de la escultura, con menos de 13 años, en París, a donde la familia se había trasladado para apoyar los estudios de Fedora. Esa iniciación en la escultura quedó indeleblemente impresa en su manera de pintar. Las figuras más conocidas de Rego Monteiro rechazan la bidimensionalidad de la tela; muy por lo contrario, se ve en su proceso un énfasis en la volumetría, que convive con una composición económica, tanto de trazos de contorno como de colores. El artista se mantiene, en la gran mayoría de sus obras, dentro de un espectro de ocres, óxidos y grises, con mayor o menor luminosidad, aunque siempre opacos y densos. Son colores que aluden a la materialidad de la tierra y habitan el universo de los pueblos indígenas, tan caro a la temática del pintor. El Tirador de arco ilustra bien esas escogencias: se trata de una tela de dimensiones considerables, como es usual en el trabajo del artista (108 x 137 cm), dividida en dos secciones principales, espejadas, cada una con un indígena de pie, de perfil, cuya posición de los brazos enfatiza la curvatura del arco dispuesto frente a ellos. En el centro, cabeza abajo, el personaje-título se prepara para disparar su arma. Las figuras son esquemáticas, compuestas por pocas líneas, y comparten la misma robustez. Es curioso notar que la representación de los indígenas en Rego Monteiro parece tener un referente oriental. El rostro de la figura central recuerda muchas representaciones de Buda, en tanto que los personajes del fondo obedecen casi fielmente a los cánones de las pinturas del Antiguo Egipto: torso de frente, miembros y rostro de perfil. Y, a lo largo de sus varios estilos, el artista siempre mantuvo su casi desprecio por los fondos; hay, cuando mucho, algún sombreado, o, en la fase cubista, divisiones del plano, pero la primacía del plano central es evidente. Hasta en su período influenciado por el Cubismo, la fragmentación del espacio no lo desdobla en distintos planos, como en Picasso o Braque, sino que divide el plano en secciones que, a veces, se entrecortan discretamente, como vemos en Mujer delante del espejo. Experimentó también con composiciones de matriz surrealista, como Arlequín y el bandolín y Una bella en la noche, donde el tratamiento dado al fondo se aproxima a la sensación de aire exiguo de la pintura metafísica. Se dice que él acostumbraba retornar a telas anteriores y hasta a cambiar sus fechas, razón por la cual las etiquetas de identificación de la exposición en la Almeida y Dale no tienen fechas, dejando al espectador solo las que figuran en las obras.
La vida de Vicente do Rego Monteiro estuvo marcada por altos y bajos, posiblemente derivados de su compleja personalidad. Su relación con el grupo modernista fue turbulenta; a pesar de haber participado en la Semana de Arte Moderno en el teatro Municipal, en 1922, rechazó la invitación de Oswald de Andrade para integrar el Movimiento Antropófago, en 1928, alegando que él era de hecho quien había sido el precursor de la “antropofagia”. Como organizador fue el primero en traer al país noventa obras de la Escuela de París, en 1930, pero hasta hoy se conoce poco de esa iniciativa. Diez años después, una muestra del mismo género, con apoyo gubernamental, la Exposición de Arte Francés, se llevó los laureles. En la década de 1940 se dedicó casi exclusivamente a la poesía, y al abandonarla, recibió el Premio Guillaume Apollinaire. Durante su vejez pintó compulsivamente y no tan brillantemente, pero fue en esa época en la que su valor fue reconocido. Rego Monteiro fue pintor, poeta, productor cultural, escultor y hasta productor de cachaça (aguardiente de caña). Curiosamente, en todos sus empeños artísticos, el reconocimiento vino cuando él ya había abandonado esa práctica. Por ironía del destino, su obra no fue ni tabú, ni tótem.
SYLVIA WERNECK
