La exposición que presenta Verónica González en la Galería Artespacio reúne trabajos realizados en los dos últimos años. De inmediato se hace evidente la variedad de formatos, resultados formales, coloridos, texturas. Sin embargo, el conjunto de la exposición, que tiene una veintena de piezas, no se quiebra, no se disgrega. Al contrario, pone de manifiesto el extraordinario dominio técnico y la inventiva de esta artista santiaguina, egresada de la Escuela de Artes de la Universidad Católica, con especializaciones en Grabado y Estética.

Verónica González trabaja a partir de un lenguaje figurativo inspirado por la naturaleza. No la naturaleza en su significado de paisaje, de visión general, sino con elementos de la naturaleza, tales como hojas o plumas, flores o pájaros, corales o ramitas. Su manera de aproximarse a la botánica o la zoología recuerda a los naturalistas del período de la Ilustración: una mirada inquisitiva, capaz de diseccionar las formas naturales que le interesan para luego representarlas con el lenguaje del arte. Rehace lo que ha visto y coleccionado. Porque también es una recolectora incansable; tiene a su disposición “un catálogo enorme de formas naturales”, que son las formas primarias con las que trabaja.
Siete trabajos de gran formato tienen como elemento común las formas de variadas plumas. Largas, cortas, derechas, curvas, estas formas de plumas están realizadas mediante una técnica innovadora y nada tradicional del grabado. La artista imprime sobre velos de seda, reforzados con un papel leve. Entre dos paños de seda intercala y pega el papel. Esos velos se troquelan con una cortadora láser, según el patrón elegido. Cientos, miles de formas-pluma o formas-hoja salen de los paños de seda reforzada. Luego, algunas se tiñen, por inmersión, en soluciones acrílicas de baja densidad. Una vez secas, requieren ser alisadas individualmente, con una plancha doméstica. Y se pegan o cosen, con una puntada casi invisible, sobre los soportes previamente trabajados con una amplia gama de técnicas de grabado. Esos soportes incluyen sedas, linos o telas impresas. La obra resultante, levísima, se apoya sobre un bastidor de lino blanco tensado o no, que va sobre el muro, sin enmarque. Las formas pueden presentarse dispersas sobre la superficie de fondo, como en Viento negro desde el este (2016), o constituir superficies texturadas continuas, en las que se funden, como en Movimiento, del mismo año, un gran disco blanco y ocre de 1,20 m de diámetro.
La serie Botánica tiene dos vertientes. La propiamente así titulada, realizada en 2016, de la que se expusieron tres obras y que resulta, en la muestra, la más cercana al grabado tradicional. Elementos vegetales, levisimos, grabados sobre lino, a los que se suman plumas blancas reales casi invisibles en la superficie del trabajo. Aquí no se alude a una “botánica” en el sentido científico. Las imágenes de estos grabados son artificios. Tienen un indudable aire arcaico, como de herbarios. Imágenes verticales, centradas en su soporte, casi sin color. Transmiten sosiego, una belleza calma que hay que buscar dando el tiempo necesario de observación. Toda la muestra requiere del espectador una observación pausada. Ninguna obra es evidente. Debemos develarla, literalmente.
La segunda vertiente son los llamados Botánica japonesa. Se trata de sedas muy claras –montadas sobre linos blancos tensados– a las que se cosen círculos o formas ovaladas que han sido trabajadas con matrices de grabado y varias tintas. Estos grabados aplicados parecen flotar en un espacio indeterminado. Su tratamiento, efectivamente, hace pensar en antiguas telas japonesas impresas o bordadas. Son como pequeñas ventanas hacia un mundo imaginario, objetos que flotan en la superficie sobre la que se distribuyen. Son trabajos planimétricos que sugieren una espacialidad imposible de ignorar.
Los dos Pajareros también son obras de gran porte. A partir de grabado, recortes y costura sobre seda y lino, la artista compone una obra serial con una forma que se multiplica en ordenadas hileras sobre la superficie del lino de soporte. Cada forma recuerda el perfil de una jaula de pájaros. Cada elemento es trabajado individualmente, tanto en el grabado como en el color. Los leves grabados dejan ver las siluetas de algunos pájaros o elementos botánicos apenas insinuados.
Tres obras de menor formato, grabadas y bordadas sobre lino, aluden a extrañas fantasías sobre los pájaros. La costura aquí no es simple sustento de la obra, sino que la constituye, a la manera del dibujo. La parte impresa proviene de matrices de cobre manipuladas con gran libertad. El uso que esta grabadora da a sus matrices tiene muy poco que ver con el tiraje tradicional de un grabado sobre metal. Ella las usa completas o semibloqueadas, con más o menos tinta, y en diferentes posiciones. Así, las matrices se potencian en juegos infinitos; las imágenes obtenidas aparecen y desaparecen como sombras chinas. Hay grabado, sí, pero no propiamente edición de copias facsimilares.
Quedan por discutir las obras tridimensionales, la investigación más reciente de esta artista, las series llamadas Elementales y Experimentales. Usando los residuos de las sedas troqueladas, paños perforados con los troqueles idénticos en toda su superficie, Verónica González arma unos volúmenes sugestivos, muy leves, emparentados con la estructura de un panal, pero más sueltos. Es un camino abierto, dice la artista. Y es verdad que, aunque fascinantes, aún no tienen ni la densidad ni el peso de sus otros trabajos. Hay que darle tiempo a esta multifacética grabadora, siempre atenta a la realización y presentación más prolijas de sus trabajos. La muestra actual es un paso muy en firme de su ya sólida trayectoria.
MARÍA ELVIRA IRIARTE
