¿Podemos habitar una galería? ¿Cómo hacer del cubo blanco un espacio vívido? Renata Cruz (Araçatuba, São Paulo, 1964) recrea en la Galería Blanca Soto un interior doméstico: a partir de pequeños dibujos con azulejos, la artista construye un display, en el que vemos distintos objetos cotidianos. La muestra lleva por título Para siempre y un día, inspirándose en un texto de Jorge Luis Borges. En este caso, las múltiples referencias culturales que se dan en la literatura del argentino acompañan muy bien el concepto expositivo, en el que se mezclan orígenes, técnicas y tradición.

Hay jarrones con flores, velas, un mango partido en dos mitades, una aceitera. Más allá, tazas de loza, una hoja roja, cáscaras de fruta. Hay también estructuras geométricas y módulos con función decorativa. El azul y el blanco nos llevan a la tradición artesanal portuguesa. El proyecto de la exposición, de hecho, nace de la experiencia de la artista brasileña en Lisboa, donde realizó una muestra individual en Carpe Diem Arte e Pesquisa.
Pero también encontramos elementos que nos remiten a la cultura japonesa, como el árbol momiji, cuyo follaje se convierte en un color intenso después del otoño. Otro de los lugares para comprender la exposición es, precisamente, Japón. Renata Cruz protagonizó una exposición individual en Aomori Contemporary Art Centre, que le sirvió para seguir investigando sobre el paso del tiempo, lo que permanece y lo que está cerca de nosotros, aunque sea de manera silenciosa.
La muestra de Renata Cruz es llamativa por la reivindicación que supone del trabajo manual, la sencillez del display (vemos hojas dobladas, colgadas en la pared de una manera muy básica) y la recuperación de una determinada iconografía que no acostumbramos a ver en las galerías de arte contemporáneo. Podríamos decir que se trata de un bodegón múltiple, compuesto de pequeños fragmentos, que se yuxtaponen y se despliegan en el espacio a la manera de un collage. Esa “alegría del objeto” –que en el arte tiene un enorme desarrollo y reaparece periódicamente desde la Antigüedad, pasando por Zurbarán, Josefa de Óbidos, Chardin, Clara Peeters, Renger-Patzsch, por citar de manera rápida y sucinta sólo algunos ejemplos– tiene que ver con una exaltación vital que homenajea el mundo que nos rodea. Quizá es la constatación de que los laberintos conceptuales acaban donde empieza la materia. Como decía Renoir: “las manos llegan mucho más lejos que las ideas”, y esa podría ser la filosofía que subyace bajo la muestra de Renata Cruz.
Los dibujos de la artista tienen también un valor estructural: emulando la arquitectura tradicional de Lisboa, la obra de arte tiene así una doble lectura, ornamental y funcional. En esa intención compositiva, los motivos de los textiles de Aomori dotan de soporte y forma a la obra de arte. Pero también hay texto en muchos de estos “azulejos de papel”: leemos palabras, por ejemplo, de Dazai Osamu, uno de los autores con los que Renata Cruz entró en contacto con Japón. Vemos también la portada de la obra –ya mítica– El elogio de la sombra de Tanizaki. Un título clásico sobre la relación de la arquitectura japonesa y el concepto sombra. Así, el texto acompaña al tejido y a la arquitectura, como si también fuese una manera de hilar conceptos, construir belleza, jugar con las formas. La propia autora habla de su intención al disponer así los dibujos: le interesa buscar las múltiples lecturas que pueda realizar el espectador, a través de narrativas abiertas. La subjetividad de cada visitante se pone en juego y construye un recorrido propio, en el que intervienen su propia memoria, su cuerpo y su experiencia.
A través de Para siempre y un día, Renata Cruz traza un arco entre Brasil, Portugal y Japón. Es inevitable pensar en el vínculo histórico de estas culturas. Aparte de nexos coloniales evidentes, la historia de Brasil también está ligada a Japón, sobre todo en términos de inmigración y de núcleos de población histórica nipona en territorio brasileño. Lo curioso de la exposición en la Galería Blanca Soto es que aquí aparecen otras conexiones, que tienen que ver con lo cotidiano y el valor de lo pequeño. Podríamos decir que se trata de una reescritura de la micropolítica en términos estéticos y emocionales. La exposición es el resultado del asombro que produce un encuentro inesperado: la sorpresa al encontrarnos con lo que paradójicamente siempre ha estado ahí.
ANA FOLGUERA
