Reinvenciones de la naturaleza

Rubén Falcón. Orinoco Garden (Jardín Orinoco), 2016. Óleo sobre tela. 190 x 75 cm cada tablón.(74 51⁄64 x 29 17⁄32 pulgadas). Fotografía: ©Pablo Ojer.

Colectivasept 2017 - nov 2017· Por María Luz Cárdenas

Reinvenciones de la naturaleza

El concepto de esta exposición remite a una problemática que yace en la base misma de la creación artística: la representación de la naturaleza, sus fuerzas y energías. Desde tiempos ancestrales habita en la pared de una cueva la pintura de un animal, y también en las expresiones indígenas primigenias, donde, además, se alojan la vegetación y el paisaje: el árbol, el firmamento, la Tierra, los astros. 

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Zeinab Rebeca Bulhossen. Flores en el asfalto, 2013-2015. Fotografía digital de Performance. Fotografía: ©Raúl Rojas Rosas.

La curadora Susana Benko definió el discurso a partir de la presencia del tema en la historia del arte: sus encuentros y desencuentros, sus posibilidades de contemplación y goce estético, pero también de conflictos, visiones críticas, alusiones a la crisis ambiental, asociaciones con las instancias de lo urbano, activaciones de la fantasía y, sobre todo, de reconceptualización de nuestros vínculos con lo que nos rodea. Esta problemática cruza los mecanismos de selección de los once artistas invitados a participar, lo que permitió ampliar considerablemente las relaciones entre las cuarenta y tres obras enviadas: alternar formatos, disciplinas y técnicas que de otra manera lucirían desiguales entre sí, y, en última instancia, dibujar la compleja extensión de los nexos con lo natural atravesado por lo cultural y abrir la posibilidad de reconocernos en ese horizonte desde nuevas perspectivas. Para evitar perdernos en el amplio margen de comprensión del tema, Benko decidió acotar el ámbito discursivo y centró su interés en los imaginarios del mundo vegetal y el mundo animal. Con ello otorgó acceso a la unidad dentro de un universo heterogéneo, donde encontramos creadores con diferentes trayectorias, técnicas y niveles en su producción. También la sala de exposiciones del Centro de Artes Integradas –rodeada de luz natural, abierta hacia el amplio espacio de un jardín– hizo posible que las variaciones de los once artistas fluyeran para generar diálogos entre sus obras y puntos de vista.

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Ricardo Gómez Pérez. Botánica de la serie Recorridos habituales, 2015. 9 fotografías impresas sobre papel Hahmemuhle. 57.5 x 57.5 cm cada una (22 41⁄64 x 22 41⁄64 pulgadas).

El reino vegetal –primer capítulo de la muestra– se extiende como territorio de activaciones poéticas, culturales y políticas. Zeinab Bulhossen proporciona una visión crítica del contexto urbano y del concepto de naturaleza muerta. Integra el performance y la fotografía como recursos conceptuales para acercarnos al dolor de la ciudad, lo cual sintetiza en un conjunto de fotografías digitales que estampa sobre papel y xilografías sobre tela. La serie Flores en el asfalto, 2013-2015, se fundamenta en la acción de recoger las flores caídas de los árboles. Las dispone minuciosamente bordeando los huecos de las calles de Caracas y bordando una suerte de llamado de alerta ante el abandono y la falta de mantenimiento del entorno. Sin embargo, este llamado a lo político y este cuestionamiento por el descuido se convierten a la vez en detonante de un atractivo ejercicio que invoca los colores que tapizan el entorno urbano en los meses de floración. 

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José Antonio Fernández. Semilla VIII (almeja), 2000. Bronce patinado, dos piezas (edición de ocho piezas). 15 x 12 x 11 cm (5 29⁄32 x 4 23⁄32 x 4 21⁄64 pulgadas). Fotografía: ©Jorge Castillo.

Bulhossen evita la denuncia barata, la pancarta o la ramplonería ideológica y recoge los planos más profundos y preceptivos de la geografía caraqueña, sus afectos estéticos. Lo bello y lo feo, las fronteras entre la fuerza de lo tropical y el descuido, se conjugan en un mismo texto visual. La serie Botánica, de 2015, de Ricardo Gómez Pérez forma parte de una investigación más amplia denominada Recorridos habituales, donde el artista recogió sus trayectos por la ciudad en imágenes captadas en su teléfono celular, y reproducidas con tecnología digital. En un políptico de nueve fotografías, alude a la naturaleza urbana muerta, al encuentro fortuito con flores secas, a bulbos desenterrados de la memoria, a semillas y trozos de ramas que se niegan a perecer. En estas plantas apenas vivas se aloja una reflexión sobre el tiempo: el de la inmediatez de su captura en un aparato telefónico y el del paso a la distancia. Es un relato de la trascendencia, pero también de la cotidianidad. 

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Consuelo Méndez. Paisaje de agua, 2016. Fotografía e impresión digital sobre papel Matte Fibra. 28 x 28 cm (11 1⁄32 x 11 1⁄32 pulgadas). Fotografía: ©Consuelo Méndez.

En Orinoco Garden, de 2016, Rubén Falcón acude a la pintura de gran formato como medio para expresar en abstracciones orgánicas sus viajes a la ribera del Orinoco, y en ello recoge una vista, a la manera de un mural, de las plantas trepadoras, las orquídeas y bromelias propias de la región. Consuelo Méndez replantea los vínculos con el paisaje, reconceptualizando los términos de esa relación. Durante los últimos años recorre la ciudad en busca de la imagen sobresaltada, la imagen perdida que de pronto sorprende al transeúnte en su andar por la ciudad. Entre las pequeñas grietas del pavimento, en el mismo jardín doméstico, en el matutino camino por el parque o desde la ventana, siempre habrá un espacio para el asombro y el entendimiento de cómo la naturaleza se niega a desaparecer ante el descuido y las arremetidas urbanas. El agua es un elemento muy presente en su trabajo y se asoma a través de las gotas de rocío, la lluvia torrencial, los pantanos en las aceras o las lagunas artificiales, y es allí donde recoge, cámara en mano y como en un diario, sus infinitas imágenes. La serie Paisajes de agua es uno de los capítulos de ese inconmensurable y minucioso registro del saber observar. El paisaje no es lo que vemos sino su reflejo. La naturaleza es un espejo de flores, movimientos y luces entreveradas con ramas, de árboles frondosos que se convierten en redes y reticuláreas. Estas fotografías –que tienen mucho de pintura– podrían ser leídas como una crónica muy propia, pero también muy compartida por todos, del paisaje que asedia nuestra memoria urbana. 

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María Teresa González. Anatomía de nuevos círculos famiFotografía: ©María Teresa González.

El escultor José Antonio Fernández expone una selección de semillas elaboradas en bronce, que funcionan como una especie de inventario orgánico de nuestro entorno, como en Semilla VIII (almeja), de 2000. El artista alude al origen de la vida, a un inicio germinal de doble registro vegetal y animal. Son semillas y a la vez almejas, cuyo pequeño formato las hace desplazables y movientes, como los ciclos de la naturaleza. Ángel Marcano, a medio camino entre la escultura y la estructura, invita a la contemplación de una naturaleza sutil, tejida con planos de alambre de diversa calidad intervenidos con cartulina y objetos. Se produce un efecto de jardín flotante, con planos aéreos de vegetaciones y flores que aparecen y se desvanecen entre los finos puntos de color. Interesa en la obra de Marcano su capacidad para generar dibujos con el movimiento de las sombras sobre la pared, lo que hace que la estructura fija del alambre conviva con una tenue luminosidad. Pedro Tineo trabaja como los recolectores de residuos y acude al collage para construir mundos con objetos encontrados, bolsas plásticas y otros desechos urbanos e industriales. Se trata de jardines suspendidos donde ondulan fragmentos de muñecos de goma, retazos de envoltorios y telas, aves, canicas, caballitos, cuerdas o flores de fantasía. Sus formas son sinuosas, raras, con húmedas atmósferas, de diferentes colores que brotan sin control de lo que parece ser una raíz común. La percepción de la obra se enriquece por las texturas de los materiales tan diversos entre sí, pero también por el efecto que la memoria ejerce sobre ellos, al evocar asociaciones con esos pedazos de vida olvidados y en desuso.

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Ángel Marcano. Ivy (Hiedra), 2016. Alambre galvanizado y cartulina. Dimensiones variables. Fotografía: ©Susana Benko.

El segundo capítulo de la exposición cobija al reino animal, bajo premisas que activan asociaciones culturales y sociales, pero también desde planteamientos que conducen a pensar en hibridaciones entre la conciencia humana y el ser animal. María Teresa González –quien desarrolla una obra dolorosa, hermosa y muy refinada– exhibe las series Desmembrados y Agrupados. En ellas vincula las migraciones humanas con los despedazados cuerpos de aves y mariposas y, a su vez, con el vacío de la pérdida y la falta de asentamientos, que es una realidad flagrante en Venezuela. Cada segmento es una fractura, un grito en el silencio de las despedidas que se vuelven cotidianas. Isbecia Llavaneras acude a la representación naturalista de los pájaros como metáfora del vuelo y la serena contemplación. Sus pinturas y dibujos dominan el espacio, creando un delicado escenario para la volatilidad. Las impecables esculturas en bronce de Francisco Pereira se centran en la figura animal que se integra con la figura humana. Sus Bípedos parten de este principio como una manera de activar lo animal del alma humana y lo humano del animal con incuestionables asideros anatómicos. En El Ciervo de Dios, de 2017, incorpora la vegetación, pero también los signos de la violencia urbana. Es un juego de palabras entre el Ciervo y el santo venezolano conocido como el Siervo de Dios, y con ello llama a la memoria el sacrificio. 

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Pedro Tineo. Sin título (dos piezas), 2015. Técnica mixta. 150 x 70 cm (rosada) (59 1⁄16 x 27 9⁄16 pulgadas), 120 x 55 cm (amarilla) (47 1⁄4 x 21 21⁄32 pulgadas). Fotografía: ©Susana Benko.

Carlos Zerpa alude, en sus ensamblajes, al sincretismo humano-animal-vegetal desde una perspectiva culturalmente abierta, con trazos del hacer y el decir popular. Invita a crear nuevos patrones de identidad, a un encuentro con nuestro ser latinoamericano que combina la fantasía y la realidad sin abandonar el humor y una pizca de ternura. Niña y tigra y Eres un simio, ambas de 2015, increpan jocosamente nuestra racionalidad. El que escucha la tierra es la cabeza de un hombre-planta que nos hace pensar en las representaciones del imaginario americano del siglo XVI. Zerpa no abandona su lengua directa e incisiva, su versátil hablar, para enseñarnos cuán sobresaltado puede ser el universo.

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Francisco Pereira. Ciervo de Dios, 2017. Bronce a la cera perdida. 70 x 44 x 45 cm (27 9⁄16 x 17 21⁄64 x 17 23⁄32 pulgadas). Fotografía: ©Ana Cristina Febres Cordero.

El despliegue de las obras en sala permite fluir sin contratiempos entre propuestas y medios expresivos dispares. Reinvenciones de la naturaleza nos hace pensar en criaturas y plantas que sabemos cercanas pero no las vemos; es una exposición que unifica idiomas muy diferentes y dispares en el común denominador de la invención de la cotidianidad; que nos acerca a la belleza del entorno desde perspectivas muy distintas que van de la sonrisa al dolor, de la contemplación de la belleza al sufrimiento, que despliega nuevas fuentes para llevarnos de la mano –con sus conflictos, sabores y sinsabores– por la naturaleza, sus procesos y sus infinitas posibilidades.

MARÍA LUZ CÁRDENAS

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Isbecia Llavaneras. Estudio Ave 1, 2016. Mixta sobre tela. 21 x 59 cm (8 17⁄64 x 23 15⁄64 pulgadas). Fotografía: ©Isbecia Llavaneras.
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Carlos Zerpa. El que escucha a la tierra, 2015. Plástico, acrílicos, pasta de moldeado, alambre y cemento. 40 x 30 x 20 cm (15 3⁄4 x 11 13⁄16 x 7 7⁄8 pulgadas). Fotografía: ©Carlos Zerpa.
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