Un lugar olvidado por la propia naturaleza. Ese es el espacio donde se desarrollan los Cuentos amazónicos de Rafael Milani (São Paulo, Brasil, 1989). Una serie formada por trece fotografías, inspirada en la obra homónima de Inglês de Souza, publicada en 1893.
A través de imágenes con una textura casi onírica, Rafael Milani documenta el estado de la región amazónica como un territorio que no es fácilmente comprensible, y tampoco aprehensible. El origen literario del proyecto está latente en la mezcla de realidad y fantasía. Vemos siluetas humanas que aparecen entre los árboles, la presencia inquietante de una foca que parece mirarnos bajo el agua –como si también el fotógrafo la acompañara mientras está nadando–, unas garzas que no sabemos si están dibujadas en un biombo o son reales, o un pequeño mono que parece aislado de lo que sucede a su alrededor.

Todas las fotografías son intencionadamente confusas; los colores se difuminan y los límites se mezclan con el contexto. Hay algo triste y desolador, pero también fascinante: ¿dónde viven todos estos animales? ¿Cuál es este lugar, que no parece ni un bosque, ni una playa, ni un ecosistema reconocible? En una de las esquinas de la sala está una de las fotografías más impactantes: vemos la silueta de un perro a lo lejos, bajo lo que parece ser un enorme puente de cemento o una estructura industrial. No hay nada alrededor, solo vegetación. Se trata de un lugar olvidado por cualquier presencia. Incluso la propia mirada fotográfica parece imposible: ¿el fotógrafo ha estado realmente aquí? ¿Desde dónde está tomada la fotografía? ¿Cómo llegó a este lugar?
El proyecto nació de una convocatoria de Trasatlántica, una plataforma que aglutina el trabajo de artistas latinoamericanos. En 2016 convocó el premio Acciona de fotografía del medioambiente y sostenibilidad, que invitaba a todos los fotógrafos a captar aquellas realidades que reflejaran el compromiso y la protección de los recursos naturales, además de la biodiversidad de Latinoamérica. Rafael Milani fue el ganador de esta primera edición, por la capacidad evocativa de su propuesta. Milani cuenta en su trayectoria con otros proyectos expositivos: ha expuesto de forma individual en espacios como Museu da Imagem e do Som de São Paulo, y de forma colectiva, en el Museo de Arte Moderno de Bahía o la Fundación Hansen de Bahía.
Seguimos paseando entre animales que nos observan. Vemos cocodrilos tendidos en la orilla de lo que parece una cascada, pero, una vez más, están borrosos. La luz es plomiza, ambigua, intermedia. No sabemos en ningún momento qué hora del día puede ser. También aparecen hormigas, un búho. Y de repente, un mapa.
El proyecto también habla de ese pasado mítico del Amazonas. Un territorio que no solo existe físicamente sino que aparece ficcionado en la literatura, la cultura y el imaginario colectivo. Cuando Occidente entró en contacto con esta tierra, a través del explorador Francisco de Orellana, se abrió una vía de acceso a todo un mundo poblado de historias y personajes que condensaron la fricción de la historia colonial. Desde su propio nombre, Amazonas –que remite a esas mujeres guerreras de Tracia que lucharon junto a Aquiles–, hasta la novela Macunaíma de Mario de Andrade, pasando por todo tipo de producciones culturales, que siempre conjugan distintas tradiciones. “Tupí or not Tupí”, diría Andrade en su mítico manifiesto antropófago. El río Amazonas recorre ocho países distintos y es el mayor sistema de aguas dulces del planeta. Curiosamente, también aglutina todo un universo de dioses, anacondas, conquistadores, tribus y relatos míticos construidos desde Occidente mezclados con historias locales.
El autor de Cuentos amazónicos, la obra literaria en la que se inspira la exposición, es Inglês de Souza; periodista, escritor y profesor (1853-1918) nacido en Óbidos (Pará), representante del denominado naturalismo brasileño. En la obra conviven la realidad y la fantasía, una característica también presente en otros autores coetáneos, como es el caso de Euclides da Cunha y su novela Los sertones, de 1902. En estas obras, la tierra es un personaje más y parece hablar en una lengua propia, poniendo al límite la relación de la condición humana con su entorno. Lo extremo, lo salvaje, lo fronterizo, no sólo es paisaje sino también estructura argumental.
Esa misma idea late en el proyecto de Rafael Milani. Lo emocionante de la exposición es constatar cómo, en una época de globalización, cambio climático, “modernidad líquida” y google maps, el mundo sigue manteniendo cierta condición de inexplorado y desconocido. Y de maravillosamente inexplicable.
ANA FOLGUERA
