El Centro Cultural Jardín Borda inauguró el 6 de mayo la exposición retrospectiva intitulada Intimidad del Jardín1, que reúne alrededor de cuarenta pinturas de mediano y gran formato de la artista Magali Lara, las cuales abarcan tres décadas. Esta antigua casa de descanso de un rico propietario minero de Taxco debe su nombre actual al enorme jardín que la adorna, diseñado a finales del siglo XVIII. El Centro Cultural Jardín Borda pertenece hoy en día a la Secretaría de Cultura del Estado de Morelos, la cual organiza allí prestigiosas exposiciones. La topografía espacial de esta edificación colonial, en donde se suceden en hilera pequeñas salas con techos a menudo muy altos, obliga a un recorrido estrecho y un poco laberíntico. Es en esos reducidos espacios –cuya “intimidad” acoge en forma simbiótica la que Magali Lara ofrece para su exposición – en donde el curador Carlos Palacios fue el encargado de crear una museografía suelta, donde resaltan pinturas que van punteando el recorrido en ruptura con la lógica de una progresión temporal en cuanto al trabajo de la artista. A primera vista, la secuencia impuesta a las obras podría desconcertar al visitante, quien, en general, busca una referencia cronológica para comprender más fácilmente evoluciones y cambios. Sin embargo, esta concepción museográfica les abre nuevas propuestas y hace posibles enfoques insospechados en cuanto al significado del concepto tanto de la exposición como de las obras que la constituyen, y de los infinitos acercamientos que simplifican sus diferencias.

En efecto, la decisión de Palacios de no respetar la cronología de las obras sino más bien jugar con sus correspondencias, con los elementos compartidos, detalles de identidad de líneas, colores u objetos, ecos mutuos y vínculos sutiles que las agrupan, puede perturbar la recepción estética y la comprensión del observador. No obstante, esto aporta a cada una de las pinturas un suplemento de sentido en la resonancia particular, el diálogo, y hasta la complicidad que establece con aquella que tiene más próxima. El proyecto artístico de Magali Lara, en el que se atan y desatan las líneas, en donde se deshacen las formas, en donde el color cambiante y controlado encuentra su relación con el espacio, es capaz de soportar estas asociaciones que, a primera vista, parecerían contradictorias. En efecto, la línea estético-sensible e intelectual que atraviesa la obra de Lara, al igual que el dinamismo que caracteriza su trayectoria confirmando la evidencia de las evoluciones a través del tiempo, estructuran una postura individual a la que la artista es fiel y que reafirma el rigor de su relación con la creación. Lo íntimo en su obra hace eco a un deseo de transgresión de los límites pictóricos y estéticos, corroborando desafíos tanto conceptuales, visuales y existenciales como materiales y técnicos.

En México, desde mediados del siglo XX, algunas mujeres supieron imponerse en un medio hostil acaparado por figuras masculinas dominantes. Con pintoras como Frida Kahlo, María Izquierdo o Lilia Carrillo, fotógrafas como Tina Modotti y Lola Álvarez Bravo; mecenas como María Asúnsolo, Dolores Olmedo, Guadalupe Marín, o Inés Amor (quien creó, en 1935, la Galería de Arte Mexicano), las mujeres toman una parte del poder y abren el camino a una generación que se afianzará después de 1968 y a lo largo de los años setenta y ochenta, como es el caso de Helen Escobedo. Dos artistas, Mónica Mayer y Maris Bustamante, harán explotar literalmente las barreras de la diferencia entre los sexos y se enfrentarán a los tabúes de la pornografía y el erotismo, realizando performances provocadoras; las armas de Dulce María Núñez serán la caricatura, la burla y el humor, mientras que otras pintoras se apropiarán de la vegetación apoderándose de la flor para hacer de ella un emblema de género, como es el caso de Georgina Quintana, Rocío Maldonado y, sobre todo, Magali Lara, tras la estela de la norteamericana Georgia O’Keeffe, quien comenzó a pintar flores suscitando numerosas interpretaciones psicoanalíticas.
El título escogido por Lara para esta exposición, Intimidad del jardín, nos recuerda el precepto metafórico de Voltaire. En efecto, el filósofo francés termina su célebre cuento Cándido (publicado en 1759) exhortando al hombre a “cultivar su jardín”. En nuestro caso, el “jardín” es, obviamente, el que sirve de estuche natural al edificio que alberga la exposición, la cual, genéricamente, puede ser considerada como la búsqueda del paraíso perdido. Para Magali Lara (como para Voltaire), el jardín es la metáfora de un secreto que cultiva el inconsciente en lo más profundo de sí: revelación o invocación-encantamiento de nuestra intimidad, territorio de lo femenino en donde se deslizan pudor y explosión, solicitación e interpelación de todos nuestros sentidos. La “intranquilidad” y la “insumisión” atraviesan la reflexión artística de Lara y constituyen el eje de su historia pictórica.

La primera sala nos ofrece mucho para leer, así como para ver. En efecto, una selección de textos sobre la obra de Magali Lara, extraídos de diversos autores, recibe al visitante en una pared completa. Frente a ella, varias pinturas de los años ochenta ponen en escena tres camas: Sin título (1985), Cama New York (1985) y 19 de abril (1986). La referencia a la intimidad está presente, un poco al estilo subversivo (aunque más suave en la obra de Lara) de Lucian Freud, que representaba camas destendidas, abiertas a una obscenidad irrisoria y a esperanzas deshechas.
En esta exposición, iconografía, espacio, colores y formas pueden ser abordados por el observador como los entremezclados hitos de un mismo discurso estético. Los objetos de la cotidianidad, representados en forma un poco más estática en las obras de 1985 a 1990 (mesa, lámpara, silla, pantalla de televisión o lavabo), enfrentan pinturas en donde, lejos de desaparecer, ahora se codean con ramas, hojas o frutos, en un espacio que se abre, se hace liviano y se dinamiza cada vez más, como en Territorio, de la serie Territorio (1990). El objeto se convierte realmente en el actor de una coreografía que no tiene más límites que los bordes impuestos por el marco. El movimiento se refuerza como un elemento fundamental que da a la artista la libertad para construir y deconstruir la forma, sin presiones y dentro de una total autonomía de ejecución: Aire, de la serie Café (2001) y Café II, de la misma serie Café (2001). Desde el comienzo de la exposición, la naturaleza se impone en una obra caracterizada por una interesante composición en dos partes: Animación, de la serie El azar y la fe (1988), al igual que en Agua doméstica, de la serie Miedo (1987-1988), o incluso, un poco más allá y en un tejido más “aireado”, Cactus (1992).

Como gran número de artistas, Magali Lara trabaja por series. Desde principios de los años noventa, con sus series El árbol del cuerpo y Ramificaciones, ella hace del árbol una metáfora del cuerpo, y esta relación con el espacio, que es el eje de su reflexión estética y sensible, permite entrever en forma notable las evoluciones futuras. En El árbol de la intuición, por ejemplo, de la serie El árbol del cuerpo (1993), se trata de un elemento entre otros muchos, todavía inmaduro, mientras que ese mismo árbol triunfa, flamea e irradia en Fe, de la serie Ramificaciones (1995). La verticalidad del árbol que la artista identifica como “el árbol del cuerpo” inicia una nueva propuesta, en la que Magali Lara confirma la “puesta en escena” de un yo íntimo. Al abandonar, desde 2013, esa persistente y obsesiva verticalidad, el espacio de Magali Lara va a abrirse a formas redondas y circulares –¿las de la madurez o de la plenitud?–, formando constelaciones que se unen entre ellas por una especie de filamentos. Ese árbol, que es un símbolo más bien masculino –no olvidemos que Adonis nació de un árbol–, evoca tanto la vida como la muerte, tanto el bien como el mal. Él estructura así, en muchos aspectos, los temas de consciencia y cuestionamientos existenciales de la artista, y el lugar que ocupa en el centro de su espacio pictórico resulta aún más significativo.
Con su obra Como una papilla, de la serie Repetir (1997), la artista se libera de la representación objetual para situarse en la pura sensualidad/sexualización a través de las flores y las plantas, recurso metafórico que va a generalizarse en su obra (corola abierta y sexo-pistilo, gramíneas espermáticas, formas fálicas erguidas o penetrantes). La dimensión figurativa se difumina a favor de las manchas, líneas y formas, y el énfasis está puesto en la primacía del color. Ya sea el azul intenso de El futuro 2, de la serie El futuro (2014), o el negro y el rojo de Sin título 2 y 5, de la serie Intemperie (2016), los colores sólidos son tanto los del amor como los del sufrimiento y la esperanza, así como también los de la reivindicación y la sublevación. Sol de fuego y sol negro se invitan así, con pasión, dolor y melancolía, al “jardín” de Magali Lara, que, como el jardín mítico de las Hespérides, es aquel de la abundancia y la inmortalidad.
NOTA
1. Cuernavaca, México, mayo a septiembre de 2017.
Otra exposición personal de Magali Lara complementa la del Centro Cultural Jardín Borda. Del verbo estar presenta 230 dibujos, estampas, libros de artistas, videos y pinturas. Museo del Chopo, México, de mayo a septiembre de 2017.
* Fotografías: Gabriel Batiz.
CHRISTINE FRÉROT
Historiadora de arte, Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (Ehess, París) y crítica de arte miembro de la AICA.

