Exposición Individualsept 2017 - nov 2017· Por Oscar Roldán-Alzate

Jeison Sierra

SGR Galería

Todas las narrativas de origen, sin excepción, han tomado el oro como un mineral de valor absoluto. Oriente y Occidente, ya sea en el hemisferio boreal o en el austral, se pusieron de acuerdo desde el origen mismo de las civilizaciones en una cosa: se podían intercambiar valores y servicios con un comodín, este material noble, blando y de color dorado como el sol que es altamente resistente a la corrosión y, por tanto, un insumo único para la elaboración de todo tipo de aderezos ornamentales. Jeison Sierra (Colombia, 1986) es un dibujante, pintor y escultor que no solo se interesa apasionadamente en este mineral –además de otros que cargan con la misma suerte, como la plata–; su condición excepcional, aunada a una historia de vida que lo ha mantenido cerca de espacios de extracción en su natal Zaragoza, hacen que su más reciente trabajo se haya propuesto disponer una lupa sobre el flagelo que significa para diversos territorios el hecho de que, a pesar de producir cantidades ingentes de estos minerales, paradójicamente se mantienen sumidos en la más triste pobreza, que alimentan la desigualdad y la guerra.

Exposición Individual: Jeison Sierra — imagen 1
Jeison Sierra. De la serie Ríos de Oro y Plata, 2016-2017. Carbón Mineral sobre lienzo. 100 x 150 cm (39 3⁄8 x 59 1⁄16 pulgadas).

Pocas cosas al margen de su utilidad real han logrado un consenso dentro de los pueblos: poner de acuerdo a los diferentes intereses en algo que incluso carece de sentido. El origen mismo de la economía tiene su génesis en la idolatría a un metal que apenas un centenar de años atrás, con la domesticación de la energía eléctrica, tuvo un sentido distinto a la decoración, la acumulación de tesoros, las demostraciones de poder y el intercambio de bienes, a pesar de que en la Edad Media los alquimistas pensaron que con la ingesta de oro pulverizado podían tratar males como la peste negra, o, incluso, que comer en vajillas doradas podía alargar la existencia. Hoy, este metal, que ha encontrado un nicho como insumo esencial en la aeronáutica, la medicina y la electrónica, sigue siendo usado mayoritariamente para acumular poder simbólico por parte de las élites. Su extracción en los últimos años se ha exacerbado. La fiebre del oro, como se le ha conocido al ansia desmedida por encontrarlo, ha entrado a minar el equilibrio de países como los nuestros; Latinoamérica, especialmente los Andes, ha sido testigo de cómo la extracción de esta riqueza se lleva consigo la de la naturaleza circundante en los ambientes donde se posa la maquinaria que carcome el suelo, la vegetación, las aguas, para convertir el verde en escoria.

Becerros, cálices, cruces, ánforas, panes, coronas, barcas, templos, ciudades y soles de oro han sido el puente entre lo divino y lo humano, pero también han minado el túnel que ha conectado la vida terrenal con el inframundo; la miseria y ruina de los hombres parecen compartir el mismo origen que la fiebre por este metal divino y mundano.

Parajes desolados, con una luz inquietante que parece emanar del centro mismo de la imagen, donde manchas que representan cauces dorados o plateados se roban la atención, son el retrato que Sierra hace de la lúgubre realidad que hoy tenemos justo enfrente y que esquivamos contemplar. Esta serie de dibujos sobre tela, realizados con carbón mineral y pintura acrílica, que reiteran el espíritu testimonial del arte, son a la vez una forma de belleza macabra que recuerda que la riqueza de algunos es sostenida en hombros por la tragedia de miles, millones. La Galería SGR de Bogotá se vio llena de ventanas que dejaban ver cómo el oro y la plata recorrían territorios desolados, fantasmales. Espacios lúgubres y aturdidos por la inconcebible ausencia de vida; lugares labrados en contravía de la lógica, ya que la vegetación fue desplazada por la aridez de un suelo negruzco para que los cauces se tornaran metal.

En Colombia, territorio donde reza el mito, se encuentra en alguna parte de los Andes la ciudad perdida de El Dorado. Los estudios afirman que en la práctica de minería fluvial, para obtener un castellano de oro (4,6 gramos) se deben remover casi 30 metros cúbicos de lecho del río. He aquí la paradoja más compleja que debe atender la realidad contemporánea de un país rico en recursos naturales como pocos, que se da el lujo de lavar sus nutrientes y desechar su vitalidad en busca de pepitas de oro.

Ríos de oro y plata es mucho más que el nombre de una exposición de dibujos; se trata realmente de un testimonio construido con la vida de su autor: Jeison Sierra, un joven artista que creció viendo ampliar el vacío que la oquedad de las minas hacía a los ríos en su pueblo natal, población acostada al lado del río Nechí, ubicada en el nordeste del departamento de Antioquia, un territorio con una inmensa experiencia en explotaciones de este tipo, que hasta ahora no ha entendido que mientras unos pocos en su fortuna cuentan con pepitas de oro, a otros millares les basta el sol.

OSCAR ROLDÁN-ALZATE

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