Elsa Zambrano (Bogotá, 1951) expone en el Museo Rayo una muestra titulada Ensamblajes, curada por Miguel González, junto a otras exposiciones de mujeres artistas, tales como Pinturas de Ana María Rueda, Textiles de María Angélica Medina, y como obra invitada, Alicia V (1991) de Liliana Porter. En esta exposición individual, Zambrano presenta una numerosa serie de cajitas hechas a partir de postales de arte encontradas y coleccionadas. Vale la pena anotar que es una artista que desarrolla su trabajo en relación con la recolección y reorganización de elementos cotidianos. En este caso, obras maestras del llamado arte universal son puestas en unas pequeñas escenas, colmadas de referencias que aluden a la memoria colectiva y el saber popular.

Zambrano miniaturiza el ejercicio curatorial y plantea como obra pequeños espacios museísticos, en los cuales los objetos se refieren directamente a la colección de arte como gesto: cajitas con souvenirs, postales, juguetes y reproducciones provenientes de las mitologías más importantes del arte universal; objetos que salen de los museos más solemnes del mundo como elementos genéricos y que llegan a las manos de un público masivo, así como a las manos de la artista, quien es sensible a las posibilidades simbólicas de estos, y los colecciona y ensambla en busca de redefinir su aura. Por medio de estas nuevas cercanías, transforma sus condiciones de enunciación.
Es así como se crea toda esta serie de pequeñas escenografías contenidas en cajas que, como en teatro, se abren a nosotros en forma de cuarta pared. Asumimos el papel de un espectador en primera fila que mira hacia adentro del marco en busca de las asociaciones suspendidas como código por la artista. Estas piezas se observan en busca del sentido crítico contenido, que a su vez es producido por la yuxtaposición de los objetos y las emanaciones semióticas resultantes. Por ejemplo, en Monalisa somos testigos de una muchedumbre de pequeñas figuras de juguete que nos dan la espalda y alzan sus manos como si estuvieran tomando fotografías a una postal de la Mona Lisa (como efectivamente sucede en el Louvre, en el salón donde se ubica la Gioconda). En otro caso, las figuras del Jardín de las delicias de El Bosco se salen de la postal y se ubican delante de la imagen que las contiene, en un efecto en el que parecen ver hacia su propio mundo como descubriéndolo desde un nuevo punto de vista, por fuera del cuadro. Se podría considerar que este ir y venir entre dimensiones es un ejercicio interpretativo que aborda la historia del arte y hace un comentario crítico desde lo popular. Las cajas aluden a un saber universal levemente distorsionado, en el que la confusión producida por las escenas requiere rápidamente una lectura que va de lo contemplativo a lo crítico.
André Malraux (1901-1976), el célebre político, escritor y aventurero francés, planteó el concepto de “museo imaginario” dando cuenta de las nuevas condiciones tecnológicas de reproductibilidad de la imagen, sobre todo pensando en la posibilidad de tener todas las obras de arte en postales y libros, así como en la posibilidad de que cada persona tuviera su propio museo. Estas circunstancias de reproducción fortalecieron en gran manera el arte europeo, el cual subió a la categoría de “universal”, si pensamos en las enciclopedias y los libros en donde solo se aborda la creación de Europa desde el Renacimiento. La categoría universal de este arte logró que sus imágenes fueran reconocidas en todo el mundo y que sus historias más particulares entraran en un saber popular como requerimiento cultural. Las obras de Elsa Zambrano, en esta ocasión, se podrían considerar una respuesta desde lo específico y lo micro, la reacción de un artista latinoamericano ante el entramado más posicionado del arte y una intención de intervenir de alguna manera esta historia, deformando en pequeñas circunstancias los elementos de este gran arte.
En la cajita Millais, Ophelia (2016), las flores del cuadro Ophelia (Millais, 1852) se salen de una postal y crecen artificialmente en el marco ampliando la profundidad de la imagen, ambientando el preámbulo de la mirada y redimensionándolo todo bajo el problema del ensamblaje y su condición aparentemente ingenua. Elsa Zambrano colecciona suvenires y figuras alusivas al arte. Gran parte de su obra consiste en la acción de coleccionar, reorganizar y acumular. Hay una política en la posibilidad de portar fragmentos genéricos de las obras de arte universal (postales y juguetes), y es el efecto que producen estas cosas, en cuanto alejan y mitifican su propio origen. Las cajas de esta serie, por el contrario, acercan al espectador a un nuevo origen o punto de partida que hace eco de todo el saber acumulado en torno a las obras, crean un nuevo lugar de enunciación, como una nueva palabra. Si pensamos en las obras de Zambrano como neologismos, podríamos pensar en la existencia de lenguajes vernáculos que corresponden directamente a la realidad microsocial de las comunidades. En este sentido, las cajas de la artista se pueden leer como un lenguaje que va al margen de lo establecido, haciendo uso de sus caracteres pero con su gramática y acento propios, lo cual se puede considerar una respuesta o una manifestación desde aquí ante toda la historia, que llega como un bloque de escritura a nosotros, del mundo del arte.
BREYNER HUERTAS
