Continúas recorriendo el angosto pasillo, bordeando un colchón sucio, con cuidado de no tocar alguno de los cables que cuelga del techo, agachándote para pasar por debajo de un set de luces. La visita a la exposición de Diego Bianchi empieza a ser angustiosa, por no decir que extenuante: parece no llegar nunca el momento en el que entre en una sala con obras de arte. ¿O acaso ya estoy en la exposición?

El efecto que persigue este artista, confundir nuestra necesidad de catalogación (“esto es arte” y “esto no”), se consigue desde que el espectador se introduce en los pasillos curvados que rodean la gran sala central, a la que únicamente se puede acceder tomando de la mano a otro espectador. Unido al otro confuso visitante se puede, ya sí, recorrer un espacio sin muros, aunque no por ello “cómodo”. Las que parecen ser, ahora sí, obras de arte se diseminan por la sala como si fueran habitantes caóticos en diálogo múltiple. Esculturas, objetos, instalaciones y obras inetiquetables que pueblan el museo dentro del museo, proponiendo un extrañamiento ineludible. Se mezclan aquí creaciones de Bianchi con obras de la colección permanente del MAMBA; piezas de Enio Iommi, Jorge Gamarra, Gyula Kosice, Eduardo Mac Entyre, Rogelio Polesello o Rubén Santantonín conviven con las criaturas generadas ex profeso por el artista, creando una nueva discusión acerca del valor del arte, de la diferencia arte-objeto común y de la desacralización del arte contemporáneo. Que el Museo de Arte Moderno haya prestado su acervo para este operativo destructor es más que valorable.
El trabajo de los últimos años de Diego Bianchi se ha centrado en la intervención masiva del espacio museístico, reconstruyendo y deconstruyendo tanto materiales como significados. A través de enormes agujeros, socavones, pasillos improvisados, estructuras industriales, maniquíes de comercios, objetos de consumo diario y demás elementos descontextualizados, ahonda en esa labor de cuestionamiento de límites, de entorpecimiento de la dirección –física y mental– del espectador, y exacerbando el elemento absurdo del arte. Experiencias como las que tuvieron lugar en el Pérez Art Museum de Miami (WasteAfterWaste, 2015), en la 11 Biennale de Lyon (The Ultimate Realities, 2011), o en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires (Ejercicios espirituales, 2010), han sido otros eventos de ensayo y error, en los que no se ha ensayado y se ha errado para bosquejar la producción acabada, sino que se ha profundizado en dicha experimentación para resaltar su valor procesual. Las influencias de Bianchi (entre las que dispone un lugar de honor Thomas Hirschhorn) se fusionan en una coctelera, cuyo producto sabe muy bien en esta época transitoria en el arte; si bien algunas pruebas piloto son antecedentes pasados (desde antes de Szeemann y su When attitudes become form), el mensaje se reactualiza cada tanto. En esta ocasión, la mayor rebeldía es a su vez la más aguda crítica irónica al sistema: el disponer en igualdad de condiciones la colección permanente de uno de los mejores museos del país con elementos reutilizados y reciclados. De tal manera que elementos que formaron parte de la anterior muestra, Pablo Picasso: más allá de la semejanza, están ahora en la presente esparcidos por el pasillo de acceso. Quizás el curador senior del museo, Javier Villa, quien invitó a Bianchi a exponer en el espacio, tenga remordimientos, pero el visitante de esta caótica muestra, sarcásticamente titulada El presente está encantador, agradecerá la provocación.
JUAN JOSÉ SANTOS
