Llegar a la esquina donde se encuentran el Palacio de Gobierno y la Catedral triangulando con el zócalo, doblando apenas por la calle de Moneda, es iniciar un camino por un pasado que se manifiesta en el presente. El magno palacio que cobija al Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público se impone. El amplio y sólido portal de madera del museo acentúa esta circunstancia. Así se plantea esta, la escena perfecta para un recorrido por el bello centro de la ciudad de México. La escena perfecta es el título de la exposición de Darío Ortiz en este museo, el cual cobija pintura monumental y emotiva del artista colombiano-mexicano. Treinta y nueve obras que desglosan La escena perfecta desde 25 x 30 cm hasta 200 x 300 cm. (Cuesta decir 300 centímetros a lo que es contundentemente 2 x 3 metros, en óleo sobre tela. Aunque estas diferentes maneras de enunciar las dimensiones sean sólo convenciones, mencionarlo ubica al lector que no ha visto la exposición ante una referencia sustancial para nuestros días).

Las pinturas lucen en las amplias salas. El vigor y las contraposiciones se suceden en este teatro de un barroco sin fin. Ocasionalmente, Darío Ortiz usa objetos con formas geométricas, pero lo que predomina es la organicidad. Es pintura figurativa, en la cual las acciones están detenidas por diversos períodos: sea de ayer a hoy, como del Renacimiento a la Posmodernidad, o de la campiña a la migración. En los trabajos de Darío Ortiz habitan ancianos de tiempos idos y ancianos del presente, –como en Apóstoles de carne y en Los sensores del miedo. Están citados esos hombres que huyen de la vejez, característica que retrata esta época. No faltan los jóvenes ni los hombres maduros. El artista trata a la mujer haciéndole ver que es la figura por siempre vigente. El desnudo femenino es el de las mujeres plenas en carnes. Hay quien diría obesas, pero no, no son desagradables como abandonadas al paso de los años y a la comida. Son y reflejan el tiempo y las formas de la vida que las han ido habitando. Son la oposición a las mujeres de senos operados de hoy en día. Todas estas son las mujeres que pinta Darío Ortiz.
“Hablo del miedo, de la vergüenza y del terror, hablo del cuerpo y del sexo”. La intención del artista no es sumar temas. “Llevo años haciendo la crítica al arte contemporáneo, pero lo hago desde la visión de la pintura”. Al recorrer la exposición, el espectador se ha debido ir enfrentando a todo esto que menciona el pintor en una reciente plática telefónica. El paso se desacelera instintivamente, no se pueden dejar de observar los escorzos, las escenas de numerosos personajes y aquellas obras habitadas por apenas una, dos o tres figuras. Las expresiones de los rostros brindan mucha información y compiten con las pleguerías de los ropajes, así como con los ocasionales aditamentos ambientales. Dadas las dimensiones de las pinturas, si el visitante toma distancia de cada cuadro, abarca visualmente la escena tanto como es abarcado por ella, atraído por ella y deglutido por ella. La composición es autoral, con lo cual se indica que Darío Ortiz es un maestro de la pintura, que la ejecuta con conocimiento de causa y efecto. Compositivamente, el artista desplaza la situación hacia la periferia del cuadro tanto como hace obras con núcleos centrales. Crea escenas con profundidad en diagonal –como en Fábula del pintor ciego (donde incluye como fondo dos armónicas obras abstractas y un retrato)–, o bien atiende a situaciones escenográfico-constructivas de superposición de planos –con cuerpos y objetos–, como en Los aprendices. Esta obra permite visualizar el primer plano vacío extendiéndose hacia atrás y hacia los lados. Se puede imaginar una cuadrícula sobre la que Darío Ortiz ha ido trazando las líneas de fuga hasta que se encuentran en un punto central lejano, como indicaron los avances en el estudio de la perspectiva renacentista. A su vez, el artista habita ese espacio con personajes sentados y parados a diferentes alturas, de perfil, de tres cuartos de perfil, de frente, y directamente mirando hacia nosotros. En Los aprendices se encuentra uno de sus juegos predilectos: entretejer las épocas a través de ropas, muebles, composición, uso de pintura plana y de tratamientos anatómicos y tridimensionales, sin dejar de lado la vehemencia de la luz y la sombra.
En obras oscuras y en otras sumamente luminosas, Darío Ortiz contrasta una paleta tonal del pasado con una del presente. En cuanto a las telas y sus movimientos sobre los personajes, el autor revela magníficos ropajes del pasado ocultando el cuerpo, que se confrontan a la síntesis de la ropa actual, que revela cada cuerpo y se adapta a la agilidad requerida para el tipo de vida del presente. No faltan citas o referencias sutiles a los grandes maestros de otros capítulos de la historia del arte. Sus pinturas no son para nada estáticas –salvo excepciones operísticas–, manifiestan voluntad pictórica y revelan que el artista es su propio modelo, el que le produce menos costos y complicaciones, siendo además a quien tiene siempre más a la mano.
GRACIELA KARTOFEL
