En 2015, la artista Claudia Müller comenzaba su investigación Catastros de agua, en la Ría de Bilbao, en España, y posteriormente en el río Maipo de Chile, que finalizaría con la muestra Nadie puede empujar el río. Tanto la experiencia bilbaína como la santiaguina desembocaron en estudios materiales que combinaron maquetas, videos y fotografías.
En el 2016, la revista Nature Communications publicó un descubrimiento. La mayoría del agua de la Luna procede de asteroides y cometas que impactaron en su superficie entre 4.500 y 4.300 millones de años atrás.

El agua volvió a la Tierra en meteoritos y a la Luna en cometa es una suerte de cruce de miradas entre ese trabajo investigativo de la artista y la vista que intenta alcanzar a nuestro satélite. El resultado roza convenciones artísticas, artesanales e industriales. Al entrar por la puerta de la Galería Die Ecke, el tiempo parece ir sinistrorso, o al menos parece verse alterado. No estamos en un laboratorio científico, ni en la recreación en miniatura de montañas rusas acuáticas. Müller ha fabricado, con cerámica, madera y bronce, unos circuitos de tuberías de tejas que portan agua mediante el sistema Arduino, que controla válvulas y bombas de agua. Los tiempos, medidos, permiten que a través de este circuito hidráulico, el líquido siempre esté en movimiento, recreando una obra de ingeniería a pequeña escala, cuyo cometido o función permanece en la sombra.
Las sombras son, precisamente, otro de los elementos con los que se juega en esta intervención, en la que influye tanto lo visible como lo invisible. Las maquetas proyectan su silueta en los muros, algo que, sumado al circuito cerrado de grabación de una pequeña roca volcánica que cuelga de un hilo en la sala, dota al espacio de un ambiente fantasmagórico. El video proyectado, Salto al vacío (2016), enreda también con los equívocos y con la subversión de la realidad. Una cámara acuática capta imágenes bajo el agua y sobre ella, simulando, más que una sumersión, una inversión de las superficies y los horizontes, zambullendo al espectador en un baño y en los efectos de las mareas, que, como sabemos, son determinados por el satélite lunar. No sabemos si salimos, entramos o huimos en el salto al vacío que propone esta pieza visual. A las maquetas, la proyección y los juegos de sombras se une una serie de fotografías de imágenes bajo el agua, que de nuevo confunden los confines entre lo fluido y lo sólido. Esta exposición logra sugerir, con pocos elementos y en un espacio limitado, una gran cantidad de sensaciones que no tienen una explicación clara o precisa. Distensiones entre lo temporal, manipulando velocidad, densidad y circulación –el video muestra cápsulas temporales ralentizadas, la grabación de la piedra volcánica es en tiempo real, el circuito acuático de las maquetas está temporalizado, la proyección de las sombras también genera una visualización del efecto temporal–, lo grávido y lo ingrávido, y lo medible y lo inmensurable. Habrá quien pueda aprovechar la oportunidad para añadir otras líneas de significado, más apegadas a lo político y lo económico, como los conflictos medioambientales con las compañías hidroeléctricas en Chile, o más esotéricos, como la restauración de los tiempos biológicos en época de extracción expansiva, pero quizás la experiencia más gratificante sea la de dejarse llevar por la corriente en estos hallazgos extraños a través del desorden de los elementos.
JUAN JOSÉ SANTOS
