Exposición Individualsept 2017 - nov 2017· Por Érika Martínez Cuervo

Carlos Rojas

Galería El Museo

La profundidad del lenguaje estético de Carlos Rojas no logra abarcarse en ningún texto sobre su trabajo; definitivamente, de este hablan mejor sus obras; pero, aún así, uno puede atreverse a señalar algunas pistas y disertaciones acerca de lo que fueron su práctica artística y la construcción de un universo de cuestionamientos a los que intentó dar resolución a partir de un estudio intuitivo de conocimientos y de prácticas diversos. Con este previo enunciado podemos revisar la exhibición de piezas emblemáticas que se realizó en la galería El Museo, donde de manera cronológica apareció desplegada una parte del cuerpo de obra de Rojas, creo que más con una intención de homenaje al artista que con base en una curaduría disciplinada. La muestra nos dejó ver la versatilidad de Rojas y la compenetración con los materiales con los que trabajó en cada momento de su vida creativa. De igual manera, evidenció las ideas sobre el mundo que lo persiguieron de manera incesante: esa búsqueda por comprender el concepto de tiempo y la existencia misma, sin reparar en ninguna clase de tormentos, sino más bien desde la agudeza y a partir de una posición analítica que venía de su relación íntima con la ciencia y las matemáticas.

Exposición Individual: Carlos Rojas  — imagen 1
Carlos Rojas. Sin título, 1996. Madera pintada. 170 x 170 cm. (66 15⁄16 x 66 15⁄16 pulgadas).

Atravesado por sus incesantes estudios de la geometría, como base fundante de sus descubrimientos, convirtió la pintura en un espacio de experimentación y, sobre todo, de pensamiento crítico, donde en medio de su hacer desenmarcó la noción de realidad y la complejizó a través de una apuesta estética integrada, dónde materia, razón y espíritu establecieron un diálogo. Los hallazgos de esa concentración se hacen visibles en las obras que se montaron en las paredes del espacio expositivo, donde la coherencia que encarnaba su producción se devela en el in crescendo de sus procesos, los cuales les entregan a las piezas texturas táctiles y provocadoras.

Como uno de los artistas que hizo parte del grupo que durante los setenta y ochenta asumió riesgos de diverso orden, se enfrentó a los cambios históricos convencido de que las transformaciones eran sucesos lentos y unificados, y fue consciente de que era muy difícil percibir sus efectos; sin embargo, la influencia de la cultura visual de su tiempo y sus propios estudios afinaron sus procedimientos, y, obsesionado con el lenguaje pictórico, puso en escena sus personales interpretaciones del contexto en el que vivió, siempre con un carácter visionario, pues comprendía el tiempo desde una perspectiva no lineal. Así, lo abstracto, fenómeno que vino de su intensa observación del entorno, se dio de una forma natural en su obra, casi como la entrada magistral de un silencio en una composición musical. Y me arriesgo a decir que esa abstracción fue única en su momento porque aludía a una forma de misticismo que huyó de las modas e incluso del relato histórico en su sentido tradicional y cronológico.

Obras de las series América, Horizontes, Cruzados, Papeles pegados, Dorado, Signos y señales, Mater materia, Mutantes y Por pintar hicieron parte de la exposición que nos puso en frente de la maestría de Rojas, de su discurso visual en constante cambio, pero que mantenía latente las mismas preguntas sobre el tiempo, el espacio, la vitalidad del origen y de lo tradicional de una cultura, su preocupación por la experiencia espiritual, y el orden del mundo. Repensar qué era la pintura, desde una posición acorde a su momento histórico y en coherencia con los cambios estéticos que se estaban dando, resultó una disciplinada e insondable exploración formal atravesada por todo el conocimiento que iba adquiriendo a través de sus dilucidaciones teóricas y sobre todo de la experiencia misma de sus viajes y de sus vivencias más íntimas.

En últimas, considero que el acierto de la muestra fue posibilitarles a los espectadores un acercamiento al universo de Rojas con un montaje que dejaba ver sus soluciones formales y las inquietudes que le fue despertando la vida. La observación obsesiva del entorno –tanto del paisaje del campo como el de la ciudad– le reveló información sobre la que disertó en sus pinturas y ensamblajes. La investigación y experimentación de elementos como la línea, el color y las figuras geométricas revelaron las claves para la configuración de un lenguaje abstracto como pocos, cuando ya en Colombia una generación anterior había trazado precedentes importantes en otro contexto y desde otras posiciones formales y temáticas.

Volver a decir lo que ya se ha dicho de cada una de las series de Rojas y qué artistas y experiencias lo influenciaron en cada una está escrito en las varias publicaciones que se han hecho; lo que si considero imperante es detenernos cada vez que podamos a reconocer la potencia de su lenguaje y lo que exigió para él amarrar referentes de tan diferentes procedencias, y el hecho de hacer de su obra un espacio para cuestionarlo todo, pero no con el ánimo de un anarquista sino con el de un hombre hambriento por descubrir la esencia del mundo a partir de la comprensión de lo dramático que encarna la belleza, de lo inestable como un estado posible y de las implicaciones que contiene el sistema ordenador que determina lo que llamamos realidad. Rojas no se impuso límites, y sin reparo se sumergió en disertaciones donde cruzó arquitectura, diseño, música, literatura, mística, cultura ancestral, física, y así erigió una estructura de pensamiento que de manera consecuente les entregó un poder único a sus imágenes.

ÉRIKA MARTÍNEZ-CUERVO

Carlos Rojas, por Érika Martínez Cuervo | artnexus