Se trata, sobre todo, de un acontecimiento. Carlos Arias no había tenido una exposición individual en una galería de Ciudad de México desde 1996. La muestra, curada y presentada en la galería Marso, no trae nada más a cuento las novedades que ha tenido el proceso del artista, cuya obra se ha caracterizado por el uso alegórico, político y conceptual del bordado como remedo, sustituto o símil de lo pictórico en la obra, al que recurrió por primera vez (o que tiene su punto de partida) en la pieza Chile: un país por conocer, de 1996, donde un paisaje al óleo es marco de una imagen bordada que muestra una escena bucólica (un día de pesca) con dos niños rubios (que aluden con sorna e ironía tanto a una propaganda de supremacía racial como un ideal político por alcanzar –o alcanzado– por la dictadura chilena).

No se puede dejar a un lado que, en cierta medida, esta muestra es una consecuencia de la gran retrospectiva que tuvo el artista hace dos años en la Capilla del Arte de Puebla (y luego en el Museo del Chopo), donde su obra, que fue definiéndose a partir de los recursos formales que derivan de las distintas formas de bordado (y que fueron confiriéndole una cualidad cada vez más táctil y que conllevó en sus bordados representaciones de escenas sexuales y saturaciones orgánicas de pompones), fue catalogada históricamente, según sus temas. Pero no quiero decir que se trate de una mera decantación, considerando las piezas que se repiten entre la retrospectiva y la muestra, y que van desde la transcripción bordada en tela del texto escrito por Lorna Scott Fox sobre Arias en 1996 hasta las máscaras cubo y la columna de hilo que este realizó entre 2001 y 2006, sino más bien una recapitulación de temas y recursos que bien revisan y reformulan sus contenidos y búsquedas formales. Esto resulta evidente en el retablo que fue montado en la galería con piezas del artista en distintos formatos, que muestran escenas familiares con ecos decimonónicos, autorretratos, retratos velados y textos, en los que se lee: “Me gustan los seres humanos, aunque a veces quisiera que el mundo fuera un desierto” o “El problema es cuando se descontrola el hijo que tienes entre las piernas” o “Qué triste es el planeta pero hay gente brillante” o “Vamos a estar ligados el resto de nuestras vidas”, que viene a ser rematado con una serie de lienzos en los que se repite (siete veces) lo que parece ser tanto una declaración de principios como una conclusión alcanzada: “Ser gay es un estado de gracia donde deviene de manera natural la no temporalidad”, que bien puede resumir el espíritu de la muestra, que revalora y actualiza el proceso y la obra de Arias a lo largo de los últimos veinte años, como un tiempo sin tiempo que se repite como pugna frente al orden establecido, que en todas sus desestabilizaciones se resiste a desaparecer. Aquí, la consigna, al repetirse, no pierde su sentido original, no se diluye, no se convierte en ruido o en una sucesión de signos indescifrable; convertida en labor –bordada– se afirma como borde o protuberancia, se resiste –física y moralmente– a ese mismo orden que la impone y la relega. Vence al orden desde su sometimiento aparente, desde la sedición que, subyacente, acaba siempre por prevalecer en un nuevo desorden de las cosas que solo puede sobrevivir en el tiempo presente. Del remedo de lo pictórico, pasa al remedo de lo escultórico, donde conjuga el patrón hipnótico del tejido (el texto que se repite para convertirse en el sentido último de lo que representa y que lo constituye) con la precariedad de los materiales –la dicotomía entre proceso y duración– para pender (literalmente) como un todo orgánico que encuentra su sostén en el vacío, en aquello que queda entre los hilos y que se escapa para hacer posible su pervivencia como pesos flotantes: excedentes que traman en el espacio su forma, sentido y cometido. Entre su obra más reciente es importante destacar Doblegarse, donde hace eco y resumen del proceso que ha venido teniendo durante los últimos veinte años, en la que representa un ciclo cumplido (la pieza en la que ha cosido la palabra “doblegarse” enmarca una tela con motivos mínimos: llaves, corazones, copas, falos, cruces, dispuestos de manera aleatoria) –a la manera de apuntes–, en el que destaca la leyenda “Cuando se”. El bordado, relegado de manera “tradicional” como actividad femenina, cumple una función paradójica entre el sometimiento y la sedición. Ha sido dispuesta, arriba de otro bordado, de 2016, otra muestra aleatoria de tramas y motivos tradicionales, en la que se lee: "Bordado". La tautología que entraña la tela alude en sí misma a lo que es –en el tiempo– la obra de Carlos Arias: una sucesión de temas y motivos unidos por la trama que los une, conceptual y físicamente, al sentido siempre oscuro y obsceno de lo originario.
RICARDO POHLENZ
