Exposición Individualsept 2017 - nov 2017· Por Juan José Santos

Bernardo Oyarzún

Museo de la Memoria de Chile

Se podría llamar memorial de memoriales, o el antimemorial. El artista Bernardo Oyarzún erige en la exposición Funa un monumento a la ignominia y a la infamia en la historia chilena. Un artista que trabaja para los próceres, pero no con la intención de convertirlos en héroes, sino al contrario: denigrarlos, ponerlos en evidencia, cortarles la cabeza.

Exposición Individual: Bernardo Oyarzún — imagen 1
Bernardo Oyarzún. LAPIDARIUM, 2017. Fibra de vidrio, resina de poliéster, poliuretano, poliestireno. Superficie aproximada 30 m2.

La muestra se divide en dos espacios: uno, reservado para Funa, otro, para la instalación Lapidarium. El primero está compuesto por una serie de bajorrelieves, que imitan un material noble, y cuyas escenas reproducen violaciones de los derechos humanos por parte del Estado: como la matanza de la huelga de Santa María de Iquique, el exterminio Selknam en Tierra del Fuego, las distintas masacres cometidas en las salitreras a principios del siglo XX; la del Seguro Obrero en 1938; la de la Plaza Bulnes en 1946; en la Población José María Caro en 1962; escenas de represión en el golpe de Estado del 73 y la opresión actual al pueblo mapuche. Seis episodios paródicamente tratados por Oyarzún como si fueran frisos romanos, jugando con los antónimos bajeza/grandeza, y con el borrado o la marginación de estos hechos históricos, en pos de otros de dudosa gloria. El segundo, con un título igualmente de origen clásico, consta de una serie de estatuas de próceres despiezadas, amontonadas, desmembradas y descabezadas. El espectador puede caminar alrededor de estos monumentos sin pedestal, amalgama de brazos, troncos y figura ecuestre descabezada, como quien pasea por un campo bélico tras la batalla. Las víctimas son personajes como Manuel Baquedano o Bernardo O’Higgins, ambos héroes con monumentos públicos en el país, y cuya historia está escrita con sangre de chilenos.

El título escogido por Oyarzún es claro y decisivo: Funa es la manifestación de repudio contra una persona a la que se quiere dejar en evidencia por sus malas acciones. Significa también, en idioma mapudungún (mapuche), “ruina”, y “estiércol”, palabras que dotan a lo visto en esta exposición de otro cariz. Bernardo Oyarzún, de antecedentes mapuches, se ha referido en varios trabajos a la constante degradación del pueblo indígena, como queda demostrado en la obra que muestra este año en el Pabellón chileno de la Bienal de Venecia. Que esta iniciativa en el Museo de la Memoria haya sido financiada por el Fondart, las subvenciones públicas culturales, habla bien acerca del fomento a la libertad creadora de los artistas chilenos.

El ejercicio, crudo y rudo, que practica el artista en estas dos obras tiene un peso, por su impacto y por su literalidad, ante el que es imposible apartar la mirada. Una clara voluntad de rotundidad y de “ajustar cuentas” en un espacio, este museo, dedicado al recuerdo de las víctimas de la dictadura. En un país en el que aún hay cientos de calles, plazas y monumentos dedicados a generales, comandantes y presidentes que represaliaron, ordenaron matanzas y denigraron a sus propios conciudadanos es importante mostrar, aunque sea de vez en cuando, la “otra historia”, o la lectura no oficial de sus supuestas proezas. Sin embargo, hay dos aspectos en la funa artística de Oyarzún que se podrían haber proyectado de una forma más didáctica y más creativa. Por un lado, el trabajo metafórico de ambas piezas es excesivamente primario. Si se hubiera incluido algún aspecto de la biografía particular de cada retratado, o alegorizado de una manera más aguda el castigo público, se habría alcanzado una mordiente mayor. Por otro lado, al carecer ambas obras de una explicación textual directa se deja al visitante desprovisto de elementos de juicio, que es, al fin y al cabo, el objetivo de esta empresa.

JUAN JOSÉ SANTOS

Bernardo Oyarzún, por Juan José Santos | artnexus