El trabajo de Beatriz Milhazes reúne todas las características pertinentes a las grandes obras de arte. Con razón, ella está entre los artistas contemporáneos brasileros mejor cotizados en el mercado, y disfruta en igual medida de un significativo reconocimiento internacional. Sería superficial justificar este éxito solo elogiando la belleza hipnótica de sus imágenes, fuertemente coloridas. Su vigor poético reposa en la combinación antológica que diluye las fronteras entre lo regional y lo universal.

Fue lo que mostró la reciente exposición Marola, Mariola y Marilola, en la Carpintaria, nuevo espacio de la Fortes D´Aloia & Gabriel, en Río de Janeiro. Son tres grandes trabajos tridimensionales, que presentan gran sintonía con sus telas, grabados y collages, pero que proponen nuevos e instigantes nexos perceptivos. Los motivos recurrentes en el trabajo de Beatriz –como el círculo, la flor y el arabesco– se expanden hacia el ambiente, estableciendo un juego de transformación sensorial, toda vez que, a medida que el espectador cambia de lugar, también parecen cambiar las imágenes. Dependiendo del ángulo en el que la pieza sea observada, se forma un nuevo trabajo.
A pesar de que la artista trabaja casi exclusivamente con el plano bidimensional, el feliz resultado de sus mandalas espaciales se condice con las propias características inherentes a sus cuadros, delineados por una expresiva vibración resultante de las escogencias cromáticas y de los collages de formas diversas y sobrepuestas. Es como si fuese posible constatar en los cuadros una expansión espacial innata. Son “pinturas esculturales”, en la medida en que parecen saltar de las telas hacia el espacio con una fluidez retiniana. La experiencia espacial proporcionada por esta exposición reafirma este aspecto corporal de sus cuadros, extendiéndose como una invitación al disfrute físico y pasional de su obra, y siguiendo el precedente de los Penetrables de Hélio Oiticica.
Beatriz Milhazes es el espejo de la herencia visual brasilera que va desde el barroco, pasando por los modernistas, neoconcretos, tropicalistas, hasta llegar a la ebullición de una contemporaneidad local: el carnaval, lo popular, la musicalidad, la sensualidad, la alegría. No hay figura humana porque círculos, arabescos, flores, se tornaron los personajes centrales de un repertorio permeado de “autopastiches” formales. La semejanza entre sus obras a lo largo de su carrera compone un trance repetitivo y seductor; un ritual que exalta la belleza por sí misma, un hedonismo plástico que explica la razón de su empatía internacional.
Representante de la Generación 80, que recobró la figura, el color y las grandes dimensiones contra la racionalidad conceptual de la década anterior, Beatriz Milhazes siguió su rumbo fiel a los preceptos de la plasticidad. Una profusión de imágenes rígidamente calculadas marca los dislocamientos concéntricos y expansivos. La artista utiliza una técnica que consiste en preparar imágenes sobre plástico transparente, que se despegan como películas y se aplican en la tela por calco en collages sucesivos.
La gestualidad libre, característica de su generación y bastante utilizada por los colegas que se prepararon en la Escuela de Artes Visuales del Parque Lage (EAV/Parque Lage), se cambia por la precisión y el detalle. Así, ella consigue equilibrar la herencia constructivista brasilera, basada en la geometrización y en el orden, con la extrema inventiva. Se desmorona el buen sentido, mostrando que la paradoja es la clave de su riqueza poética.
Las tres esculturas que dan título a la muestra fueron creadas a lo largo de cinco años de investigación –con la realización de diversas maquetas en tamaño natural– en la Durham Press, estudió en Pensilvania (Estados Unidos) en donde Beatriz Milhazes adelanta, desde 1996, su producción gráfica, en paralelo con una intensa agenda de trabajo y exposiciones. Son piezas grandes, con una altura que varía entre 2,26 y 2,89 m, y que lidian con el espacio de diferentes maneras, ya sea potenciando el cuerpo de la obra, ya sea sirviendo como divisor de campos, como en el caso de la Marilola. Inéditas en Brasil, las tres piezas fueron exhibidas en las galerías que representan a la artista en Nueva York (James Cohan) y en París (Max Hetzler).
La experimentación con lo tridimensional se inició con un escenario hecho por Beatriz Milhazes para un espectáculo de danza de su hermana, la coreógrafa Márcia Milhazes, en el 2004. Al crear una especie de luminaria en el centro del escenario, ella se alejó por primera vez de la idea del panel que siempre había regido su trabajo escenográfico. El primer resultado de esa inmersión en el espacio fue la serie Gamboa, que estuvo presente en la muestra realizada hace cuatro años en el Palacio Imperial (Río de Janeiro).
“Soy una persona de lo bidimensional. Mis ideas y conceptos están totalmente ligados al plano”, afirma la artista, explicando cómo fue de difícil y motivador este desafío. “La mayor dificultad fue comenzar a razonar en tres dimensiones”, explica. Se trata de un proceso lleno de idas y venidas, en el que buscó, a partir de su repertorio, “profundizar, trabajar verticalmente, evolucionando en la tridimensionalidad”. “Fue casi una aventura”, concluye Beatriz Milhazes.
Todavía este año, la artista verá gran parte de su obra reunida en un volumen de la serie especial que la editorial alemana Taschen dedica a los grandes pintores contemporáneos. El libro, de gran formato, tendrá una edición limitada, firmada de puño y letra por la artista, y será lanzado en cuatro idiomas: alemán, inglés, francés y portugués. Así, Beatriz Milhazes hará parte de un selecto grupo de homenajeados que ya incluye nombres como Jeff Koons, Cristopher Wool, Neo Rauch, Albert Ohelen, Darren Almond, Ai WeiWei y David Hockney. Una prueba más de que la artista figura entre los grandes nombres contemporáneos.
