Antes de adentrarnos en la exposición Puntos ciegos será preciso recordar un par de experiencias artísticas del siglo XX que nos pueden ayudar a ver intersticios o pequeñas ranuras que inciden en el recorrido de la muestra. Son como aquellas grietas por las cuales se cuelan susurros casi inaudibles que permiten suponer historias que vagan entre lo material y lo etéreo. O son como coladeras por cuyos finos orificios se filtran haces de luces que enceguecen en el momento en que se fija la mirada en el detalle. Recordemos, entonces, la obra de Henry Moore. Un artista moderno profundamente arraigado al estudio de las formas escultóricas. Un visionario de la forma y la antiforma; o de la forma y el hueco de la forma; o, si se quiere, un maestro que permite ver que el espacio es una construcción mental que juega con el cuerpo del espectador y con sus múltiples maneras de percibir la realidad. Recordemos, igualmente, un cuchillo cuyo filo ha sido vendado, de Joseph Beuys. Sus reflexiones en torno a voltear la mirada hacia el arma y no hacia la herida provocada por el filo del cuchillo promueven un cambio sustancial en la forma como nos relacionamos con el cuerpo, los objetos, la sanación y el medio político. La herida se puede sanar, pero para evitar seguir sanando heridas se hace indispensable empezar a sanar las armas. Sean estas dos recordaciones importantes para aproximarnos a dos artistas colombianos cuyos trabajos se complementan en esta exposición, organizada por la Galería Beta. La muestra se debate permanentemente con el deseo, con lo incompleto, con la duda por el espacio y la forma, por tratar de mostrarnos otras formas de ver y de percibir la realidad. La exposición genera dudas sobre lo que vemos.

Adriana Ramírez, por su lado, plantea una suerte de contradicciones frente a la experiencia estética. Su mirada está centrada en la duda que surge en el aspecto fenomenológico de la percepción: ¿todos vemos lo mismo cuando observamos algo en particular? ¿Todos entendemos y vivimos el mundo de la misma forma? ¿Cómo saber qué es la verdad cuando esta ha sido atomizada en mil miradas, en mil experiencias? Algunos de sus trabajos divagan entre todas estas preguntas proponiéndole al espectador un juego sencillo pero contundente sobre la forma como percibimos la realidad. Encontramos en dichos juegos una confrontación parecida a la que hay en la tarjeta postal, por poner un ejemplo: dos caras que muestran dos formas de relatar una experiencia. Una imagen y un texto, pero nunca podremos ver los dos al mismo tiempo. Con Ramírez, mientras vemos una parte de la realidad de un objeto, sentimos que se nos esconde otra parte que complementa dicha realidad. Así las cosas, siempre estaremos frente al abismo de lo incompleto. Nunca podremos abarcar toda la verdad o la realidad de las cosas que se nos presentan en este mundo. O, tomando la obra de Henry Moore, todo depende de cómo enfoquemos la mirada y desde qué ángulo nos paremos, empezaremos a descubrir nuevas formas, nuevos mundos y nuevas realidades.

Por ello se hace indispensable detenernos en un horizonte sencillo que plantea con unas piedras de río. Dichas piedras que han sido redondeadas y labradas durante cientos de años por un río han dibujado en sus capas líneas con las que, juntando unas líneas con otras, Adriana Ramírez va trazando una larga línea horizontal. Son piedras, supongamos, que no se “conocen” entre sí, pero que en este juego de rompecabezas van construyendo un paisaje. La piedra, en un momento dado, en un pequeño instante, en ese lapso de tiempo en el que uno se detiene a observar algo tan simple en apariencia como lo puede ser una piedra, en ese preciso momento, deja de ser piedra, deja de ser lo que es para convertirse en una pieza fundamental del horizonte. La artista nos deja en ese limbo entre la certeza y la suposición.
Por su parte, Guillermo Marconi nos presenta espacios inciertos que promueven abismos infinitos y que hacen posible ver el tiempo, percibirlo de otra manera. ¿A través de la palabra? ¿El gesto? ¿Una caja de espejos? El juego con el tiempo y sus avatares se hace evidente. Marconi nos sumerge en contradicciones como: El futuro siempre fue hoy, que se contrapone con unas cajas en las que construye unos pequeños mundos que se vuelcan a otro tiempo con la ayuda de espejos. Son sin duda eso: espejismos de una realidad. ¿Cuándo será nuestro futuro que tanto anuncian por todos lados? ¿O eso que veo hoy, aquí y ahora, viene de antes o va hacia el después? Curiosa manera de invitar a que nuestro presente lo vivamos como presente absoluto y no como una construcción falseada por futuros inciertos.
Entre ambos, Marconi y Ramírez, la verdad se disuelve poéticamente en un abismo. No es solamente la forma sino la antiforma, no es solamente la herida sino el arma la que hay que sanar. No es únicamente lo que veo sino todo lo que me falta por entender lo que estoy viendo. En ellos, de maneras distintas, ponen en duda la verdad que se vende en el mercado, que se construye en las aulas, que se difunde en los medios y que se trata de enmarcar en un paquete homogéneo.
ANDRÉS GAITÁN
