Entre noviembre de 2008 y febrero de 2009 el Miami
Art Museum (MAM) presentó la exposición Objects
of Value, concebida por René Morales, curador asociado de dicha institución
desde 2006, coincidiendo casualmente con la eclosión de una crisis financiera
que al parecer nos va a afectar en todo el planeta. El proyecto se propuso
examinar los “radicales retos a los principios en que se ha basado el valor
artístico tradicionalmente”, traídos por el siglo XX al terreno estético,
principios que “desde entonces han permanecido inestables”, como expresa
Morales en el bien fundamentado ensayo con que presenta la exposición. Muchas
de las obras seleccionadas centran su atención en los factores que determinan
el valor monetario del arte -una tendencia que comenzó en los años 60 y que en
los últimos años renació, potenciada por el gran boom
del mercado de arte internacional; sin embargo, Objects of Value “se diferencia de otros proyectos recientes en que
este se concentra primeramente en el valor económico en un sentido más amplio,
superando los estrechos parámetros del comercio artístico”.

La exposición está integrada por obras (de la colección del MAM o prestadas por varias fuentes de Norteamérica y Europa) de Janine Antoni, Yael Bartana, Walead Beshty, Chris Burden, Darío Escobar, Félix González-Torres, Ed Kienholz, David Lefkowitz, Jac Leirner, Josiah McElheny, Marilyn Minter, Vik Muniz, Wangechi Mutu, Wilfredo Prieto, Santiago Sierra, Simon Starling, Rirkrit Tiravanija, Tunga y Carey Young. Nos recibe uno de los Corrugated Drawings de David Lefkowitz, quien representa formas geométricas casi abstractas sobre cajas de cartón corrugado, en guiño burlón a los “materiales nobles” tradicionalmente legitimados por la historia del arte. Las tres piezas de Ed Kienholz (1927-1994) también lanzan una mirada jocosa al mercado del arte y los criterios de valor estético. Estas acuarelas de mediados de los 70 muestran, sobre un simple fondo abstracto, textos que declaran su valor de cambio (For $264.00, For a Fur Coat) y una huella digital del artista junto a la firma.

La instalación de Rirkrit Tiravanija, Wooden Budas, es un estante de acero inoxidable en forma de altar, con cientos de estatuillas de Buda talladas en madera, que narran el vandalismo sufrido por sitios sagrados en Laos y Tailandia. Tiravanija contrató a un artesano local para que tallara imágenes de Buda, en reemplazo de las ofrendas sustraídas por los turistas en una cueva de Laos. Un proyecto donde el valor de los objetos trasciende los cánones artísticos y su cotización monetaria, ubicándose en el territorio de lo sagrado y lo afectivo. En esa misma cuerda, la instalación de Félix González-Torres (1957-1996) representa a su padre en una pila de caramelos ubicada en una de las esquinas sobre el suelo, que equivalen al peso corporal ‘’ideal’’ de aquél, estableciendo la posibilidad de que el espectador los tomara y comiera, operación que (des)completa la obra al mermar su peso con esta especie de “comunión”, que apunta tangencialmente a la impermanencia de la vida. Janine Antoni se aproxima al tema desde una perspectiva similar en Umbilical, vaciado en plata de su propio molde dental, la mano de su madre y una cucharilla de la vajilla familiar, conectando ambos elementos como un puente afectivo y nutricio.
Os Cem de Jac Leirner, con cientos de billetes obsoletos de cruzeiros (moneda de Brasil, constantemente devaluada o fuera de circulación), ensartados en un cable de acero, formando el ícono de una serpiente, connota igual la fauna exuberante del clima tropical brasileño y la inestabilidad de su sistema monetario. En esa misma línea de análisis de los valores económicos se inscribe el video Odds and Ends, de Yael Bartana, que observa desde la mirada asombrada de dos niños la vorágine del mercado y el efecto casi selvático provocado en unos consumidores que luchan ardientemente por obtener primero un producto valioso o escaso que se mantiene incógnito durante todo el metraje.

La fotografía en caja de luz de Alfredo Jaar (del tamaño de las vallas comerciales de paradas de bus y estaciones de metro) refleja las duras condiciones de trabajo imperantes en las minas de oro, pero la juventud de los modelos crea una ambigua conexión con el mundo de la moda, oscilando entre el glamour de sus músculos, la suciedad que cubre sus cuerpos y rostros, y la valla lumínica que sirve de soporte a la imagen. Marilyn Minter, quien también ha pintado enormes vallas para algunos de sus site specifics en exteriores urbanos, aquí está representada con una de sus típicas pinturas en esmalte sobre metal, terminada con los dedos (sensual boca femenina que devora joyas), con las cuales hace varios años viene analizando la relación entre sexo, moda, femineidad y mercado.
Del brasileño Tunga se exhibe una instalación de pared, hecha con alambre de latón y bronce, que evoca un mechón de cabello rubio sostenido por un peine, en una doble alusión al cabello típicamente caucasiano y las jerarquías socioeconómicas. Asimismo, Darío Escobar, con su patineta revestida de plata y formas barrocas, evoca la cultura colonial hispanoamericana, tal como hace en sus reelaboraciones de objetos de consumo contemporáneo (tazas de McDonald´s, calzado deportivo Nike, etc.), tejiendo sutiles alusiones al neocolonialismo cultural.

En un espacio adyacente a la sala principal se presenta una suerte de diamond project room, con varias obras dedicadas al brillo y oropel de piedras y metales preciosos. Gran parte del trabajo de Vik Muniz revela las paradójicas conexiones entre lo eterno y lo efímero, la esfera de lo social y la esfera de lo estético. Sus dos piezas aquí son retratos, armados con diamantes, de celebridades históricas (ambas femeninas, producidas por el star system de Hollywood), relacionándolas con el glamour y el valor de la piedra preciosa. Estas obras de Muniz establecen un diálogo virtual con One, la instalación de Wilfredo Prieto (ubicada justo frente a aquéllas, sobre la alfombra negra que tapiza el suelo), consistente en un montículo de cristales brillantes que supuestamente oculta un diamante real. Esto me lleva a una inevitable reflexión sobre la dinámica que rige el “sistema de estrellas” de la plástica, donde un nuevo astro puede ascender de la noche a la mañana, mientras que artistas de sólida trayectoria permanecen en el lado oculto del universo. Un tema inevitable ante un proyecto específicamente centrado en el peso simbólico de los objetos de valor y los diferentes criterios para medirlo: cómo los museos, universidades, casas de subasta, curadores, críticos y medios de comunicación especializados construyen el valor cultural y monetario de la obra de determinado artista, proceso aurático muchas veces arbitrario y plagado de factores extraartísticos.
RAFAEL LÓPEZ-RAMOS
