Lo descomunal llama a recordar cosas obvias. Pero no por obvias son asunto superado. Bajo la consigna "Triennale in the City", la trienal de Yokohama 2014 arropa simultáneamente todos los espacios y circunstancias expositivas disponibles. Eso sí, la oficialidad se confiere solo a dos espacios: El Museo de Arte de Yokohama y el muelle de Shinko. El resto sucede ajeno al eje argumental de la cura, privado de la parafernalia historiográfica del cubo blanco y su pulcra legitimidad alquímica. El artista Yasumasa Morimura asume el timón, centrando la muestra alrededor de la temática del olvido, un movimiento aparentemente diáfano, pero que subrepticiamente protege a la trienal de ser juzgada en términos de falta de consistencia, articulación o sustancia. Morimura, normalmente obsesionado con infiltrar su rostro en el campo de los recuerdos compartidos, nos muestra mucho más que sus gustos y contactos personales en su cura "Arte en Fahrenheit 451: En el corazón del mundo hay un mar de olvido", compuesta de 11 capítulos y una doble introducción. Abre haciendo un gesto apologético, un homenaje a la posteridad fallida que ocupa la nave central del museo, desmedido y participativo como la trienal quisiera verse: una re-escenificación del "Art Bin" del YBA Michael Landy. Un basurero transparente para "arte no-deseado" que, como la muerte, iguala a todos los implicados. Mas solo la epigénesis propia de la muerte real está proscrita: solo se prohíbe participar a obras que se pudran o contengan "materiales peligrosos". A pocos metros de Landy, se asoma ya un contraargumento. La serie "Offering" de la artista Emiko Kasahara, que reproduce los receptáculos de donativos religiosos de diversas culturas, acentuando espacios intersticiales del muelle y museo por igual. Cada ranura nos sorprende muda donde menos la esperamos, orlada de "no tocar" y titulada con un nombre de mujer, explícitamente genital y misteriosamente política. No queda claro si son antídotos o solo nuevos productos de las formas prevalentes de post-feminismo, despolitizadas en su afán autopromocional. La selección que ocupa el espacio entre ambas escalas es aguda y personal. Nos muestra frontalmente a un artista haciendo arte a partir del arte, hilando con respeto un "capricho" que se exime de la lógica de la historia. Habitando el panal de una serie de salas toscamente delimitadas, el viejo semen de Warhol yace sobre dos pequeños lienzos blancos, casi del mismo tamaño del que nos muestra Karmelo Bermejo en su escultura (hecha solo de pintura) "Blank". Gónzalez-Torres y Mendieta están presentes en condición de apuntar a un ecumenismo nada tangible, pues Gregor Schneider trabaja duro en sitio para recordarnos el status quo. Morimura, fotógrafo y curador, nos muestra también lo documental resemantizado, tanto investido por su inclusión en la muestra (Ikko Narahara), como incuestionable por su uso del lenguaje del arte para hacer periodismo comprometido (Taryn Simon). Aunque sea un evento diseñado para sus visitantes (en su mayoría de Japón y países vecinos) la trienal de Yokohama es una muestra voluntariamente ambigua e inconsistente, que busca que el visitante antes que polemizar, escoja perderse.