El Simposio Internacional de Arte Contemporáneo es un evento anual que se realiza en la ciudad de México con el ánimo de conciliar arte y teoría del arte contemporáneo. Bajo la premisa de no acatar pautas o estrategias comerciales, su peculiaridad salvadora consiste en permanecer al margen de ese mercadeo articulado por la red de galerías, ferias, subastas y, esos coleccionistas privados dedicados a instaurar un canon de valor, siguiendo los caprichos del snobismo, la ignorancia y la arbitrariedad. Ello reafirma una lógica implacable: ¿Con mi fortuna hago lo que estime pertinente¿. Como enfatizaría en su presentación el Director del Museo de Arte Moderno de la ciudad de México Osvaldo Sánchez: ¿Debemos agradecerle a los gestores del SITAC el hecho de poner su dinero al servicio de una empresa filantrópica, desarrollada al margen de las ficciones hegemónicas que prevalecen en el mainstream de las artes visuales en los tiempos que corren. Surgido en el 2002, por esta ¿pasarela tolerable¿ han desfilado artistas emblemáticos como Marina Abramovic, Hans Haacke y Allam McColum. En cambio, también ha notado la presencia de creadores tan promocionados como sus viejos maestros. Tales son los casos de Thomas Hirschhorn, Shirin Neshat o Leandro Erlich. De cierta forma, la postura ética de muchos de estos productores visuales encarna una especie de resistencia que, definitivamente, sintetiza la actitud de una institución que pretende desafiar al propio sistema institucional del arte. La sexta edición del SITAC (enero23-26. 2008) fue presidido por el tema ¿Lo que nos queda¿, tópico donde se mezclan el indicio y la certeza, enigma y lugares comunes, lo posible y lo imposible. La curadora alemana Uta Meta Bauer buscó engranar una cadena de reflexiones que incluyeran el urbanismo, la sociología, el diseño y hasta las modas populares mexicanas. Sin embargo, la densidad teórica predominó sobre la muestra visual en un encuentro donde resulta inevitable alcanzar cierto equilibrio entre la palabra y la imagen. Por otra parte, el discurso crítico desde el arte no se hizo sentir en esta ocasión. La oferta visual se inició con una pieza temprana de Isaac Julien (Gran Bretaña, 1966) donde ya se vislumbran los obsesiones poéticas que todavía acompañan al artista de origen caribeño: el movimiento y el desplazamiento de individuos, la plenitud del desarraigo, el lirismo y el caos. Siempre en la búsqueda de lo que el propio Julien gusta denominar como ¿un escarceo con lo sublime¿. Territories (1984) nos habla del folclor, la diáspora negra en Inglaterra, los disturbios de Notting Hill Gate ocurridos en 1976 y el homoerotismo. Pero se trata de una obra menor, que deja al espectador con ganas de profundizar en la obra más reciente del autor. En la misma, apenas sobresale la imagen de una pareja de hombres negros besándose, en una secuencia circular, donde parecen escoltados por agentes policiales, creando un fotomontaje regido por un inexplicable distanciamiento entre el deseo y la represión. Contrario a la brevedad de Julien (quien no estuvo presente en el SITAC), el artista y cineasta independiente Amar Kamwar (Nueva Delhy, 1964) presentó un extenso, agónico y denso testimonio fílmico de la protesta callada o con toques musicales de las castas desplazadas en diferentes regiones de la India. Una noche de profesía (2002) es una desprejuiciada afirmación identitaria, un arte de la eticidad sin las peripecias formales que el espectador gozoso del efecto de choque espectacular rechaza. En otra pieza, Kamwar invita a personas humildes a sonreir ante una absurda ceremonia: el dictador de Birmania (cuyo nombre sería preferible olvidar) arroja flores a la tumba de Gandhi, cumpliendo así un ritual diplomático de rigor en la India. Mediante una terapia anti-demagógica, el artista propone un modo de burlarse de los increíbles simulacros que contempla la política. La muestra visual terminó con la artista del performance y el vi...