Colectiva30 de junio de 2009

Space, Unlimited

Space, Unlimited, una exposición con un amplio enfoque, llevada a cabo en el Museo de Arte de las Américas de Washington, D.C., que presentó a cuatro artistas individuales y un grupo, hizo comentarios sobre la forma en que los procesos de percepción visual afectan nuestro conocimiento del espacio privado y social y nuestra actitud hacia ellos, en entornos naturales y urbanos. Este es un gran tema. De hecho, como lo sugería el título de la exposición, es ilimitado; sin embargo, como tema, funcionó. En parte, debido a que las curadoras, Tatiana Flores y Laura Roulet, hicieron un excelente trabajo al escoger artistas cuyos proyectos, aunque muy abigarrados, se hablaban entre sí, en términos formales y conceptuales; y como resultado, la instalación de la exposición desafiaba a los espectadores a cuestionar cómo (o si) diferenciaban entre diversos tipos de espacio (personal, político, artístico, ideal, tecnológico, arquitectónico, etc.) y qué revelaban esas distinciones, en primer lugar. En el primer piso, la instalación Ventanas (2008), de la artista puertorriqueña Ada Bobonis, incluía una serie de cajas de luz que presentaban fotografías de la renovación del hotel La Concha, de San Juan, al que, cuando fue inaugurado en 1958 se le tomó como modelo de modernismo tropical que plasmaba la actitud optimista de la época hacia el progreso y el crecimiento. Las cajas estaban alineadas alrededor del salón, como una cadena de ventanas, como lo sugería el título, pero en oposición a la función normal de una ventana, estos objetos presentaban no solo una vista hacia afuera (veíamos escenas de la renovación real de La Concha¿el edificio a medio construir, equipos, soportes estructurales, etc.) sino una reflexión hacia adentro (veíamos escenas coloreadas de rojo, azul y amarillo, de un espacio interior condensado cuyas especificidades no se conocían). Allí, el juego entre las imágenes de la modernización y su desintegración en un sueño abstraído o un nostálgico espacio de recuerdos decía mucho sobre los fracasos de la naturaleza alucinógena de las visiones utópicas modernistas y también sobre la perseverancia, la flexibilidad y las inevitables transiciones y desprendimientos que ocurren entre épocas de la historia. La videoinstalación de Magdalena Fernández, 1pm006, Ara Araurana (2006), un video loop de casi dos minutos, presentaba una animación digital de un diseño geométrico abstracto compuesto de rectángulos azules, amarillos y verde lima. Había una referencia visual a la herencia artística nacional de Fernández (que es venezolana) puesto que las formas de los videos nos recordaban claramente la historia de la abstracción geométrica y cinética de Venezuela, y al modernismo europeo, ya que las coloridas formas también nos hacían pensar en los sobrios lienzos de Piet Mondrian y el movimiento De Stijl de principios del siglo XX. Pero como ocurría con la instalación de Bobonis, había intervención en las referencias al pasado (utópico) del modernismo, aunque esta vez esa intervención se transmitía por medio del humor y un pícaro guiño al espectador. Mientras uno observaba, las formas animadas cambiaban ligeramente entre un instante y otro y también se escuchaba la pista de sonido del video, que consistía en un loro que graznaba. Era un momento gracioso: el darse cuenta de que un ave enjaulada nos estaba llamando, y no sólo un ave sino un loro, cuya característica más importante es la habilidad de repetir los sonidos que se le enseñan, hacer una pausa y luego repetir de nuevo. (¿All systems go.¿ Pausa. ¿All systems go.¿ O, algo más conocido, ¿Polly want a cracker?¿ Pausa. ¿Polly want a cracker?¿). Era una repetición sin entender, una repetición del idioma separada de la legibilidad de la lengua, ilimitada y suelta. Unlimited funcionaba como un reflexivo comentario sobre la compleja e inestable relación entre espacios históricos, recordados y vividos. También era un mensaje que resonaba con ESCaperucita and Little Red Flying Hood (2008),...
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