Obituario23 de junio de 2016

Rómulo Macciò

¿Hay que ponerle palabras a la pintura? Definitivamente, no. En el espíritu de Rómulo Macciò (Buenos Aires, 1931-2016) la pintura es un oficio mudo. La obra habla por sí misma. No requiere explicación, no se dice, se muestra, concluía. Pero sí se pueden poner palabras a su trayectoria artística, que tuvo una consagración activa y comprometida. Constituyó nuevas articulaciones en un sensible y profundo diálogo con la pintura de su tiempo y del pasado. Podría decirse que es uno de los nombres claves del arte hispanoamericano. Pintor autodidacta, desde los 14 años trabajó en publicidad y diseño gráfico. En 1956, a los 25 años, realizó su primera exposición individual, en la galería Galatea. Un año más tarde integró el grupo de los Siete Pintores Abstractos junto a Osvaldo Borda, Ví¬ctor Chab, Josefina Robirosa, Martha Peluffo, Kazuya Sakai y Clorindo Testa. Se proponían una abstracción espontánea y "cálida" en oposición a la abstracción geométrica, considerada "fría". Luego, en 1958, formó parte del Grupo Boa, integrado por Clorindo Testa y Rogelio Polesello, que defendía los postulados bretonianos, el "automatismo gestual". Pero el germen de su éxito definitivo sobrevino cuando, en 1961, se unió a Luis Felipe Noé, Jorge de la Vega y Ernesto Deira para organizar la muestra "Otra figuración", con quienes, hasta 1965, realizó varias exposiciones. El propósito de estos artistas no era la creación de una tendencia sino que, como bien lo explicó Macciò, "se trataba de una revuelta de juventud contra la pintura rosa bombón. Nosotros estábamos decididamente en contra de todo esteticismo". Fueron un fenómeno de renovación que quebró la antítesis pintura abstracta/pintura figurativa, revalorizando el caos y la figura humana, con el gesto de los contemporáneos informalistas. Macciò se distinguió del grupo por la utilización de un lenguaje más gráfico. Gracias a su experiencia laboral en el diseño, su obra adquirió una claridad y capacidad de síntesis que conllevan un sentido impactante de la imagen, así como el trabajo con espacios enrarecidos, que se interrumpen y anulan. Al trazo visceral, la mancha y la arbitrariedad en el color se sumó la incorporación de la figura humana, pero alejada de los cánones tradicionales. Es una silueta rota, fragmentada, tratada con una gestualidad feroz que recorre las obras como un aullido. Pero lejos de encerrarse en una fórmula, Macciò ha sido un artista que ha sabido renovarse, una voz singular que siempre trabajó con libertad. La de 1960 fue una década clave que ratificó su consagración y selló su presencia global. Participó en exposiciones internacionales, entre las cuales se incluyen las Bienales de París (1961 y 1963), la de São Paulo (1963 y 1985) y la de Venecia (1968 y 1988). Recibió numerosas distinciones como el Premio De Ridder, el Premio Internacional Torcuato Di Tella, el Gran Premio de Honor del LVII Salón Nacional de Bellas Artes Plásticas y la Beca Guggenheim. Sus trabajos integran el patrimonio de prestigiosas instituciones como el Museo Guggenheim de Nueva York, el Museo de Arte Moderno de París y el Reina Sofía de Madrid, entre otros. Trascendió las fronteras locales y se instaló en París, Londres, Nueva York, Madrid y Buenos Aires, ciudades que f...
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