A todo lo largo de su recién remodelada y espaciosa planta alta, el Museo de la Ciudad de México alberga la primera retrospectiva póstuma y, sin duda, la muestra más completa organizada hasta la fecha de la producción de Ricardo Martínez (1918-2009), cuya monumental y sensual estilización de la figura humana le confiere un lugar especial entre los grandes creadores de la pintura mexicana moderna. Dispuesta en orden cronológico, la exposición ofrece una interesante aproximación a la extensa trayectoria de este autor plástico, e incluye más de 110 de sus obras -procedentes de museos, fundaciones y colecciones particulares-, así como una serie de materiales y objetos que enmarcan su biografía artística, entre los cuales resaltan el medio centenar de piezas prehispánicas atesoradas por el propio Martínez. El recorrido expositivo, que manifiesta la incesante búsqueda del pintor dirigida a la construcción de un lenguaje propio, se inicia con trabajos de raigambre surrealista (Cellista, 1942; Memorias de san Jorge, 1943), seguidos de una insólita paisajística poblada de magueyes, rocas, animales y personajes desprovistos de detalles accesorios (Paisaje de Santa Rosa en verde, 1947; Mujeres con bueyes, 1953; Los elotes, 1954). Luego de atravesar una sala donde asoman temáticas y diálogos con la escuela mexicana de pintura (Las ollas, 1953; Juego de niños, 1955), la muestra curada por José Valtierra consigna la etapa en que Martínez comienza a plasmar en telas de creciente formato una figura humana estilizada, impresa de ecos de la plástica prehispánica (Madre e hijo, 1960; Pareja, 1960; Grupo de mujeres, 1964). Se presentan a continuación pinturas emblemáticas del autor, tales como El brujo (1972), Hombre hablando (1975) y Gran Venus (1979), donde colosales masas corporales colman la superficie pictórica, bañadas por una prodigiosa luz iridiscente y el estallido del color. Esta original gramática visual del creador mexicano, signada por un dibujo que abreva en el ámbito de las esencias, se profundiza en las gozosas anatomías monumentales de las décadas finiseculares (Gran desnudo I, 1983; Gran desnudo II, 1984; Figura con fondo azul, 1985; Mujeres con niño, 1996). El itinerario expositivo concluye con los cuadros acometidos por el pintor durante los primeros años del siglo XXI, entre los cuales sobresalen La llorona, 2004, en que el autor plástico retoma el motivo de los perros aulladores, tan recurrente en su iconografía del decenio de los cincuenta de la centuria pasada, y Sin título (Hombre sentado), 2009, que ejecutó tres días antes de su fallecimiento. Así, la retrospectiva intitulada simplemente Ricardo Martínez logra transmitir al espectador la idea de que esta poética personalísima, enraizada en las corrientes estilísticas nacionalistas e independiente a la vez de éstas, hace de la corporeidad un arquetipo, un territorio pleno de energía vital y magia, y un arte abierto al disfrute estético.