El conjunto de obras que conforma la exposición Pedazos de país despliega las propuestas de 12 jóvenes artistas venezolanos quienes a partir de híbridas estrategias de creación ensayan, tal y como lo señala Gerardo Zavarce en su texto introductorio, una visión de los diversos imaginarios simbólicos que articulan las formas visibles, los rasgos de identidad, que permiten imaginar, cohesionar, darle cuerpo y sentido individual y colectivo, a una nación. En este caso Venezuela. Oficina # 1, dirigida por los artistas Suwon Lee y Luis Romero como un espacio abierto a la confrontación de ideas y punto de convergencia de diversos ámbitos de la cultura y prácticas del arte actual, celebró su quinto aniversario con la organización de esta singular muestra colectiva. Si bien no pretende ser histórica, la exhibición se detiene y repiensa desde la perspectiva crítica de una generación escéptica y recelosa de interpretaciones unívocas, los hechos y acontecimientos reales y verídicos ocurridos en una línea de tiempo diacrónica que avanza y retrocede desde las guerras independentistas, afincándose en el período de una modernidad emplazada entre 1935 y 1965, hasta los eventos más recientes de nuestra historiografía. Pedazos de país, alude a una narración inconclusa, reescrita a conveniencia y en la que la desmemoria y el olvido imposibilitan aferrarse a un relato único. Es justamente la exégesis de las imprecisiones lo que ha permitido a estos creadores establecer, a raíz de sus propias paradojas y contrasentidos, el correlato de un país fragmentado, construido a pedazos. Desde las prácticas de la representación, suscriben su propia ficción como expresión simbólica opuesta a la noción totalizadora del proyecto de estado o de la refundación de la República. Como conjunto y no tan solo como obras individuales, la propuesta museográfica se fundamenta a partir de retazos descosidos de nuestro escenario social y político; cada pieza intenta ser un testimonio inscrito en los márgenes de la historia oficial. Los trozos del país nacional se reconstruyen aquí en una narrativa sensible que presenta el estrato menos legible, aquél que yace velado u oculto como estrategia para revelar los argumentos de modernidad y progreso, nacionalismo y revolución. El punto de partida de la exposición arranca tal vez de los tópicos localistas narrados por Miguel Otero Silva, destacado periodista vinculado a la conspiración concebida por la Generación del 28 en su empeño por derrocar la dictadura gomecista. Su novela Oficina No.1 (1961) identifica socialmente el momento histórico de una Venezuela agraria en tránsito hacia su condición de estado petrolero; Casas Muertas, retrata la esencia de la venezolanidad; y, Cuando quiero llorar no lloro expone las condiciones de una sociedad que inicia su escapada a la represión política y la violencia social. Constituyen obras emblemáticas de la literatura venezolana que describen las contradicciones entre el surgimiento de una súbita riqueza que produjo el oro negro y la más deplorable indigencia, unida a las nociones de estratificación social, relación de dependencia y neocolonialismo cultural. Espejos rotos de una sociedad que nos devuelve la imagen de un país dividido. A partir de esta trilogía, Bishenry Rivas interviene y altera la condición de estos clásicos, estableciendo una relación distinta entre el objeto representado y la obra misma. Los libros persisten como soporte físico y conceptual sobre el cual el artista sobrepone capas de pintura al óleo para reproducir nuevamente la representación, asignándole un punto de vista distinto, al promover otra historia de valores y significados. La atracción por la imagen popular y lo que ella representa en la memoria histórica del colectivo es el asunto que mueve a Christian Vinck a retratar un Che Guevara invariablemente heroico en el imaginario revolucionario, ahora en una actitud sombría y extenuada. O, en el caso de Umberto Pepe, a reproducir al óleo una fotogra...