Con gusto podemos decir que la obra del artista catalán Joan Fontcuberta no nos ha sido ajena en el medio latinoamericano. Cada tanto tenemos una publicación, una reseña, una crítica o una exposición que nos deja leer entre líneas su acecho contra lo real, contra la verdad absoluta, contra el estamento como centro. No es en vano que así sea si vemos que Fontcuberta es hijo de la dictadura española y de la Guerra Fría. Eran épocas en que todos los gobiernos y todas las posturas políticas armaban a su antojo la realidad bajo la cual el mundo se debía guiar. Y así, en últimas, ha sido la historia del ser humano: una enmarañada serie de posturas religiosas, políticas y sociales que se han construido para sustituir o para abusar de otras mostrándose cada una de ellas como el orden, como la verdad. Esto viene siendo apenas un abrebocas que nos permite preguntarnos, bajo las imágenes de Fontcuberta, ¿por qué ha sido tan esencial y tan afanoso construir lo real? ¿No es esta pregunta una suerte de incongruencia ontológica? ¿Acaso lo que veo no es suficiente para juzgar qué es cierto y qué es construido? Ha sido determinante ver en esta exposición una afirmación sobre la duda. Y henos aquí con otra paradoja. La duda en este artista se ve desde la construcción política, con la carrera espacial entre la Unión Soviética y EE. UU.; también la vemos desde el interés por descubrir y catalogar especímenes extraños de la naturaleza y que resultan siendo falsas recopilaciones y "levantamientos" taxonómicos de animales engendrados por él mismo; o pasamos por sus milagros, donde se ve claramente que los medios son determinantes hoy en día para decidir sobre qué es en lo que queremos creer. Por ello se nos antoja que esta exposición sea una permanente inquietud sobre el mundo en el que vivimos y la forma como lo habitamos. En Fontcuberta vemos que el engaño ha sido necesario durante tantos siglos, que seguramente ya no sepamos cuál es la realidad. Es posible que la realidad sea tan terriblemente insoportable que tengamos que recurrir a construir otras formas de ver y de habitar el mundo. Esta exposición de Joan Fontcuberta nos acerca a las verdades por medio de las ficciones, se burla de lo que vemos y de cómo procesamos lo que tenemos en frente, y se mofa de la verdad que hay detrás de la fotografía y de las normas sistemáticas que hemos diseñado para que no se escape el error. Se entra a esta exposición con una que otra certeza y se sale de ella con mil preguntas que rondarán por la cabeza durante algún tiempo; ese es el milagro de Fontcuberta.

