Morriña –es decir: tristeza– provocó en sus exalumnos y conocidos la noticia que el profe Oscar Morriña había fallecido el pasado 27 de diciembre. Desde hacía algún tiempo, estaba delicado de salud. Por eso, el 22 de diciembre no pudo asistir al brindis con que el Dpto. de Historia del Arte de la Universidad de La Habana celebró el Día del Educador y concluyó las actividades por el aniversario 80 de su fundación. Tampoco pudo acudir, el año anterior, a la inauguración de una muestra con la cual el Museo Nacional de Bellas Artes, en La Habana, quiso reconocer su larga y fructífera misión educativa en la apreciación de las artes visuales. Una oportunidad donde se exhibieron libros suyos publicados (Ver y comprender las artes plásticas, Las líneas hablan y juegan…) así como dibujos de su autoría que pocas personas conocían. Su nombre, más bien lo relacionaban con el ejercicio y la apreciación del diseño gráfico y con la asignatura Fundamentos de la Forma, que durante varias décadas impartió en primer año de la licenciatura en Historia del Arte. Allí familiarizó a muchos neófitos adolescentes con obras del patrimonio artístico nacional y universal; con los principios y leyes de su construcción formal; con las sugerencias del ritmo, del color, de la proporción, de la simetría… Basándose en la teoría de la Gestalt, los preparó para asignaturas más contenidistas. Morriña fue, para muchos, la personalidad más amable y querida del Dpto. Quizá porque, durante un tiempo fue profesor y alumno al mismo tiempo, logró mantener la empatía suficiente para ayudar a romper el miedo al profesorado universitario sin perderle el respeto. Por eso, diversas promociones de alumnos que ponían apodos terribles o burlones a otros docentes, lo llamaban, cariñosamente, "el Morri". Fue el guía de mi grupo en primer año de la carrera (l983-1984). Fue mi oficial de guardia estudiantil. Fue compañero en un jurado de la Bienal de Cerámica Amelia Peláez, organizada por el Museo Nacional de la Cerámica Artística Cubana Contemporánea. Y siempre mantuvo el trato cordial, la opinión en tono de sugerencia, la mirada azul tras los cristales y la sonrisa esbozada aun cuando ya era Profesor de Mérito de la Universidad de La Habana. "Morri" estaba entrado en años cuando lo conocí, de modo que nunca se hizo viejo. Su lección de ver lo estético-artístico en el entorno vital y no solamente en salas de exposiciones o en libros de arte, ha sido tan pregnante como ese análisis morfológico de la obra de arte que no solo enseñó a ver y comprender sino también a disfrutar.