Desde niña prodigio a los 15 años, Marysole Wörner Baz se caracterizó en su persona y en su obra como libre, caritativa, rebelde, autodidacta, sensible, luchadora, experimentadora, expresionista, melancólica, generosa, humorista, comunitaria y justiciera. Reveló en sus obras los hondos pozos de la vida y la capacidad de sobreponerse a ellos. Al inicio fue el dibujo, la textura del papel, el carboncillo, la tinta y el lápiz. Cuando se negó a estudiar, su padre sólo autorizó que se dedicara a las artes mientras que se hiciera cargo de la cocina de la familia. Una familia en la cual el dibujo y la pintura ya estaban muy adentrados con sus tíos Emilio y Ben-Hur Baz Viaud, y su hermano Juan Wörner Baz, arquitecto. El material líquido fluyó en sus pinturas tempranas -simil del alcohol que la desvió temporalmente. Recuperarse definitivamente fue abrir el campo a la luz, a los colores, a la vida, con lo que comienzan los empastes que dan lugar a las experiencias paralelas en escultura y en estampa. Paisajes azul-verde mar, cactáceas y lluvia se intercalan en las manos de esta creadora. Los personajes habitan sus cuadros y sus espacios, o crean infinidad de sillas vacías. Lo tridimensional se expande en cantera y en marmol, en bronce y en alambrón. Paulatinamente, la escultura motiva a la artista a una síntesis en todas las técnicas que abarca. Con los clavos de ferrocarril y con la lámina de metal Marysole Wörner Baz creará dos períodos singulares de la escultura contemporánea Mexicana y aportando a los lenguajes internacionales. Dar en el clavo, en el Museo de Palacio de Bellas Artes fue llevar al espacio tridimensional el dibujo que había sellado su camino desde la adolescencia. Niños en bicicleta, trabajadores, acróbatas, crucifixiones, en negros clavos soldados y patinados. El fuego para soldar también era su camino para hacer performance. Monumentales sillas de alambrón preparadas con carga para incendiarlas y Marysole, diminuta domadora de formas, sabiendo siempre controlar la llama. También en alambrón sus niños, habitando en el patio de su casa en Cicerón. Las invenciones geométricas concretaron una de sus mayores aspiraciones: Quiero hacer que mi obra se mueva y aunque esté en un museo, que la gente la pueda tocar y disfrutar. Así surge "Todo se mueve", expuesta inicialmente en el Museo del Chopo. Dos retos la enfrentan en su primer contacto con la madera en tamaño monumental y en pequeño formato. La invita quien subscribe previendo que la madera iba a ser una de sus grandes compañeras. Llega sin armas al Encuentro Internacional de Escultura en Madera en Toluca, sólo tiene su masa y unas gubias. En cuanto ve a sus compañeros artistas manejar la maquinaria para gran formato, Marysole sale a comprar su sierra eléctrica y de ahí en más, la nombra su compañera inseparable de la madurez. De la misma manera, la invitación a una exposición para deficientes visuales la lanza a realizar libros, rollos y paquetes de periódicos en maderas muy diversas "Yo quiero que todos puedan tocar y sentir estas formas…!" Cada año, la celebración Mexicana de Día de Muertos la devuelve a las tradiciones populares en magníficos personajes fijos y móviles, en papier maché, cartón, estructura de alambre y pintura industrial. Marysole Wörner Baz siempre dedicaba tiempo a preparar personajes insólitos para esta celebración. Así formuló su instalación en las galerías...