La exposición intitulada "Manuel Rodríguez Lozano. Pensamiento y pintura, 1922-1958" rinde homenaje, en el 40 aniversario del deceso del artista, a uno de los exponentes más destacados de la plástica mexicana del siglo XX. Instalado en las salas de exposiciones temporales del Museo Nacional de Arte, un vasto y representativo conjunto de obras, provenientes tanto de acervos institucionales como de colecciones privadas, da cuenta del desarrollo de la producción del llamado "pintor de la desolación", quien, habiendo partido de un lenguaje fuertemente influido por las vanguardias europeas, recorre una ruta alterna a la pregonada por el muralismo, para desembocar en una propuesta personal y distintiva, donde la estética de lo nacional adquiere un valor y una significación universales. Integrada por un total de 125 cuadros, la muestra documenta asimismo el contexto vital y cultural de Rodríguez Lozano (1894-1971), e incluye reflexiones tomadas de su libro autobiográfico Pensamiento y pintura (1960), al igual que algunos trabajos originales de quienes fueron discípulos suyos: Abraham Ángel, Julio Castellanos, Francisco Zúñiga, Ignacio Nieves Beltrán (Nefero), Ángel Torres Jaramillo (Tebo) y Antonio Reynoso. Bajo el concepto curatorial de Arturo López Rodríguez, el discurso expositivo está organizado de acuerdo con cuatro núcleos temáticos. El primero de ellos, "La mirada colosal", reúne varias pinturas protagonizadas por figuras humanas monumentales, con una volumetría de voluntad escultórica (La diosa del mar, 1935) y signadas en ocasiones por la ambigüedad sexual (Il verdaccio, 1935). En torno de "Un fauvismo mexicanista" se presentan cuadros tempranos en clave de intenso cromatismo y planos frontales (Paisaje tropical, 1922), así como las estilizadas fisonomías de intelectuales de la época (Retrato de Salvador Novo, 1924). A continuación, "Un país luminoso" agrupa obras caracterizadas por la plasmación de tópicos vinculados con la identidad mexicana (Dos muchachas en azul y rojo, 1930). En ese espacio museográfico sobresale la célebre e inquietante serie de telas en pequeño formato, donde Rodríguez Lozano explora el motivo de la muerte, tan recurrente en el ánimo y la cultura nacionales (Santa Ana muerta con cuatro figuras, 1933). Por último, el eje temático de "El silencio y la tragedia" alberga los vigorosos trabajos correspondientes a la denominada "época blanca" del artista. Ahí comparecen dos de sus obras emblemáticas, La piedad en el desierto (1942), fresco realizado en la Penitenciaría de Lecumberri, y El holocausto (1944), las cuales presiden una amplia selección de lienzos que, realizados con una paleta fría y economía de formas, trazan los imaginarios de mujeres enrebozadas e inmersas en territorios desiertos y de atmósfera metafísica (El rapto, 1947). Tales pinturas bordan fino en las teclas de la soledad, la pérdida, el duelo, la tristeza, la nostalgia y el dolor, esto es, el expresivo vocabulario plástico de Rodríguez Lozano: anclado en su tiempo y sus circunstancias y, a la vez, intemporal y abismado en el drama de la condición humana.