Manuel Álvarez ha sido una figura clave en el arte argentino del siglo XX. Orientado hacia la abstracción constructiva desde su primera época, presentó su obra en salones nacionales y municipales de los años 40.
Fue becado por el gobierno de Francia donde permaneció en 1954-55.
Se destacó en los salones anuales de la Asociación Arte Nuevo de la década del 50, que eran el punto de convocatoria de los artistas no-figurativos, en el sentido amplio de esta calificación. Convocaban a disciplinas como pintura y escultura y también arquitectura y fotografía. Encontramos allí, junto a Manuel Álvarez en pintura, que fue la disciplina a la que dedicó su vida, a artistas como Arden Quin, Melé, Vardánega, Villalba que ya habían integrado las heroicas vanguardias concretas argentinas de la década del 40, y también junto a Tomasello, Bonevardi, Jonquieres, que no tardarían en adquirir renombre internacional. Formó parte con ellos de la comisión de redacción del Boletín de Arte Nuevo, revista que dio una nota de alto interés en la Argentina acerca de los debates del arte de la época, por la calidad de sus artículos.
Estuvo presente como representante argentino en la Bienal de Venecia de 1956 y la Bienal de San Pablo de 1958.
Supo crear en su obra, un ámbito de intensidad casi sagrada donde el color ilumina la forma de la misma manera que lo sensible ilumina lo racional en un equilibrio frágil y único. Fue éste así, un espacio de convergencia de geometría y mística, utilizando en Número de Oro en su búsqueda de la esencial donde lo contingente quedaba excluido.
La preocupación humanística acompañó siempre a Manuel Álvarez. La serie de Las ciudades explicitaba el conflicto del habitante urbano; las series de 1968-70 con una escueta silueta humana ponían en los nombres su inquietud: El que duda, El que quiere saber. Su búsqueda ética culminó con el acceso a la contemplación solicitado por su figura como símbolo místico.
En la pintura de Manuel Álvarez el hombre es agonista en un dinámico mundo de formas donde la perfección del cálculo, el color elaborado en una zona sin extremos de luz y sombra, el despojamiento supremo, la intensidad secreta, orientan su marcha, sin evasiones posibles, hacia un espacio de reflexión donde el Silencio y lo Poético nos acompañan como vigías.
Manuel Álvarez dio un acento propio y diferente, intenso e inteligente al ámbito de la pintura no figurativa en la Argentina.
