El 29 de octubre de 2015 falleció en Caracas Luisa Richter, y no dudamos al decir que una de las más importantes maestras del arte venezolano se marcha, dejando sin embargo una compleja obra y una honda huella en sus estudiantes, en sus amigos, en aquellos quienes han dialogado con su trabajo. ¿En qué consistiría esa honda huella, ese incalculable aporte, cabría preguntarse? Más allá de las innumerables exposiciones en las que participó y de los muchos reconocimientos que recibió desde 1958, cuando inició su actividad expositiva en Venezuela –apenas tres años después de su llegada al país desde su Alemania natal–, Luisa estuvo ahí, presente en su obra, siempre. Trascendiendo modas, estilos y corrientes, su presencia, su presente, insufló esa obra en un respirar conjunto de arte y vida. Un estar que era un pertenecer al momento, al tiempo, de modo personal, absoluto, ineludible, franco, abierto, en diálogo continuo y cara a cara con el compromiso del artista con su trabajo, con el proceso creativo, con la reflexión en torno al arte y al creador, a su devenir. Un estar ahí constante, apasionado, que tiñó por casi veinte años sus intenciones, escritos, pinturas, dibujos, collages, y su labor docente a cargo de las cátedras de Composición, Diseño Analítico y Pintura del Instituto Neumann. La educación, el intercambio con sus estudiantes, fue para ella parte fundamental de su aporte a una sociedad, la venezolana, de la que se nutrió y que nutrió su obra. Lúcida: de luz, brillo, resplandor. De cuerpo que brilla con la luz reflejada, de la claridad de sus cuestionamientos en torno al arte, recogidos en entrevistas y escritos, ajenos y propios. Pero también de la claridad y luminosidad de la atmósfera que construía espacios en sus pinturas; la pintura, ese quehacer, esa necesidad con la que se sintió acompañada a lo largo de su vida y que se develó ante ella a muy temprana edad, cuando era apenas una niña. La libertad de los trazos, la felicidad de la materia, que bajo la guía de sus maestros, y de modo particular y definitivo de Willi Baumeister en la Escuela Estatal Superior de Arte en Stuttgart, le revelarían la posibilidad de la abstracción, y que a su llegada a Venezuela se dejaría seducir por la luminosidad cálida de la naturaleza, incorporada ahora a sus cuadros. Escribió en uno de los textos –en los que intervenía viejos planos de ingeniería de su esposo, Hans Joachim Richter–: "Las visibilidades no son imágenes de objetos, tampoco son formas que con el roce entre la luz y las cosas se anuncian, sino condición de lo luminoso, producido por la luz misma y que dejan permanecer los componentes o substancias. Resplandor. Reflejo. Vislumbre". En alguna ocasión hace un par de años, conversando con ella en preparación para una muestra, se me reveló –por acción de la luz que entraba bañando las paredes de su casa en Caracas– una pintura que, aun habiendo estado siempre frente a mí durante las diversas visitas que le había realizado, había pasado desapercibida. Al preguntarle extrañada por eso que ante mis ojos resultaba sin más una aparición, Luisa sonrió complacida: así se develaba la imagen en sus pinturas, luz misma insuflada a través de los contrastes de fríos y cálidos, de estructuras horizontales y verticales que en presencia del sol, fondo para sus obras, se aparecían como "una escala de blancos deslumbrantes...