Exposición4 de diciembre de 2009

La estética del artificio

La obra de Florencio Gelabert incluye un sutil comentario sobre la obsesión contemporánea con la apropiación y con la auténtica deformación del paisaje natural y los desafíos ecológicos que varias generaciones de sociedad industrializada han provocado en nuestro medio ambiente. Empezando con la estética del simbolismo del siglo XIX, Charles Baudelaire, un agudo crítico de arte que fue, además, el principal exponente del movimiento en el campo de la literatura, ya había comentado en su crítica la extraña belleza que los desechos industriales habían creado de manera accidental. Ya sea exaltando los mágicos reflejos sobre la superficie aceitosa de una calle o los extraños colores del humo de las fábricas, iniciamos un largo camino de apreciación artística dentro del contexto de una naturaleza creada por el hombre, una realidad diferente a la que tradicionalmente describen las pinturas de los grandes maestros. El interés actual por los retos ambientales no ha pasado desapercibido para los artistas contemporáneos que son conscientes de su peligrosa belleza. En la obra de Gelabert, toda una nueva flora está prosperando en insólitos lugares: viejos artefactos, materiales de construcción desechados, vigas de madera. En una de las obras, Mandala, la tierra que da origen al crecimiento de las plantas está, a todas luces, alterada: literalmente, brilla con coloridos reflejos, un indicio de sus capas de polución a lo largo del tiempo. Estas nuevas plantas se adhieren con firmeza a la brillante superficie de lagos contaminados, y aunque parecen especies conocidas, el color plasticizado delata un interesante conjunto de mutaciones que se ajustan a una nueva era de progreso genético. La difícil situación de la naturaleza no puede describirse mejor de lo que vemos en los artificios atrapados que crecen en la escultura de Florencio: limitadas plantas que brotan en estructuras de edificios abandonados, un nicho de mármol, una tubería en desuso. Estos tercos retoños se han adaptado al nuevo ambiente y su atractivo es impactante; están transformando su ambiente posmoderno con su llegada imprevista y su inesperada presencia. Para sus obras sobre papel, el artista escogió un material fuerte que semeja la solidez del pergamino. De la límpida blancura de la página sobresalen, ahora más pequeñas, las escultóricas ramas y flores que predominan en las esculturas más grandes; parecen flotar en el espacio, como una nueva especie de rizoides que pueden sobrevivir de los elementos de la atmósfera y ya no necesitan el soporte de la tierra fértil para brotar. En otras obras, los materiales utilizados representan un cráter o paisajes fantásticos, apenas bosquejados, como si el artista estuviera haciendo rápidos bocetos sobre una exposición privada de desarrollos futuros en nuestro planeta. Esto no sugiere que los dibujos sean detallados o alucinógenos; por el contrario, en una forma muy prosaica, la naturaleza representada parece un desarrollo totalmente esperado, y esa puede ser la razón por la cual no parecen del todo desconocidos. Son construcciones en miniatura de las cuales han brotado las obras más grandes, y pueden percibirse como las semillas para éstas, pero, cualquiera sea el caso, sobresalen por sí mismas como obras importantes y muy atractivas que de ninguna manera se pueden considerar secundarias debido a su tamaño.
La estética del artificio
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