León Ferrari (Argentina, 1920-2013) fue como un corredor de larga distancia. Persistente, atravesó un largo desierto hasta que a los 86 años fue premiado con el León de Oro de la Bienal de Venecia 2007. No se apartó de su camino. Generoso y honesto, jamás manipuló su tragedia personal; nunca usó la historia de su hijo desaparecido. Tras su muerte, MoMA de Nueva York exhibió en noviembre 2013 dos grandes "escrituras" a modo de sentido homenaje. Aun cuando comenzó a trabajar a mediados de los años 50 en Roma, y realizó un trabajo relevante en Buenos Aires durante los 60, entonces y durante mucho tiempo su obra sólo fue conocida por algunos colegas, escritores y contados críticos. Comenzó a crecer sostenidamente en la consideración de muchos a partir de su inclusión a partir de 2000 en muestras en Centro de Arte Reina Sofía, Universidad de Essex, MFA de Houston. La polvareda que suscitó el intento de censura a su retrospectiva en Centro Cultural Recoleta (2004) le trajo inesperado reconocimiento popular. Pero en Brasil, donde vivió exiliado en San Pablo hasta 1991, fue tempranamente apreciado. Ahora, y hasta el 9 de agosto 2015, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires exhibe La donación León Ferrari que celebra y examina varias facetas de su provocadora trayectoria En el marco de un proyecto mayor, el Museo inicia una serie de publicaciones facsimilares de libros concebidos y diseñados por Ferrari; comenzará a trabajar en el primer catálogo razonado de dibujos del artista. En 2008 se creó Fundación Augusto y León Ferrari. Arte y Acervo que preserva obra y archivo del artista y de su padre, el arquitecto, pintor y fotógrafo Augusto César Ferrari. La exposición destaca el regalo de la familia Ferrari, que incluye de 72 obras sobre papel de entre 1964 y 2009: dibujos con lápiz, tintas, pasteles, acuarelas y acrílico, collages y reproducciones intervenidas con pinturas y escrituras en braille, y más. El artista descubre la poesía, se sumerge en arcanos y metáforas, investiga espacio y forma, traza ciudades imposibles, inventa instrumentos musicales, impugna a las instituciones que tratan de monopolizar "la verdad revelada". La muestra se completa con un conjunto de pinturas y esculturas que la familia Ferrari entregó en comodato al Museo por cinco años para su cuidado y estudio. Asimismo, se sumaron obras del patrimonio del Museo, como una de sus más emblemáticas esculturas de alambre adquiridas en 1963. En 1959 inició el trabajo con metales, que como enjambre o lluvia mágica de líneas, ahondan el enigma ya que, confesadamente, estas "no tienen ninguna intención ética". Las piezas de esta exhibición sintetizan las dos vertientes con las que trabajó el autor: una preponderantemente estética y otra que tiene principalmente una dimensión ética comprometida con su tiempo y de alto valor simbólico, porque, como decía el artista, "con todo se puede hacer arte, inclusive con la política". Sus "dibujos escritos" remedan la escritura tradicional sobre papeles, periódicos, dibujos eróticos, pinturas religiosas de los maestros, imágenes icónicas del siglo XX, al igual que sus collages e intervenciones con braille en recortes de diario, trabajan sobre la decadencia y el doble discurso. No parece existir la casualidad en las imágenes que Ferrari eligió intervenir ni en las palabras que arriesgó inscribir. Las letras insinúan y se fugan; los signos danzan y, por...