Elena Oliveras profesora de la Universidad del Noreste, doctora en Estética por la Universidad de París, varias veces premiada, acaba de presentar en la Academia Nacional de Bellas Artes –de la cual ella es miembro de número– su último libro, La cuestión del arte en el siglo XXI. Nuevas perspectivas teóricas, que añade otro ítem de gran interés a sus anteriores publicaciones sobre la problemática de la estética contemporánea.
El libro está organizado en siete capítulos, dedicado cada uno a un intelectual que, según Elena Oliveras, tiene fuerte presencia en el debate del arte actual. Según manifiesta en la Introducción, son autores que apuntan a comprender el modo en que “el arte hoy muestra la estructura inestable de un mundo ambiguo y hasta contradictorio que pone en juego nuestra supervivencia y defensa elementales”.
Pertenecen a distintas generaciones, de manera que si Rancière y Jean-Luc Nancy –ambos nacidos en 1940– ya han sido ampliamente reconocidos a finales del siglo XX, otros como los teóricos holandeses Vermeulen y Van den Akker recién empiezan a serlo en los últimos años.
Cada autor da origen a análisis y reflexiones de su obra, que a su vez se vinculan en distintos aspectos de la reflexión del arte contemporáneo.
Es justamente ese concepto de apertura hacia el lector el que otorga al libro una enorme fuerza comunicativa. Elena Oliveras no se detiene en la explicitación teórica propiamente dicha de los autores; va más allá, enlazando su pensamiento con ejemplos de artistas de las últimas generaciones: Ai Weiwei, Damian Hirst, Olafur Eliasson, Marta Minujin, Marcel Broodthaers, o grandes figuras del cine, la literatura o la filosofía como Goddard, Deleuze, Benjamin, Gehlen, Bataille, Žižek, Foster, Jameson, nuestro Borges, entre otros. Para contactar –al sesgo– con las posibilidades de cada receptor.
Así, este puede establecer un derrotero entre la idea de metamodernismo, que proponen los holandeses, que aparece como posirónico, subjetivo y político, como superación del posmodernismo y el concepto de altermodernidad, que Bourriaud ubica en el contexto del caos cultural producido por la globalización y la mercantilización del mundo.
Groys, a su vez, analiza las diferencias entre modernismo y posmodernismo y señala rasgos que definen el presente, el relativismo del punto de vista, el proceso infinito de posproducción. En esta línea del arte en flujo, Bourriaud nos habla de la hibridación de las temporalidades, la errancia, la fluidez de cuerpos y signos, el pensamiento nómade, las identificaciones múltiples y cambiantes. Para Nancy, cada objeto es un fragmento de ese sentido que está siempre haciéndose. El fragmento es para él ideal para expresar la incapacidad de totalización en el momento actual, y obliga al público a hacer conexiones, que, según el wink o gesto del artista, son infinitas.
Al respecto, escribe que el arte puede sensibilizar al espectador respecto a las fallas del mundo existente; activar el pensamiento y luchar contra la pasividad del mundo del confort.
Entre otras conexiones que el lector puede establecer, está el énfasis puesto por Onfray en el cuerpo, el afecto, la sensorialidad. Afirma que el cuerpo nos enlaza con el mundo y propicia un hedonismo del ser, no del tener. Rancière, a su vez, nos habla de permitir nuevas posibilidades de vida y suspender las relaciones habituales o comunes entre apariencia y realidad.
Otra relación que puede establecer el lector es la “ex forma” de Bourriaud en las fronteras de lo excluido y lo admitido, entre producto y residuo, con la llegada de lo escatológico y lo prosaico de la que habla Agamben. Lo subvaluado se vuelve museable. Nancy subraya la necesidad del pensamiento abierto al inmenso campo de lo extraartístico.
Rancière referencia necesariamente a arte y política, y ese punto se puede detectar de distintas maneras en los otros autores.
Así, estas articulaciones que establece el lector pueden multiplicarse indefinidamente.
Si bien en todo momento Elena Oliveras tiende a sortear barreras y facilitar el acceso a los teóricos que presenta, tampoco tiene una actitud que pudiéramos llamar –docente– de explicación de textos. Al contrario, busca suscitar en el lector las preguntas que enfrentaron los filósofos, para que construya su propia posibilidad de respuesta.
Tras la lectura queda la fuerte impresión –que Sloterdijk denominó autopoiesis– que, al navegar libremente sin ningún eje que condicione la lectura, fuimos enriqueciendo nuestra reflexión y nuestra capacidad de búsqueda de sentido, que, según palabras de Nancy, está siempre haciéndose.
Al final se añade una breve antología de textos seleccionados, una información sobre las fuentes bibliográficas y una valiosa biografía referencial.