El artista Juan Carlos Romero (Argentina, 1931-2017) murió el 22 de abril en Buenos Aires, un mes antes de la inauguración de su muestra, sobre la que estuvo trabajando en el último año y medio de su vida; tenía 86 años. "Juan Carlos Romero. La desaparición" se inauguró el 27 de mayo en Parque de la Memoria-Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado. Así, se constituyó en un doble homenaje a uno de los artistas con mayor y clara conciencia política que, desde su trabajo, supo enfrentar todas las formas de poder –político, religioso, económico–, incluso el que ejercen las instituciones del arte en relación con la circulación y recepción de las obras. Gráfica, poesía visual, fotografía, arte correo, libros de artista, instalaciones, forman parte de una extensa trayectoria –también como performer–, al trabajar con grabado experimental, con obra efímera y en espacios alternativos, que incluyó la docencia universitaria y la militancia sindical. Con el arte conceptual como instrumento de resistencia y la palabra impresa como paleta, solía eliminar el objeto artístico situándolo en el mundo abstracto de las ideas. Su formación como técnico de telefonía le despertó un profundo interés en distintas formas de comunicación; integró el Grupo de los Trece (surgido del CAYC, que dirigía Jorge Glusberg), el equipo de la revista de poesía visual Diagonal Cero, fundada por Eduardo Vigo en La Plata; y el Grupo Escombros. Con perfil bajo y lejos de lo espectacular, el artista trabajó con datos tangibles que informaron su lucha contra el olvido. Invitado a la Bienal de Artes Gráficas de Liubliana, Romero llevó una instalación compuesta básicamente por diarios. El artista eligió, seleccionó, imprimó, fotocopió. Sacó las palabras del ámbito de los medios masivos y ensayó una nueva comunicación. Llevó ejemplares de todo un mes de un periódico; con la hoja de cada día que decidía arrancar y una nueva palabra –rehenes, arrasó, menos, aguantar– que escogía resaltar editó nuevas crónicas. Distribuyó los elementos de su particular edición de las noticias cotidianas por el piso y las paredes. En este contexto renovado otorgó a las palabras, a los letreros, una renovada significación y una vigencia que el diario de ayer había perdido. Su instalación planteó interrogantes acerca de las maneras de leer y sobre la noción de materialidad y propiedad intelectual. Tan simple y profunda es su obra, que demanda reflexión, interpretación. Alcanzó a estar presente en el Museo Reina Sofía de Madrid (2012) y el Museo Nacional de Bellas Artes durante la presentación el año pasado de la reedición de su célebre instalación Violencia –tapizó de piso a techo la sala con un repetido cartel en grandes caracteres que decía Violencia; recortes de prensa, fragmentos de textos de otros autores, algunas fotos–, montada inicialmente en el año violento de 1973, en el CAYC. Obra sin fin, es la mirada del espectador (de 2017) la que determinará su sentido siempre ambiguo, pero memorioso. A los pocos días de su muerte, hubo pegatina de afiches de Romero en dos cuadras de la calle México, donde vivió. Fue, seguramente, un enamorado recuerdo de su compañera María Esther Galera honrando al artista y al popular soporte –afiches tipográficos de bajo costo y alto v...