Una vez Jesús Moroles recordó la primera vez que se enfrentó al granito: "Sostenía el mazo con ambas manos, tenía puestos los tapones de oído, las gafas protectoras, una máscara para el polvo, una bufanda alrededor del cuello y un casco. Me cubrí de polvo. No podía ver, ni oír nada. (...) Cuando paré me di cuenta que había como treinta personas alrededor mío mirando lo que hacía. La piedra se apoderó de mí. Era tan dura que apenas mostraba lo que le había hecho. ¡Ni la había rasguñado! Me controló. Me enamoré de ella". A los treinta años de edad Moroles hizo un peregrinaje a Pietrasanta, Italia. Mientras subía unos gastados peldaños de mármol por las legendarias canteras de Carrara, comprendió que quería hacer obras que pudieran colocarse en el mundo donde la gente las pudiese tocar e interactuar con ellas. Decidió que su escultura no sería del mármol con el que Miguel Ángel esculpió el Moisés, sino del granito de las grandes pirámides egipcias y las paredes de Tenochtitlan. Hablaba del mármol con cierto desdén, "Es tan suave que se lo puede cortar con una lima de uñas". En cambio, el granito era para Moroles el elemento fundamental, "la piedra viviente", "el núcleo del universo". Por eso trabajaba casi exclusivamente en granito, un material cuya dureza e impredictibilidad espanta a muchos escultores. Moroles era un chamán de las piedras. Creía que su misión era liberar el alma de cada piedra dejando intacto su corazón. "Necesito escuchar cada piedra mientras la trabajo. Cada pieza resuena de manera diferente, por eso pongo atención a lo que la piedra quiere que haga con ella". Estas afirmaciones parecerían un tanto incongruentes dado que la estereotomía de Moroles—es decir, su arte de cortar la piedra—es un oficio de precisión técnica y matemática que usa una sofisticada maquinaria con sierras de diamante y exactitud milimétrica. No obstante, aún sus esculturas más geométricas y rectilíneas manifiestan su forma con la naturalidad de un cristal de cuarzo. Moroles desarrolló tal intimidad con la piedra, que podía predecir su comportamiento e incluso su "voz". En 1993, la crítica del Houston Chronicle, Patricia Johnson, reseñó su exhibición "Partiendo el Granito: El Trueno en la Piedra" en la Galería Davis/McClain, describiendo una velada de escultura, música y danza. El músico David Schrader y un grupo de danza de North Texas State University fueron parte del performance. Moroles labró teclas en esculturas como "Estela Musical Negra" (1999) para que se pudiesen tocar como instrumentos musicales. Golpeando las estelas con piedras, palos y brochas de alambre como si fueran marimbas y el "Molcajete" como tambor, Schrader acompañó una grabación hecha previamente. Esa grabación era la composición "Rompido" (sic) de Larry Austin, ejecutada con el sonido ensordecedor de los martilleos, sierras, moledoras y otras máquinas que se usan para cortar y mover las esculturas de granito. Siguiendo la coreografía de Sandra Combest los bailarines danzaron al compás de la música, trepándose y moviéndose alrededor de esculturas como "Anillo de Paisaje Lunar" (1993) —una gigantesca pieza ovalada de granito de 3,480 libras. A pesar de su enorme masa Anillo de Paisaje Lunar podía rodar como una ligera rueda de bicicleta gruñendo con s...