Obituario18 de marzo de 2005

Harald Szeemann

Harald nos ha dejado. No sé por qué ni adónde la vida decidió abandonarlo, porque estoy segura de que él nunca se habría ido solo. Amaba demasiado la vida, y su aura nos envolvía de una manera mágica. Harald Szeemann, uno de los curadores más célebres del mundo, y una de las personas más generosas que hemos conocido, ha fallecido. El mundo del arte nunca será igual, como tampoco nosotros jamás volvimos a ser los mismos después de haberle conocido. Recuerdo mi visita a Tegna, en el Ticino, a finales de invierno del año 2000: llegué a Zurich un sábado por la mañana y me fui a la Banhof a tomar el tren para Locarno. Finalmente llegué a mi destino, y vi a Harald, como cualquier persona, esperándome en el andén, con su viejo carro parqueado afuera, para conducirme a su estudio a una media hora de la ciudad. Para mis adentros pensaba: ¿esto hubiera sido algún famoso latinoamericano, manda el chofer del museo...¿ pero no, así era él, la historia caminante actuando como un amigo. Hablamos toda la tarde, y salí con la promesa de que vendría a ver lo que estaban haciendo los artistas centroamericanos. Y cumplió con creces su promesa. Harry, como le decían muchos artistas y colegas norteamericanos, siempre fue Harald para nosotros, era demasiado grande, en todo sentido. En noviembre del año 2000 nos visitó. En esa ocasión, pasó tres días viendo catálogos, videos, leyendo, dando charlas y conociendo artistas, en una maratón que, luego me confesó, había sido un overdose una ¿orgía¿ de documentación. Sin embargo, en medio de unos instantes de somnolencia entre un artista y otro, entre un cigarrillo y un café, había visto y retenido todo. Las largas conversaciones alrededor de unos vinos, evidenciaban un registro impresionante, el establecimiento de vínculos entre las obras, el respeto a no mostrar obras si no era en las mejores condiciones, y una pasión desbordante por ver, ver y ver más. El resultado de la visita fue la invitación de Jaime Tischler, Priscilla Monge, Federico Herrero, Luis González Palma, Aníbal López y Regina Galindo al Arsenal, dentro de su proyecto Plataforma de la Humanidad de la Bienal de Venecia de 2001. Tuve el honor de ser parte del jurado internacional ese año, con otros cuatro curadores, y de manera unánime, dos de los premios a artistas jóvenes recayeron en Federico Herrero y Aníbal López. Harald fue especial con todos los participantes, y al finalizar la bienal escribió postales a mano a todos los artistas. Odiaba el correo electrónico y escribía faxes manuscritos, con una caligrafía cerrada, regular y segura. Todo lo respondía, y su mente era como un archivo. Cuando entré a su estudio de Tegna, grande como una fábrica, tuve que reprimir mis emociones al ver un aparte en la biblioteca marcado ¿Costa Rica¿, donde estaban las publicaciones, invitaciones y catálogos que le habíamos enviado. Pareciera premonitorio que Jaime le hubiera regalado una foto titulada miedo a la muerte, en la que algunas luces iluminan otra vida. Szeemann fue un visionario que marcó para siempre una forma de hacer exposiciones, de asumir la responsabilidad conceptual, pero también la de mediación entre el artista y la institución, fue el interlocutor perfecto que supo hacer de la intuición una herramienta. Exposiciones emblemáticas como ¿Cuando las actitudes se convierten en formas¿, y sobre todo su ¿Documenta V¿, de 1972, una de las exposiciones más comentadas de la historia, presentaron una serie de artistas relativamente jóvenes y sobre todo poco conocidos, que ahora forman parte de la historia del arte del siglo XX. En 2004, seguía aún descubriendo y mostrando a los jóvenes. Su vitalidad y su deseo de compartir eran más fuertes que él, y sus relaciones humanas inigualables, siempre fuera de las convenciones - la noche de la inauguración y premiación de la bienal de 2001 se escabulló al final con Ingeborg, su esposa, con su amigo del alma Richard Serra, y con todos los electricistas y montad...
Harald Szeemann
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