Reseña de Libros20 de diciembre de 2024· Por Nelly Perazo

Elena Oliveras. Distopías y microutopías. Prácticas de resistencia en el arte del siglo XXI

Se presentó recientemente en Buenos Aires el libro Distopías y microutopías. Prácticas de resistencia en el arte del siglo XXI de Elena Oliveras, autora que tiene numerosos seguidores que han reconocido el alto interés de sus obras anteriores, como Estéticas de lo extremo, La cuestión del arte en el siglo XXI, La metáfora en el arte, entre otras publicaciones.
Justamente, en TEMAS, la publicación anual de la Academia Nacional de Bellas Artes de Argentina, de la cual Oliveras es Miembro de Número, había enfocado en 2018 el retorno a la utopía en el arte contemporáneo. La colaboración de nuestra autora revelaba, sin lugar a dudas, que su interés y conocimiento del tema excedían los acotados límites de un artículo e implicaba el desarrollo posterior que hoy comentamos.
A Elena Oliveras, doctora en Estética por la Universidad de París, su larga experiencia docente le permite conducir al lector a través de la especificidad estética e ir profundizando al mismo tiempo la incursión por la abrumadora problematicidad del mundo actual. Lo hace, además, con tal habilidad que la atención no decae, sino que se acentúa a medida que el texto avanza. Habilidad para deslizar al lector de un tema a otro, de un autor a otro, incluso para familiarizar con algunos nombres al lector ignaro de ciertos temas.
Precisa, en un principio, el contexto histórico dentro del cual encuadrará su labor y los usos y límites de la terminología de las categorías “utopía” y “distopía”. Oliveras, más adelante, destaca afirmaciones de Nicolás Bourriaud, quien en Estética relacional comenta que la gran utopía social fruto de la esperanza revolucionaria de la modernidad ha dado lugar a “microutopías de lo cotidiano” como una posibilidad más segura para el avance de las transformaciones que requiere el mundo de hoy.
Es un libro de estética pleno de ejemplos de trabajos de artistas de nuestro tiempo que develan aspectos oscuros de la realidad contemporánea. La autora y los artistas presentados se muestran, así, no solo profundamente preocupados por esa razón, sino también con una activa necesidad de poner en evidencia, de desenmascarar, situaciones penosas. Es un libro que incita a través de las manifestaciones artísticas a una toma de conciencia de las atrocidades, los simulacros, la violencia disimulada o no del mundo actual y la necesidad de superarlos. En sus textos, la autora se ha voluntariamente colocado bajo el signo de la intensidad.
Empodera y reconoce la importancia de Nietzsche –algo que no ha sido frecuente en la escuela francesa, salvo a partir de la defensa de Deleuze–; no sólo cita sus textos repetidamente en su reconocimiento del arte, sino también cuando ubica perfectamente que su mensaje de la voluntad de poder no es el de dominar a otro ser humano, sino poder para trabajarse a sí mismo, internamente, para una orientación positiva. También lo tiene en cuenta al subrayar la presencia del cuerpo, al negar sacrificios inútiles y al evitar cualquier salida nihilista o simplemente pesimista.
Uno de los aciertos del libro es la elección de la imagen de portada, titulada Cariátide (final de). Representa una figura femenina que con fervor desbloquea sus piernas del cemento que las rodea. Metáfora indudable de su rechazo al antiguo rol de cariátide, cuya única posibilidad de acción era sustentar con su inmovilidad el peso que había sido colocado sobre su cabeza. La autora de esta obra es Sofía Durrieu, y es uno de los numerosos ejemplos que aparecen en el capítulo “Tiempo de mujeres”. Es de hacer notar cómo allí se complementan el archivo vivo en constante actualización hecho por artistas militantes con el reclamo por distintos aspectos de la sexualidad, y el de aquellas que buscan espacios de amistad y trabajo para gente mayor u otros tipos de marginados por la sociedad.
Sendos capítulos nos llevan a examinar prácticas distópicas en la literatura, el cine y las artes plásticas. Respecto a la primera, la inevitable referencia a Un mundo feliz de Aldous Huxley y 1984 de Orwell, entre otros, es solo material utilizado para desembocar en las falencias actuales: la superabundancia de datos que, al decir de Byung-Chul Han, nos insensibiliza e impide la proyección de afectos y fantasías, la estandarización del lenguaje; la multiplicación del lugar común, la repetición publicitaria, el subrayado de lo fortuito y accidental, en detrimento de la reflexión y el espíritu crítico.
Al detenerse en las numerosas distopías en el cine, son las reflexiones de Baudrillard en Cultura y simulacro, con su “bienvenida al desierto de lo real” –retomado por Žižek con una obra del mismo nombre–, las que nos devuelven a la conciencia de habitar una cultura híbrida entre lo presencial y lo virtual. No falta la alusión a Borges o a Guy Debord y su advertencia acerca de la sociedad del espectáculo, pero sobre todo al peso de las tácitas preguntas que nos planteamos ante la invasión del predominio de lo digital en la actualidad.
Es en la sección referida a las prácticas distópicas en las artes plásticas donde la multiplicación de los distintos aspectos de los temas tratados y los ejemplos de los artistas citados muestran la amplitud de conocimientos sobre el arte de nuestros días que posee la autora, así como también su análisis comprometido. No solo se analizan obras referidas a la topología, a la temporalidad o al carácter político de la violencia, sino también la referida a nuestros cuerpos, por la posibilidad de manipulación genética de la vida. Aparecen los desoladores resultados del desequilibrio ecológico originado por el afán del hombre de dominar la naturaleza sin haber concebido las consecuencias posibles, así como las falencias de la sociedad de consumo que han sido brillantemente señaladas por artistas argentinos de la talla de Líbero Badíi, Alberto Heredia, Enio Iommi, Aldo Paparella y Horacio Coll.
Como en este caso, son muchos los artistas argentinos citados que aclaran o dan un acento distinto a las consideraciones teóricas. Así, queda subrayada la operatividad de artistas de público reconocimiento y los artistas jóvenes que, por un lado, aseguran una visión actualizada y, por otro, tienen oportunidad de hacer conocer su obra.
Así, aparece Teresa Pereda y su conmovedora relación con la tierra; Andrea Juan y su múltiple lucha contra el daño ecológico; Graciela Taquini y su valoración de las posibilidades existenciales de la senectud; Mariela Yeregui, con su instalación robótica interactiva. Están también los trabajos colectivos, como los de los grupos Belleza y Felicidad, Estrella de Oriente o La Intermundial Holobiente, entre tantos otros ejemplos que conocemos a través del libro.
Al referirse al artivismo, la autora nos aclara de entrada la dificultad semántica que involucra, por su posible confusión con arte político o arte crítico. Se refiere detalladamente a la especificidad del neologismo artivismo, sobre todo en auge en el siglo XXI.
Consideramos el concepto de artivismo medular en este libro, por lo cual es pertinente recurrir a sus palabras cuando dice que en su definición se entrecruzan, entre otros parámetros, “la intencionalidad del artista que aspira a producir un cambio del orden político, social y cultural, con carácter de urgente, una acción de concientización y la resignificación del ideal de disolución del arte en la vida”. Se da por descontado la indispensable presencia activa del receptor del arte.
El artivismo puede o no tener resultados palpables en forma inmediata. Depende de las acciones realizadas que pueden concretarse en un hecho o pueden ser difundidas a través del tiempo. Sin duda el artivismo merece atención especial porque es un vivo testimonio del encendido reclamo a una acción superadora urgente de todos los desequilibrios actuales.
Los problemas que plantea el concepto ampliado de arte están presentes desde hace ya mucho tiempo. Dicho concepto enfrenta ahora los interrogantes que plantean tanto la IA como la robótica.
Esta problemática se ha manifestado también a través de las prácticas microutópicas de resistencia. La documenta de Kassel de 2011, con su curador Okwui Enwezor, que propuso la presencia de todas las etnias del mundo entero, fue un antecedente que encontró fuerte eco en la Kassel 2022, y que, en la 60° Bienal de Venecia, con su nombre Stranieri Ovunque, y su curador Adriano Pedrosa, marcó un nuevo hito en cuanto a la superación de la marginalidad.
Todos temas que la autora incluye en este libro tan abarcativo como interesante para contextualizar prácticas artísticas de resistencia que afirman la posibilidad de la esperanza de un mundo mejor y más feliz, aun dentro de la complejidad e incertidumbre de la actualidad.
Sin duda, hacen falta condiciones históricas para que las nuevas ideas puedan ser consideradas. Justamente para ayudar al lector en su recorrido, este libro cuenta con una bibliografía tan actualizada como orientadora, una lista de imágenes y un índice de nombres.
Elena Oliveras. Distopías y microutopías. Prácticas de resistencia en el arte del siglo XXI
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