A lo largo de este libro, Natalia Gutiérrez analiza la manera como un grupo de artistas colombianos, proveniente de al menos tres generaciones, confronta las fantasías de idealización de Bogotá que pudieron haber construido muchas de las representaciones institucionales a lo largo del tiempo. Los nueve artistas y tres colectivos que constituyen ese grupo, emergieron dentro del arte colombiano, en distintos momentos durante los últimos 40 años. Tienen en común su interés por recorrer la ciudad, por usar la fotografía o el video y por mantener un visible distanciamiento emocional dentro de su trabajo. Encabeza la lista Miguel Ángel Rojas, que emergió a comienzos de los setenta, siendo pionero en el uso de la fotografía como práctica artística. Siguen José Alejandro Restrepo, en el campo del video y Rolf y Heidi Abderhalden, en el mundo escénico, que aparecieron una década después. Hacía el mismo momento fue dada a conocer la obra pictórica de Raúl Cristancho y un poco más tarde la de Jaime Iregui. Sin embargo sus proyectos en Ciudad-espejo, se produjeron entre la segunda mitad de los noventa y la primera mitad de la década actual. Por eso coinciden con el trabajo de los artistas que emergieron en años posteriores, como Jaime Ávila y Rosario López, a comienzo de los noventa, o como Pablo Adarme, Sandra Mayorga, Carolina Salazar, Milena Bonilla y Maria Isabel Rueda que lo hicieron hacia el año 2000. Los más noveles dentro del grupo son José Tomas Giraldo y Eduardo Consuegra que comenzaron a presentar públicamente su trabajo durante la presente década. Al parecer, la decisión de emprender este proyecto provino de la necesidad de responder a las suspicacias y prejuicios que se aglutinan alrededor del arte contemporáneo, particularmente de aquel que cruza fronteras disciplinares y sobre todo del que se basa en las prácticas cercanas a la fotografía y el video. Natalia Gutiérrez elude las convenciones habituales empleadas cuando se habla del arte y la ciudad. No le interesa el trabajo de los artistas que trabajan como reporteros gráficos, ni los que hacen taxonomías para inventariar etnográfica o arqueológicamente la ciudad. Tampoco se motiva con los que sacan provecho formal de la vida urbana. Su interés se despierta por este peculiar conjunto de artistas, que a pesar de responder a distintas concepciones y representaciones, coincide en ¿hablar de su época como si no hablara de ella¿, en interrogar las fuerzas que se develan a través de las personas, objetos y lugares que constituyen la vida en Bogota. Natalia Gutiérrez dice que estos artistas colombianos ¿lo que intentan es hacer `fotografiables¿ las fuerzas ideológicas que tienen como escenario la ciudad¿. En los ensayos se vuelve visible la enorme atención que la autora presta a todos los aspectos de las obras analizadas, al punto que ellas también parecen participar del dialogo que se entabla dentro de Ciudad-espejo. Es necesario decir que este dialogo parece sumamente decantado, tal vez por múltiples encuentros con cada artista, cada obra y cada uno de los autores que es vinculado dentro del proceso de escritura. Ciudad-espejo transcurre a través de un sentimiento de confianza en la capacidad del arte para movilizar enfrentamientos a la historia propia. Esta confianza parece producirse por la solidaridad que ha emergido entre los artistas, sus obras y la misma autora. Pero el libro no esta marcado por certezas, sino por las preguntas y las dudas que estos encuentros señalan como intrínsecas al trabajo artístico. Dentro del amplio conjunto de autores con los cuales dialoga Natalia Gutiérrez en Ciudad-espejo, hay algunos que son también cómplices de los artistas al punto que les han servido como herramientas de trabajo. La teoría para los artistas es estructurante, sobre todo cuando se usa como una herramienta en sentido literal. No se adquiere un taladro o un martillo si no se van a emplear para algo, porque su papel es permitir que se haga una mejora, que algo pase. N...