Un libro de artista siempre trae dobles intenciones: por un lado, el afán de mostrar una obra; por otro, de reflexionar a partir de ella. Un libro monográfico es por lo tanto una estrategia de inscripción donde se cruzan un deseo de visibilidad más la voluntad de realizar un aporte a las lecturas sobre arte contemporáneo. "Ciro Beltrán. Una biografía", de Dermis León, realiza también semejante apuesta pero con un tono inusual. Son 185 páginas, 110 imágenes de obras -la mayoría a toda plana- más textos intermitentes, apuntes extraídos de bitácoras del pintor y principalmente análisis de la curadora cubana. León da cuenta de un gran conocimiento de los procesos de creación del artista chileno, de una mirada que lo examina a cabalidad. Se adivina una cercanía particular. Los que sabemos de la relación de pareja que los ha unido, seguramente coincidiremos en leer la intención de rendir un tributo, de acercarse a su obra con rigor analítico, respeto y admiración. En la lectura se sabe que es también la urgencia por instaurar un discurso lo que motiva la edición; por analizar una propuesta representativa de algunas tensiones claves en la pintura contemporánea, desde el contexto local a lo global, desde el encuentro entre la geometría y la mancha expresionista, o desde el ámbito de lo conceptual a lo espiritual. Si bien el artista nacido en 1965 ha emprendido gran parte de su carrera en Europa, jamás se ha desvinculado del país natal. Emigrando en 1995 a Alemania, ha residido los últimos años también en Madrid. Pero vuelve regularmente con proyectos artísticos e institucionales. En 2005, fundó de la Escuela de Arte de la Universidad Austral de Valdivia, figurando ese mismo año con una gran muestra individual en el Museo Nacional de Bellas Artes, donde presentó algunas incursiones realizadas en el extranjero, como sus "pinturas habitables" o instalaciones pictóricas hechas con alfombras intervenidas. En sus primeras pesquisas, la teórica se sorprendió con que en "estos años de extensa y prolífera carrera de Beltrán", no hubiera una crítica que analizace en profundidad su obra, destacando solo un breve texto escrito por el académico Gaspar Galaz en 1989. Dermis León lo explica por la falta de diálogo crítico que ha habido en el ámbito cultural chileno el último tiempo, donde el discurso dominante ha validado el vanguardismo crítico sobre la tradición pictórica. La editora resitúa localmente a Ciro Beltrán dentro de tales tensiones y sostiene que las experiencias postconceptuales "están presentes en su manera de pensar la pintura". Afirma que en la base de su producción se encuentran la tradición pictórica de la Escuela de Arte de la Universidad de Chile -donde estudió- y el neoexpresionismo que influyó a los pintores de los años ochenta en el país; pero también las experiencias de la performance y el conceptualismo de los sesenta y setenta en Estados Unidos, el arte alemán y dos altos referentes: Anselm Kiefer y Joseph Beuys. Sin embargo, Beltrán sigue siendo reconocido principalmente por su pintura. Por ese repertorio de formas abstractas que con trazo brutal grafican arquitecturas rudimentarias, formas orgánicas o paisajes germinales sobre espacios de estudiado color y rica materialidad. En Chile no se ha dimensionado aún la diversidad de ejercicios pictográficos, objetuales y performáticos que ha emprendido con esas alfombras encontradas, de sus intervenciones en la calle o de un proceso de trabajo que ha cruzado límites, del cuadro al espacio urbano, del gesto hedonista al acto de impronta social. Aunque texto principal del libro es "Sobre la expansión de la pintura en Ciro Beltrán", faltó profundizar sobre esa faceta que vuelve a relacionarlo con sus incursiones activistas de los comienzos en Santiago, cuando trabajó como artista en la calle o militaba en movimientos ecologistas. El orden de presentación general de las obras es una cronología casi retroactiva que da cuenta de los deslindes, cruces y obsesiones....