Es (casi) un muchacho el que acaba de presentar sus Memorias y, al mismo tiempo, su última instalación efímera en el patio oval de la Maison de l'Amérique latine de París. Conjugando el arte del verbo con el arte de integrarse cromáticamente a la arquitectura, Carlos Cruz Diez, nacido en 1923 en Caracas, da testimonio de la energía que vive en su interior, puesto que estos dos eventos preceden nada más y nada menos que al mes de la Fotografía, durante el cual el artista presentará, en ese mismo lugar, fotografías inéditas, nunca expuestas, que realizó en Venezuela antes de su partida hacia Francia En compañía del sociólogo Jacques Leenhardt, Cruz Diez habló de sus años de juventud en Caracas, de la dificultad para imponer una noción diferente de arte en un contexto venezolano que no le era favorable y de su llegada a Francia. Respondiendo con mucha alegría y una buena dosis de humor a las preguntas de Leenhardt, a partir de su obra biográfica intitulada "Vivir en arte, recuerdos de lo que me acuerdo" (ediciones Fondation Cruz-Diez, París, 2014, 358 pág.), el autor declaró, una y otra vez, cuán importante es para él su familia, tanto afectiva como profesionalmente – sus dos hijos y su hija tienen a su cargo el Atelier Cruz Diez – y cuánto "quiere a la gente". Describió el funcionamiento del Atelier, lugar de investigación, encuentro, colaboración y difusión, como una "internacional de amigos y familia". Al relatar la falta de acogida de su primera exposición en Caracas, en 1954, justifica la actividad de designer y periodista que tuvo que ejercer para financiar su trabajo de artista y "ser libre". Ese clima incierto lo incitó a viajar a Europa con toda su familia, primero a Barcelona luego a París, donde llegó a encontrar un medio artístico abierto, que cuestionaba al arte y respondía a sus propias inquietudes sobre la relación entre el arte y la vida. Se hace miembro del GRAV (grupo de investigación sobre las artes visuales); realiza sus cromo-saturaciones en la estación del metro Odéon, en 1968; participa en la invención de nuevos discursos para el arte, junto con otros latinoamericanos entre los cuales podemos citar a Julio Le Parc y Jesús Soto. La instalación efímera en el patio oval de la Maison de l'Amérique latine fue todo un reto pues el artista tuvo que afrontar las exigencias arquitectónicas y estilísticas de un espacio antiguo donde predominaba la piedra, grandes ventanales y el adoquinado del piso, elementos con los que era necesario dialogar. El proyecto de Cruz-Diez se apoya sobre 16 "pilastras" que constituyen las únicas partes planas verticales de los muros que unen las ventanas, en este patio del siglo XVIII. Se trata de 16 paneles en papel plastificado pegados directamente sobre la piedra, con 8 armonías cromáticas diferentes. Los "grandes" miden 7,5 m de alto y 90 cm de ancho, los "medianos" 4,9 m de alto y 65 cm de ancho y los "pequeños" 2,7 m de alto y 65 cm de ancho. La verticalidad y horizontalidad de las líneas, sumada a su policromía, confieren una respuesta dinámica a este espacio austero y arquitectónicamente muy presente, otorgándole una lectura contemporánea. El patio abierto de este hôtel particulier adquiere nueva vida y la adecuación de la instalación al sitio – su integración plástica – parece visualmente tan exacta que desearíamos que pudiera perennizarse.